
La carretera interminablemente recta se extiende a través de los desiertos campos de Enero: duros y resecos.
Los árboles que bordean el camino extienden su sombra sobre el asfalto, provocando en los conductores un estupor hipnótico.
Mario conoce la sensación: los brazos engarrotados y los reflejos aletargados. Ahora el no va manejando, así que se deja llevar por el arrullo del camino.
El autobús se balancea de un lado a otro; recorre caminos imposibles a través de paredes verticales. Atrás los pasajeros cantan: ― Al chofer no se le para. Al chofer no se le para. No se le para el camión.
La espalda le duele, tiene tantas horas de conducir: una vida entera; los ojos le arden furiosamente: un insoportable peso cuelga de sus párpados; rendirse al sueño es una tentación mortal que lo seduce.
Mario despierta con un respingo en el asiento del automóvil que gentilmente se detuvo para recogerlo en esta carretera olvidada.
― ¿Qué tal durmió? ― Pregunta el conductor sin distraer su mirada del camino.
― Bien. ― Responde Mario sin voltear a verlo: resulta repulsivo mirar demasiado a ese pobre hombre; su nariz es solo un pedazo de carne informe con dos profundos poros, cual esqueleto viviente; el color de su rostro es rosado, con manchas oscuras. Usa gorra y lentes polarizados: quién sabe que otra deformidad ocultara bajo ellos.
El paisaje cambia: las montañas se encuentran próximas. La carretera se torna en un camino serpenteante, rodeado de colosos de granito arrogantes que rivalizan en enormidad.
Oscuros abismos que inquietan los espíritus mas serenos abren sus fauces apenas termina el asfalto.
Mirando por la ventana cerrada Mario ve su rostro reflejado: viejo y cansado, con pavor a los barrancos en la mirada. La vergüenza que muy secretamente guarda dentro de si lo hace apartar la vista.
El automóvil asciende por la carretera que se ciñe a la roca viva de la montaña, desafiando despeñaderos que roban el aliento.
El conductor detiene el automóvil en un recodo de la carretera.
― Aquí es a donde vengo, no tardo mucho.
Se aleja caminando hacia una curva cerrada; se pierde de vista, dejando a Mario solo, con sus demonios.
Hubiera sido tan fácil detenerse a dormir, no hubiera sido tomado mucho tiempo. Conocía la sierra como la palma de su mano: con experimentada pericia sorteaba curva tras curva; pero cada vez con más frecuencia se encontraba en tramos a los que no sabía cómo había llegado.
Despertar sobresaltado a media curva: las llantas derrapan; el girar desesperado del volante y el freno a fondo; inútil esfuerzo por mantenerse en el pavimento: el autobús se encuentra virtualmente en el aire. La pavorosa caída de doscientos metros hasta el fondo del barranco.
En algún lugar de su cabeza aún resuenan los gritos de terror y el crujir del autobus al partirse en dos.
¿ Porque no murió en ese momento? Recuerda estar escalando, dejando atrás a sus pasajeros, vivos y muertos. Solo pensaba en huir: de su responsabilidad, de la condena que se había merecido y del castigo que tarde o temprano habrá de caer sobre él.
Así hasta ahora.
Intento empezar de nuevo, en un lugar muy lejano al accidente. Nadie nunca lo reconoció como el responsable de la tragedia. Pero hay un juez muy severo dentro de cada uno: podía ser la conciencia o una justicia natural, el caso es que sufría un delirio persecutorio que lo obligaba a huir, abandonar los lugares y a las gentes con las que estuviera: una vida nómada, llena de pobreza es el resultado al que Mario ya se acostumbro.
Ningún automóvil a cruzado en mucho tiempo. El sol esta en camino de ocultarse; largas sombras se extienden desde las cumbres dibujando severos rostros de granito: ven a Mario, con dureza, reduciéndolo a menos que insecto.
No puede soportarlo: sale del automóvil y sigue los pasos de su anfitrión.
Tras el recodo, en plena curva, hay una cavidad escarbada en la roca, en ella una pequeña capilla.
Mario entra intempestivamente, encontrando al conductor arrodillado frente al altar.
Descubierto totalmente, Mario confirma sus sospechas: Cabello escaso que crece en matas irregulares sobre un cráneo cruzado de cicatrices. Al voltear a mirarlo puede ver su rostro horriblemente desfigurado: además de la perdida de la nariz el pobre hombre tiene los ojos desalineados, como si una fractura hubiera partido en dos su rostro.
Mario se disculpa de haberlo interrumpido en su oración. El conductor se levanta y se cubre.
Va tras el altar; extrae una escoba, cubeta y trapeador.
― Vengo aquí cada mes, es una manda. ― Le comenta a Mario.
― ¿ Por su accidente? ― Se atreve a preguntar.
― Estuve en coma, casi por un año; me daban por muerto.
Empieza a barrer el piso de la capilla.
― Mi esposa rezo todos los días por mi; insistió con los doctores a pesar de que le dijeron que no tenía esperanzas. Pero aquí estoy: cumpliendo la promesa de mi esposa de cuidar el altar de la virgen del camino.
Mario se acerca al altar, ve la reverenciada imagen: se acuclilla ante ella y murmura una pequeña suplica; el conductor solo escucho un "por favor".
Por el camino de noche, las luces del automóvil iluminan en cada curva innumerables cruces: monumentos en memoria de tantos viajeros que no llegaron a su destino.
― Solo puedo dejarlo hasta el próximo pueblo, ― advierte el conductor a Mario, ― paso la noche allí, no me atrevo a regresar tan tarde.
Mario se pregunta que tipo de accidente habrá sufrido para estar tan deformado. Quizá sucedió en una carretera como esta, de noche y cansado: por eso ahora es tan cuidadoso.
― Algo paso adelante. ― Interrumpe sus pensamientos el conductor. En la parte mas pronunciada de una curva la barra de contención ha sido derribada, un rastro de aceite y trozos de automóvil se pierde en la profundidad del abismo.
― ¿Hay alguien allí? ― Pregunta el conductor desde la orilla del barranco. ― Creo que escuche algo, voy a bajar.
Mario no escucho nada, ni tiene ganas de escuchar, solo ve descender a su compañero por la empinada cuesta con una lámpara de mano.
Nuevamente esta solo en este lugar maldito; la redención esta frente a él: quizá la nueva oportunidad que pidió frente al altar podría limpiar su pecado, ayudando en esta ocasión, como debió ser antes, y afrontar las consecuencias.
¿ Que es lo que se resiste dentro de él? No lo puede entender, pero es mas fuerte que su deseo de ayudar; el miedo: un animal indomable dentro de él, que le dice: Huye, aléjate de aquí.
El cara partida cometió un error al dejar las llaves en el automóvil; Mario se aprovecha de tal descuido para repetir lo que antes hizo; solo que en esta ocasión no tendrá tiempo para arrepentirse.
Acelera a fondo, toma las curvas a gran velocidad.
― En este momento se estará dando cuenta el cara partida. ― Piensa Mario sin remordimiento. Con un automóvil siente una libertad, perdida hace mucho; quizá pueda llegar a la frontera con él, lo podría vender y obtener un buen dinero; después compraría uno más barato pero limpio. Así seguiría viajando: como a él le gusta.
Al doblar una curva se encuentra con dos camiones de carga rebasándose: no hay espacio donde maniobrar.
En la lucidez previa al impacto puede darse cuenta de que sus planes no se realizaran; acaso podrá aspirar a tener una cruz en la carretera.
Los árboles que bordean el camino extienden su sombra sobre el asfalto, provocando en los conductores un estupor hipnótico.
Mario conoce la sensación: los brazos engarrotados y los reflejos aletargados. Ahora el no va manejando, así que se deja llevar por el arrullo del camino.
El autobús se balancea de un lado a otro; recorre caminos imposibles a través de paredes verticales. Atrás los pasajeros cantan: ― Al chofer no se le para. Al chofer no se le para. No se le para el camión.
La espalda le duele, tiene tantas horas de conducir: una vida entera; los ojos le arden furiosamente: un insoportable peso cuelga de sus párpados; rendirse al sueño es una tentación mortal que lo seduce.
Mario despierta con un respingo en el asiento del automóvil que gentilmente se detuvo para recogerlo en esta carretera olvidada.
― ¿Qué tal durmió? ― Pregunta el conductor sin distraer su mirada del camino.
― Bien. ― Responde Mario sin voltear a verlo: resulta repulsivo mirar demasiado a ese pobre hombre; su nariz es solo un pedazo de carne informe con dos profundos poros, cual esqueleto viviente; el color de su rostro es rosado, con manchas oscuras. Usa gorra y lentes polarizados: quién sabe que otra deformidad ocultara bajo ellos.
El paisaje cambia: las montañas se encuentran próximas. La carretera se torna en un camino serpenteante, rodeado de colosos de granito arrogantes que rivalizan en enormidad.
Oscuros abismos que inquietan los espíritus mas serenos abren sus fauces apenas termina el asfalto.
Mirando por la ventana cerrada Mario ve su rostro reflejado: viejo y cansado, con pavor a los barrancos en la mirada. La vergüenza que muy secretamente guarda dentro de si lo hace apartar la vista.
El automóvil asciende por la carretera que se ciñe a la roca viva de la montaña, desafiando despeñaderos que roban el aliento.
El conductor detiene el automóvil en un recodo de la carretera.
― Aquí es a donde vengo, no tardo mucho.
Se aleja caminando hacia una curva cerrada; se pierde de vista, dejando a Mario solo, con sus demonios.
Hubiera sido tan fácil detenerse a dormir, no hubiera sido tomado mucho tiempo. Conocía la sierra como la palma de su mano: con experimentada pericia sorteaba curva tras curva; pero cada vez con más frecuencia se encontraba en tramos a los que no sabía cómo había llegado.
Despertar sobresaltado a media curva: las llantas derrapan; el girar desesperado del volante y el freno a fondo; inútil esfuerzo por mantenerse en el pavimento: el autobús se encuentra virtualmente en el aire. La pavorosa caída de doscientos metros hasta el fondo del barranco.
En algún lugar de su cabeza aún resuenan los gritos de terror y el crujir del autobus al partirse en dos.
¿ Porque no murió en ese momento? Recuerda estar escalando, dejando atrás a sus pasajeros, vivos y muertos. Solo pensaba en huir: de su responsabilidad, de la condena que se había merecido y del castigo que tarde o temprano habrá de caer sobre él.
Así hasta ahora.
Intento empezar de nuevo, en un lugar muy lejano al accidente. Nadie nunca lo reconoció como el responsable de la tragedia. Pero hay un juez muy severo dentro de cada uno: podía ser la conciencia o una justicia natural, el caso es que sufría un delirio persecutorio que lo obligaba a huir, abandonar los lugares y a las gentes con las que estuviera: una vida nómada, llena de pobreza es el resultado al que Mario ya se acostumbro.
Ningún automóvil a cruzado en mucho tiempo. El sol esta en camino de ocultarse; largas sombras se extienden desde las cumbres dibujando severos rostros de granito: ven a Mario, con dureza, reduciéndolo a menos que insecto.
No puede soportarlo: sale del automóvil y sigue los pasos de su anfitrión.
Tras el recodo, en plena curva, hay una cavidad escarbada en la roca, en ella una pequeña capilla.
Mario entra intempestivamente, encontrando al conductor arrodillado frente al altar.
Descubierto totalmente, Mario confirma sus sospechas: Cabello escaso que crece en matas irregulares sobre un cráneo cruzado de cicatrices. Al voltear a mirarlo puede ver su rostro horriblemente desfigurado: además de la perdida de la nariz el pobre hombre tiene los ojos desalineados, como si una fractura hubiera partido en dos su rostro.
Mario se disculpa de haberlo interrumpido en su oración. El conductor se levanta y se cubre.
Va tras el altar; extrae una escoba, cubeta y trapeador.
― Vengo aquí cada mes, es una manda. ― Le comenta a Mario.
― ¿ Por su accidente? ― Se atreve a preguntar.
― Estuve en coma, casi por un año; me daban por muerto.
Empieza a barrer el piso de la capilla.
― Mi esposa rezo todos los días por mi; insistió con los doctores a pesar de que le dijeron que no tenía esperanzas. Pero aquí estoy: cumpliendo la promesa de mi esposa de cuidar el altar de la virgen del camino.
Mario se acerca al altar, ve la reverenciada imagen: se acuclilla ante ella y murmura una pequeña suplica; el conductor solo escucho un "por favor".
Por el camino de noche, las luces del automóvil iluminan en cada curva innumerables cruces: monumentos en memoria de tantos viajeros que no llegaron a su destino.
― Solo puedo dejarlo hasta el próximo pueblo, ― advierte el conductor a Mario, ― paso la noche allí, no me atrevo a regresar tan tarde.
Mario se pregunta que tipo de accidente habrá sufrido para estar tan deformado. Quizá sucedió en una carretera como esta, de noche y cansado: por eso ahora es tan cuidadoso.
― Algo paso adelante. ― Interrumpe sus pensamientos el conductor. En la parte mas pronunciada de una curva la barra de contención ha sido derribada, un rastro de aceite y trozos de automóvil se pierde en la profundidad del abismo.
― ¿Hay alguien allí? ― Pregunta el conductor desde la orilla del barranco. ― Creo que escuche algo, voy a bajar.
Mario no escucho nada, ni tiene ganas de escuchar, solo ve descender a su compañero por la empinada cuesta con una lámpara de mano.
Nuevamente esta solo en este lugar maldito; la redención esta frente a él: quizá la nueva oportunidad que pidió frente al altar podría limpiar su pecado, ayudando en esta ocasión, como debió ser antes, y afrontar las consecuencias.
¿ Que es lo que se resiste dentro de él? No lo puede entender, pero es mas fuerte que su deseo de ayudar; el miedo: un animal indomable dentro de él, que le dice: Huye, aléjate de aquí.
El cara partida cometió un error al dejar las llaves en el automóvil; Mario se aprovecha de tal descuido para repetir lo que antes hizo; solo que en esta ocasión no tendrá tiempo para arrepentirse.
Acelera a fondo, toma las curvas a gran velocidad.
― En este momento se estará dando cuenta el cara partida. ― Piensa Mario sin remordimiento. Con un automóvil siente una libertad, perdida hace mucho; quizá pueda llegar a la frontera con él, lo podría vender y obtener un buen dinero; después compraría uno más barato pero limpio. Así seguiría viajando: como a él le gusta.
Al doblar una curva se encuentra con dos camiones de carga rebasándose: no hay espacio donde maniobrar.
En la lucidez previa al impacto puede darse cuenta de que sus planes no se realizaran; acaso podrá aspirar a tener una cruz en la carretera.
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