
El crucero rueda sobre sus orugas metálicas por las interminables arenas del desierto; sus alegres pasajeros se divierten en la alberca, jugando tenis o apostando sus fortunas en el casino.
El vehículo anfibio se detiene en el campo abierto, el horizonte se extiende sin fin, lejano hasta el infinito, rodeados de rocas, matorrales y dunas. Se da la orden a los pasajeros para que abandonen la cubierta.
― Caín, ¿Dónde estas muchacho?
Un hombre maduro recorre la cubierta en busca de su hijo, el cual encuentra recargado sobre uno de los barandales, mirando el inhóspito desierto.
― ¿Qué crees que estas haciendo?
―Quiero mirarlo desde aquí.
― Hazme caso, vamos adentro.
― No quiero.
El padre lanza una bofetada al niño.
― Haces lo que yo diga.
Caín, rojo de coraje, calla y sigue a su padre.
Camino a la cubierta interior se cruzan con una hermosa muchacha de escasos diecinueve años con un vaporoso vestido.
― Hola señor Buendía ¿Cómo ha estado?
― Muy bien Mónica, pero ya te dije que me llames Zenón, ¿Vas al observatorio?
― No, la verdad me asusta mucho eso.
― No hay que temer, si quieres podemos ir juntos.
― Bueno, si voy contigo estará bien.
En el interior de la nave se abre el salón de observación, un recinto semejante a una sala cinematográfica con una gigantesca ventana de cristal indestructible en lugar de pantalla.
"Cinco minutos, damas y caballeros, cinco minutos para el evento." Anuncia el altavoz; con rapidez los asientos son ocupados. Zenón y Mónica toman lugares de la última fila.
―Buenos días damas y caballeros. ― saluda el maestro de ceremonias. ― En unos minutos disfrutaremos de una explosión de ocho megatones. Podemos asegurar que en ningún momento habrá algún riesgo, las paredes están construidas a prueba de radiación y de penetraciones, tenemos aire, agua y alimentos suficientes y mucha diversión por delante. Por supuesto, los paseos por la cubierta quedan suspendidos definitivamente. Nuestro ventanal modulará la cantidad de luz que penetre a través de ella, por lo cual no deben temer el quedarse ciegos al ver el resplandor. De todas formas, para su tranquilidad hay lentes oscuros bajo sus asientos. Les garantizamos la experiencia más sobrecogedora de sus vidas.
La sala está repleta de espectadores que esperan ansiosos, viendo la cuenta regresiva en un cronometro al pie de la ventana.
Zenón posa su mano sobre el muslo de Mónica; ella se acerca más a él, sus labios se encuentran con ardor, inician un intercambio de caricias eróticas, veladas por la oscuridad de la sala.
La cuenta regresiva llega a cero: Un intenso destello inunda el exterior antes de que el público pueda reaccionar; parece provenir de todos lados. Poco a poco el destello se eclipsa al tiempo que un trueno de fuerza incontenible estremece la nave. Por la ventan se ve acercarse una pared de escombros levantados por una colosal esfera de fuego que se infla furiosamente, dispuesta a devorar al vehículo. La ola embate contra la ventana, llenándola por un instante de cenizas al rojo vivo que son arrastradas después por la onda expansiva; por escasos segundos es posible ver una escena infernal, cielo y tierra inflamados, llamas inmensas que lo devoran todo. El fuego se trasforma en oscuras nubes de humo y las ondas de convección las elevan a un cielo intensamente azul. Los espectadores ven, pasmados, la formación del hongo atómico sobre ellos.
― Esperamos que hayan disfrutado de cada momento; los invitamos a que admiren las extrañas formaciones cristalinas producidas durante la explosión. A las ocho proyectaremos la grabación del evento, con todo y onda sísmica. Si desea una copia, en nuestra tienda de souvenir con gusto le venderemos una copia.
Los espectadores abandonan la sala. Al fondo Mónica y Zenón separan sus labios y sus manos se detienen por un momento.
―Me encanto, ¿podemos hacerlo de nuevo?
― Claro, ¿dijeron a las ocho?
Se levantan de sus asientos, acomodándose sus ropas; entonces Zenón recuerda.
― Caín, ¿dónde se metió ese mocoso?
El equipo de limpieza del crucero sale a la cubierta, envueltos en trajes antirradiación, para despejar la cubierta de escombros. Pone mucho cuidado en limpiar manchas en las paredes, especialmente una que tiene la forma de un infante recargado sobre el barandal de la nave.
El vehículo anfibio se detiene en el campo abierto, el horizonte se extiende sin fin, lejano hasta el infinito, rodeados de rocas, matorrales y dunas. Se da la orden a los pasajeros para que abandonen la cubierta.
― Caín, ¿Dónde estas muchacho?
Un hombre maduro recorre la cubierta en busca de su hijo, el cual encuentra recargado sobre uno de los barandales, mirando el inhóspito desierto.
― ¿Qué crees que estas haciendo?
―Quiero mirarlo desde aquí.
― Hazme caso, vamos adentro.
― No quiero.
El padre lanza una bofetada al niño.
― Haces lo que yo diga.
Caín, rojo de coraje, calla y sigue a su padre.
Camino a la cubierta interior se cruzan con una hermosa muchacha de escasos diecinueve años con un vaporoso vestido.
― Hola señor Buendía ¿Cómo ha estado?
― Muy bien Mónica, pero ya te dije que me llames Zenón, ¿Vas al observatorio?
― No, la verdad me asusta mucho eso.
― No hay que temer, si quieres podemos ir juntos.
― Bueno, si voy contigo estará bien.
En el interior de la nave se abre el salón de observación, un recinto semejante a una sala cinematográfica con una gigantesca ventana de cristal indestructible en lugar de pantalla.
"Cinco minutos, damas y caballeros, cinco minutos para el evento." Anuncia el altavoz; con rapidez los asientos son ocupados. Zenón y Mónica toman lugares de la última fila.
―Buenos días damas y caballeros. ― saluda el maestro de ceremonias. ― En unos minutos disfrutaremos de una explosión de ocho megatones. Podemos asegurar que en ningún momento habrá algún riesgo, las paredes están construidas a prueba de radiación y de penetraciones, tenemos aire, agua y alimentos suficientes y mucha diversión por delante. Por supuesto, los paseos por la cubierta quedan suspendidos definitivamente. Nuestro ventanal modulará la cantidad de luz que penetre a través de ella, por lo cual no deben temer el quedarse ciegos al ver el resplandor. De todas formas, para su tranquilidad hay lentes oscuros bajo sus asientos. Les garantizamos la experiencia más sobrecogedora de sus vidas.
La sala está repleta de espectadores que esperan ansiosos, viendo la cuenta regresiva en un cronometro al pie de la ventana.
Zenón posa su mano sobre el muslo de Mónica; ella se acerca más a él, sus labios se encuentran con ardor, inician un intercambio de caricias eróticas, veladas por la oscuridad de la sala.
La cuenta regresiva llega a cero: Un intenso destello inunda el exterior antes de que el público pueda reaccionar; parece provenir de todos lados. Poco a poco el destello se eclipsa al tiempo que un trueno de fuerza incontenible estremece la nave. Por la ventan se ve acercarse una pared de escombros levantados por una colosal esfera de fuego que se infla furiosamente, dispuesta a devorar al vehículo. La ola embate contra la ventana, llenándola por un instante de cenizas al rojo vivo que son arrastradas después por la onda expansiva; por escasos segundos es posible ver una escena infernal, cielo y tierra inflamados, llamas inmensas que lo devoran todo. El fuego se trasforma en oscuras nubes de humo y las ondas de convección las elevan a un cielo intensamente azul. Los espectadores ven, pasmados, la formación del hongo atómico sobre ellos.
― Esperamos que hayan disfrutado de cada momento; los invitamos a que admiren las extrañas formaciones cristalinas producidas durante la explosión. A las ocho proyectaremos la grabación del evento, con todo y onda sísmica. Si desea una copia, en nuestra tienda de souvenir con gusto le venderemos una copia.
Los espectadores abandonan la sala. Al fondo Mónica y Zenón separan sus labios y sus manos se detienen por un momento.
―Me encanto, ¿podemos hacerlo de nuevo?
― Claro, ¿dijeron a las ocho?
Se levantan de sus asientos, acomodándose sus ropas; entonces Zenón recuerda.
― Caín, ¿dónde se metió ese mocoso?
El equipo de limpieza del crucero sale a la cubierta, envueltos en trajes antirradiación, para despejar la cubierta de escombros. Pone mucho cuidado en limpiar manchas en las paredes, especialmente una que tiene la forma de un infante recargado sobre el barandal de la nave.
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