La noche cae y la vida del desierto empieza a vibrar. Diversas formas de vida surgen de sus escondites bajo la arena o las rocas; corren entre los arbustos, se arrastran o brincan.
Hay una criatura extraña a todas las demás: es un hombre, sentado entre los restos de un vehículo espacial, ha encendido una fogata y ve las estrellas.
Esta solo y perdido; canta una canción y sus pensamientos se dirigen a un lugar lejano, hacia otros como él.
Maybe I didn't treat you quite as good as I should
Maybe I didn't love you quite as often as I could
Little things I should've said and done, I never took the time
You were always on my mind
You were always on my mind
Guarda silencio repentinamente y escucha. Mira una y otra vez a la oscuridad y pregunta ¿Quién esta allí?
Josué sueña. Se encuentra en una cubierta de la Versalles, nave híper lumínica; los oficiales se han reunido en el salón, todos ellos sonrientes. Josué con gran orgullo les anuncia el descubrimiento de la primera forma de vida inteligente encontrada en este planeta de la estrella Jaspín. Le pide a Bobo que salga por una puerta; un ser bípedo, camina erecto hacia Josué, es de la altura de su cintura; con una orden Bobo da un brinco y se sienta sobre una mesa. Los oficiales emocionados ven la demostración y hacen un sin número de preguntas, la última de ellas dirigida a Bobo: ¿Quieres acompañarnos a nuestro mundo? La respuesta del ser es afirmativa.
En la mañana una parvada de gonzuas en migración vuela sobre el desierto. Desde las alturas se puede ver una columna de escombros sobre el terreno. El hombre sale de su refugio y recorre la estela de trozos de metal chamuscado, buscando algo que le pueda servir.
Se detiene: la esquina de un objeto sobresale del suelo. Se agacha y remueve la arena, se entusiasma de su hallazgo; escarba hasta dejar el objeto totalmente descubierto; cuadrado, lleno de cables y botones; lo arrastra hasta su refugio y durante el resto del día trabaja en él. Después de la medianoche, iluminándose con la fogata, acaba la reparación del artefacto y lo pone a funcionar: Emite una señal de auxilio al espacio cada minuto. Josué lo observa funcionar, satisfecho, y se va a dormir agotado.
En su sueño se encuentra nuevamente en la Versalles, frente a un escritorio, una claraboya muestra el espacio profundo. Habla con el capitán, le solicita permiso para regresar al planeta; el ejemplar Bobo se ha comportado muy extraño desde que abandonaron orbita, su comportamiento se ha vuelto errático y es incapaz de comunicarse. Josué le dice al capitán que Bobo no tiene utilidad si su condición sigue así, especula que algún elemento desconocido del planeta le es necesario para sobrevivir.
El capitán escucha pacientemente y después le advierte a Josué que la nave no puede regresar; un trasbordador puede hacer el viaje de regreso al planeta, pero los tripulantes de este quedaran varados hasta que otra nave haga el viaje híper lumínico hasta Jaspín.
―Es un riesgo que estamos dispuestos a correr. ― Responde Josué muy seguro de si mismo.
Otro día en el desierto: el hombre descubre que los multi-patas son comestibles asándolas en las brasas; un importante hallazgo: deberá alimentarse de lo que encuentre a su rededor porque sus víveres no duraran hasta que una nave regrese al sistema.
Sus pensamientos divagan en muchas direcciones. Observa una serie de montículos no muy lejos de su refugio, hacia donde casi siempre evita mirar, y su mente se llena de tristeza.
Cinco montículos alineados: por cada uno el recuerdo de otro hombre, amigos y compañeros, todos ellos jóvenes y llenos de energía, pero invariablemente la imagen de sus cuerpos sin vida regresa; Josué rechaza esos pensamientos: sabe que lo pueden llevar a su destrucción.
Hay un sexto montículo, mas pequeño y separado de los demás; es el montículo de Bobo.
Viajaba junto a Josué, pero no tenía un traje presurizado; murió sofocado por la descompresión a miles de metros de altura después de la explosión de un tanque de oxigeno.
Atardece diez minutos mas tarde que el primer día, piensa Josué, cronometro en mano. Eso significa que se encuentra en el hemisferio contrario de a donde se dirigían, según sus cálculos el invierno se aproximaba al pequeño continente donde se ubicaba su base científica: un conjunto de cabañas de adobe sobre una colina entre un bosque y una pradera, cerca del océano.
En este desierto, en cambio, el verano se encuentra más próximo, días de dieciocho horas y noches de nueve, dependiendo de su latitud. Todo esto significa más calor en los próximos meses.
La pequeña pero brillante luna del planeta surge por el horizonte en su fase llena. El rasgo principal del satélite es un gran cráter de impacto con un halo de largas líneas blancas de material eyectado, que contrasta con la grisácea superficie del astro.
Nuevamente se siente melancólico y empieza a cantar, un viejo himno del cual no recuerda su nombre pero que siempre le trae recuerdos de tiempos más felices.
― Se que estas allí ¿Quién eres?
Permanece en silencio esperando cualquier señal.
― Los conozco, puedes escuchar mis pensamientos, haz estado husmeando por aquí desde hace días, muéstrate.
En el desierto insectos fosforescentes vuelan por todos lados excitados por la luz lunar, produciendo un sonido como el rasgar de papel.
La fogata crepita al quemarse las enclenques ramas de matorrales, su luz provoca trémulas sombras que se mueven con el mismo ritmo de las llamas.
― Mi nombre es Josué. ― Insiste.
―Josué. ― Responde una voz que parece llegarle desde la base del cráneo y rebotar varias veces en su interior antes de apagarse.
― ¿Cuál es tu nombre? ― No hay respuesta. ― ¿Cómo te llamas?
― Soy yo ― Responde la voz.
― Ese no es nombre.
― Soy yo. ― Repite con seguridad.
― Bien, te llamare Io; soy Josué, tu eres Io.
― Io.
―No puedo creer que sea telépata. ― Dice uno de los biólogos de la Versalles después de examinar a Bobo. ― El volumen de la masa encefálica de esta especie corresponde a la de un babuino.
― Pues tiene un comportamiento inteligente y la capacidad de comunicarse telepáticamente. ―Replica Josué. ― Quizá su capacidad telepática le permita a los miembros de su especie actuar inteligentemente a pesar de sus pequeños cerebros; como una red informática: por lo que el nos ha dicho, su especie es una gran comunidad en la que el individuo esta constantemente comunicado con sus semejantes, algo así como una conciencia colectiva entre miembros dispersos.
― Fascinante. ― Murmura el biólogo.
Días después Io puede hablar fluidamente con Josué. Obtuvo el conocimiento de otros de su especie que aprendieron el idioma humano durante la estancia de la tripulación del Versalles.
― ¿Entonces siempre están conectados? ―Pregunta Josué.
― Solo cuando queremos escuchar.
― ¿Cuantos son ustedes?
― Muchos, no los conozco a todos.
― No entiendo por que no tienen nombres.
― No siempre son necesarios. Ahora los demás me han dado uno.
― ¿Cuál es?
― El que habla con un hombre.
Poco a poco Josué va conociendo la inteligencia con la que habla y la historia de su especie:
En el pasado han arribado otras cuatro especies distintas al planeta: los Poq, los Dzedze, los T´baec y los Malune; cada una ha dejado su marca en, lo que podría llamarse, su cultura. Ninguna de esas especies colonizo el planeta; cada una era muy distinta de las otras.
― ¿Conociste alguna de esas especies?
― No, era yo muy joven cuando nos visitaron la última vez.
Josué se siente tentado a preguntar hace cuanto fue esto, pero desiste, se ha dado cuenta que el concepto del tiempo de Io, así como lo fue con Bobo, es muy distinto al suyo.
― ¿Entonces que saben acerca de ellos?
― Casi todo lo que sabemos lo hemos aprendido de ellos, y de ustedes.
― ¿De nosotros? ¿Qué tan distintos son a nosotros?
― En el fondo las cinco especies nos parecen iguales, a pesar de las diferencias. Todos ustedes, las cinco especies, tienen algo en común: Tienen hambre.
― ¿Ustedes no sufren hambre?
― No.
― Cuando conocí a Bobo, ya te hablado de él, observe que se alimentaba con voracidad: si no tenía hambre ¿por qué actuó así?
― No lo sé, intentare averiguarlo.
El cielo sobre el desierto esta despejado, las estrellas brillan en el aire diáfano. Josué las observa recostado en la arena junto a la fogata. En la madrugada la temperatura quizá descenderá hasta el grado de congelación, pero antes de entrar a su refugio hay algo que quiere mostrarle a Io.
― ¿Puedes ver a través de mis ojos?
― Ahora lo estoy haciendo.
― Mira esa estrella que estoy señalando con mi dedo: Es Sirio, en este momento mi nave debe estar llegando allí.
― ¿Ese es tu mundo?
― No, allí recargamos combustible para continuar el viaje a casa; el Sol, mi hogar, es una estrella amarilla no muy lejos de Sirio, desde esta distancia no puede verse a simple vista.
Cuando la nave llegue a Sirio y se den cuenta que no nos hemos comunicado es probable que una nave venga a ver lo que ocurrió.
― ¿El aparato que sacaste de la arena se comunica con ellos?
― Hasta allá no. Solo tiene alcance hasta muy cerca del planeta. En el trasbordador teníamos un trasmisor Quantum, pero se destruyo en la explosión.
― Nosotros podemos avisarte cuando lleguen los tuyos.
― ¿Pueden hacer eso?
― Hemos captado naves más allá de nuestra Estrella, todo el tiempo estamos escuchando los murmullos del espacio, esperando cuando se acerque la siguiente.
El conteo de los víveres es desconsolador, a pesar de que ha cazado y comido algunas criaturas del desierto sus provisiones siguen bajando, tendrá que aumentar el racionamiento, y el agua... En el cielo azul de la mañana una parvada de criaturas vuelan perezosamente sobre la cabeza de Josué. En ese momento desearía tener un arma para cazar uno de aquellos.
― Josué, acabo de hablar con Bobo, dice que lamenta mucho lo que te sucedió.
Entre su distracción viendo los animales voladores y lo increíble de lo que Io acaba de decir Josué le pide que lo repita.
― Bobo dice que no sabía que todo esto iba a ocurrir, en realidad no entendió lo que quisieron decirle cuando le preguntaron si quería visitar su mundo.
Josué se sienta en el suelo sin palabras, voltea a ver el sexto montículo no muy lejos de su refugio; se levanta hacia él y empieza a cavar.
En un rato encuentra un brazo, sigue escarbando hasta encontrar el tronco y la cabeza.
― Ese es Bobo. ― Dice por fin Josué señalando el cadáver reseco. ― Esta muerto, no pudiste hablar con él, porque murió, no esta vivo, no puede hablar.
― Bobo esta vivo, acabo de hablar con él.
― No puede ser, eso no es posible.
― Déjame verlo otra vez. ― Josué se inclina de nuevo sobre el agujero e intenta que ningún detalle se pierda de vista.
― Tengo algo que consultar, te hablare después.
Josué espera hasta muy tarde en la noche que Io hable de nuevo; aviva la llama de su fogata con una ramita mientras piensa. Le aterra la posibilidad de perder la razón.
Frente a sus ojos encuentra la cubierta de acrílico del simulador, empañada por su respiración. Se eleva dejando entrar el aire fresco.
― Felicidades cadete, ha pasado su prueba de sobre vivencia.
El rostro sonriente de su instructor aparece por uno de los costados; le extiende una mano para ayudarle a salir de la cápsula.
― Vaya a las regaderas y después descanse cadete, se lo merece.
Josué camina por los pasillos de la academia, piensa en como había olvidado el rostro de su instructor, y en lo frío que esta el piso de las regaderas.
Abre la llave del agua caliente, pero esta helada: empieza a temblar.
― Josué, despierta. ― Es la voz de Io.
Abre los ojos y se descubre sentado sobre la arena frente a la fogata apagada, tiritando de frío, fuera de su refugio.
Se levanta y camina alrededor de la fogata, aún temblando y con dolor en sus pies y manos. Lanza un montón de ramas y las rocía con combustible antes de volver a encenderla.
Las llamas arden furiosamente; Josué extiende sus brazos para captar el máximo calor posible; es doloroso, pero paulatinamente recupera su temperatura.
Se mete al refugio sintiéndose enfermo aún, se envuelve en sus cobertores.
― ¿Vas a estar bien? ― Pregunta Io.
― Si, solo tengo que guardar un poco de calor; gracias por despertarme.
― Iba a decirte lo que averigüé.
― Creo que puede esperar hasta mañana.
― El cuerpo que me enseñaste es el de un Mogua. ― Dice Io mientras Josué come su ración diaria. ― Los Mogua no son originarios de este planeta, vinieron junto con los Dzedze, una de las especies de las que te he hablado. Los Dzedze también tenían capacidades telepáticas y utilizaban a los Mogua como sirvientes y esclavos; son muy fácilmente dominados de esta forma. Cuando los Dzedze se fueron dejaron algunos Mogua, que rápidamente se reprodujeron y se adaptaron a este planeta. Algunos de los nuestros aprendieron como utilizarlos, Bobo por ejemplo.
― Entonces ustedes no son Moguas.
― No, es la primera vez que veo uno.
―Todo ha sido un mal entendido; supongo que cuando nos alejamos de tu planeta, Bobo ya no pudo controlar al Mogua, por eso el cambio en su comportamiento.
― Eso mismo me ha dicho él.
― Entonces ¿Cómo son ustedes? ¿Dónde están?
― Estamos en todos lados, quizás algún día nos puedas ver.
Josué ha bajado de peso y su ánimo ha decaído. Solo sale de su refugio cuando el calor se vuelve insoportable.
En los primeros días de su naufragio encontró entre los restos de la nave una grabadora, pensó que podría serle útiles; la saca y se sienta a la sombra del fuselaje para grabar, al principio no encuentra las palabras que desea expresar, paulatinamente las ideas van fluyendo. La última revelación sobre Io y Bobo lo ha dejado confuso, pero considera que ante todo tiene que dejar constancia de lo que ha descubierto.
Jaspín se encuentra en el cenit, en la abrasadora plenitud del verano.
Una parvada vuela sobre el refugio, Josué apenas si les pone atención.
Una de las criaturas voladoras se retrasa de las demás, hace algunas piruetas sin sentido, después empieza a descender planeando hasta posarse a unos metros de Josué.
― Hola Josué. ―Escucha la voz de Io.
― ¿Eres tu?
― ¿Qué cosa haces?
― Estoy dejando unas palabras para cuando lleguen otros hombres.
― ¿Por qué?
― Quizá yo ya no este aquí; quiero que sepan todo lo que he visto aquí, y también para que mis seres queridos sepan que siempre pensé en ellos, hasta el último momento.
El ser volador se acerca titubeante hasta quedar al alcance de la mano de Josué.
― ¿Sabes? Me resulta más sorprendente que ustedes sean así, a que sean Moguas.
― ¿Qué seamos como?
― Voladores; ¿puedo tocar tus alas?
― No, espera.
Josué se inclina sobre el animal, instintivamente este salta, da un grito agudo y se aleja volando.
― Io, ¿Qué paso?
― Ese no era yo: esos animales se llaman Gonzua; intenté hacer lo mismo que hizo Bobo con el Mogua, pero los instintos de este fueron mas fuertes y no pude dominarlo.
― ¿Puedes hacer eso otra vez?
― Puedo intentarlo.
― Has que aterrice y se acerque a mi.
Una Gonzua solitaria empieza a volar erráticamente, desciende y queda a tres metros de Josué.
― Más cerca. ― El animal camina hasta quedar a metro y medio. Josué muy lentamente a levantado una piedra del suelo. Cuando parece que la Gonzua no se acercara más Josué lanza la piedra y golpea al animal que da un chillido de dolor. Otro grito desgarrador retumba dentro de la cabeza de Josué.
Con rapidez salta sobre la presa y le tuerce el frágil cuello. El animal queda colgando de las manos de Josué. Con presteza saca su cuchillo y destaza la Gonzua. Bebe la sangre con voracidad y devora algún órgano blando aún tibio el cuerpo.
Josué no se percata del persistente silencio de Io hasta que ha comido buena parte del animal asado en la fogata.
― Io, ¿Qué sucede? ¿Por qué no hablas?
― Eso, ¿Que fue eso?
― Cacé a la Gonzua, con tu ayuda.
― No me imaginaba que sería así; sentí dolor, no puedo explicarlo.
― Lo siento, debí avisarte.
No hay respuesta, solo silencio.
Es de mañana y Josué observa el cielo con ansiedad; observa una parvada de Gonzuas acercarse a lo lejos.
― Io, ¿Puedes traerme otra?
No hay respuesta.
― Lamento lo que ocurrió Io, pero necesito comer; no lastimaría a nadie si no fuera totalmente necesario. ¿Puedes entenderlo? ¿Me escuchas?
La parvada sigue de frente: Josué se deja caer sobre la arena y mira hacia el horizonte, tratando de atisbar otra.
― Dijiste que ustedes no sufren hambre, Io: tal vez no puedas entender esto, pero nosotros los humanos necesitamos matar a otros animales para sobrevivir, no es algo que en el fondo nos guste, es nuestra naturaleza, no podemos evitarlo.
Otra parvada cruza encima de Josué y se aleja.
― Te lo ruego Io; mis provisiones se han agotado, si no como moriré en pocos días. Tu puedes ayudarme a seguir vivo, solo debes hacer que una de esas baje; te prometo que no volverás a sentir dolor, dejare que salgas de ella antes de hacerle algo.
El cielo sigue desierto y la voz en la cabeza de Josué sigue en silencio.
― Io, si no haces esto entonces me dejaras morir, será como si no me hubieras despertado aquella noche.
― ¿Debo decidir entre tu vida y la de las Gonzuas?
― A las Gonzuas seguramente las mataran otros animales, es una ley de la naturaleza.
― Y tu, de una u otra forma morirás algún día, también es una ley de la naturaleza.
― Tienes razón. ― Josué baja la mirada. ― Moriré algún día, en ti esta la decisión de cuando será ese día; haz lo que creas que es correcto.
A lo lejos se observa una Gonzua de gran tamaño volar inestablemente, obligada a seguir esa ruta. Aterriza y se acerca a Josué; permanece inmóvil. Josué sonríe y sus ojos se llenan de lágrimas.
Después de tanto tiempo por fin a sucedido. Piensa Josué al ver un trasbordador acercarse y descender en forma vertical emitiendo el silbido de sus motores; Espera que se levante una nube de arena, pero en lugar de eso la nave se trasforma frente a sus ojos, ahora es un vehículo color plomizo con ángulos cortantes y aletas como sierras a todo su largo.
De la nave baja una turba de Moguas, corriendo y saltando sin orden por todos lados.
Después bajan los Dzedze: son unas chinches gigantes, con enormes abdómenes ranurados y cabezas pequeñas, con una larga y obscena trompa. Se sostienen en ocho patas demasiado delgadas y sus movimientos son torpes; los Moguas saltan a su rededor, trabajando en labores incomprensibles; algunos se han subido a los lomos de los Dzedze y los acicalan.
Una de las chinches encaja su trompa en un Mogua y lo succiona hasta dejar la piel colgando de la trompa.
De repente todo desaparece, frente a los ojos de Josué solo esta el horizonte y las mismas colinas que ha visto por tanto tiempo que le parece la vida entera.
Sabía que las alucinaciones llegarían tarde o temprano. Hace días que no come, los cielos han estado vacíos, y solo ha bebido algunas gotas de agua del tanque.
― No se si me escuchas Io, lamento todo lo que te hice hacer, creo que no voy a salir de esta, solo quiero que me perdones. Y si vuelves a encontrar a un hombre dile que conociste a Josué.
― ¿Qué es esto Josué? ― No sabe si es una alucinación o realmente la voz de Io; no le ha dirigido la palabra en todo este tiempo.
― Es mi despedida Io.
― Todavía no, hemos escuchado una nave acercarse.
― Es demasiado tarde, les tomara varios días llegar aquí y encontrarme.
― ¿Puedes vivir unos días sin comer si encuentras agua?
― No hay agua en este desierto.
― Quizá si la halla; levántate y camina, yo te guiare a ella.
Jaspín esta descendiendo en el horizonte, el viento levanta la arena y agita los matorrales.
Josué camina sin voluntad internándose en el desierto.
Tambaleándose recorre varios cientos de metros en una dirección que nunca antes siguió. Llega a un pequeño valle entre dos promontorios rocosos, oculto a la vista desde el refugio. Bajo la luz de la luna encuentra un vegetal esférico, tan alto como él, su corteza es dura y cubierta de espinas.
― Aquí es: toma tu cuchillo y has un corte cerca de la base.
Josué toma la hoja pero no puede acertar a realizar el movimiento adecuado. Siente como repentinamente la presencia en su cabeza, que hasta ese momento solo hablaba, toma el control de sus acciones: Encaja el cuchillo y hace un corte triangular extrayendo el trozo de corteza y parte de la pulpa interior. Se lo lleva a la boca, mastica la pulpa que es fibrosa pero suelta un jugo espeso de sabor agridulce. Del hueco triangular empieza a escurrir el liquido lentamente. Josué se acuclilla sobre la arena y succiona directamente sobre el vegetal. Una espina le hace una herida en la mejilla, pero el dolor no le preocupa ahora.
Satisface su sed, se levanta y mira a su rededor: no tiene idea de hacia donde se encuentra su refugio y se siente demasiado débil para emprender el regreso. Decide quedarse a dormir en un agujero entre las rocas, solo espera que el frió de la madrugada no sea muy intenso.
Antes de retirarse ve el vegetal y se da cuenta que sigue escurriendo liquido por el corte; rasga un trozo de su camisa y lo coloca en el hueco.
A la mañana siguiente vuelve a beber del vegetal; a la luz del día le parece que es muy semejante a las cactáceas de la tierra. Debe regresar a su refugio antes de que la temperatura se eleve.
― Io, ¿Me puedes decir hacia donde esta mi nave?
Después de un prolongado silencio escucha decir:
― De la roca puntiaguda camina en línea recta contrario a Jaspín.
Ubica Josué la dirección e inicia el largo camino hasta su refugio.
Los viajes hasta el “cactus” fueron frecuentes durante los siguientes días. Cada vez mas debilitado Josué emprendía camino muy temprano en la mañana o después del anochecer. Hasta que decidió quedarse en el valle. Coloco una bandera en la parte mas alta del promontorio rocoso y se instalo en el mismo hueco donde durmió la primera ocasión que estuvo allí.
Despierta una mañana escuchando una canción.
Maybe I didn't hold you all those lonely, lonely times
And I guess I never told you, I'm so happy that you're mine
If I made you feel second best, I'm so sorry, I was blind
You were always on my mind
You were always on my mind
Tell me, tell me that your sweet love hasn't died
Give me one more chance to keep you satisfied
Intenta levantarse pero un repentino calambre se lo impide. Permanece en el agujero escuchando la voz de Io.
― No te había escuchado cantar antes.
― Cantabas cuando te sentías solo y desesperado. ―Algo en el tono de Io altera a Josué.― Una nave se acerca.
― ¿Te sientes bien Io?
― Quiero hacerte dos preguntas Josué, ¿Cómo se llama esta canción?
― Se llama siempre en mi mente; la compuso alguien llamado Elvis Presley.
― Pensabas en alguien cuando la cantabas, ¿Quién es?
― Es la única persona que me extraña en mi mundo, ¿Qué sucede Io?
― No he hablado contigo estos días para que no sientas mi dolor.
Josué voltea a ver el cactus del cual ha bebido, tiene numerosos cortes cerca de su base por los que escurre sabia.
― Lo... lo siento Io...
― Los Poq pensaban que el espíritu del alimento se une al de quien come.
― ¿En serio lo crees?
― Es algo en lo que me gusta pensar. Antes de que te recojan tengo un mensaje que darte Josué.
― Dime amigo.
Josué escucha atentamente, pero no oye la voz de Io, le habla una multitud innumerable de voces, que le dicen en tono amenazante.
― En la desembocadura del más caudaloso rio de este continente se encuentran las ruinas de la ciudad de los Dzedze. Ellos intentaron colonizar este planeta, los exterminamos y ahora no queda ninguno. En nombre de nuestra especie y mentes colectivas les advertimos. Pueden visitarnos, pero no piensen en quedarse. Somos miles de millones y podemos destruirlos si lo intentan.


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