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LOS FIERROS SAGRADOS
Muchos me han preguntado sobre la ruina de la familia Juárez; hay muchas mentiras al respecto: que los hijos no supieron administrar la herencia del padre; que el señor Juárez tenía vicios secretos y que la quiebra de la empresa tan solo ocultaba sus desfalcos.
Yo se toda la verdad, pero la contare solo una vez, no me preocupa que crean lo que van a escuchar, pero recuerden que solo por esta ocasión estoy rompiendo la promesa de guardar silencio, así que pongan atención.
Fue el día del cumpleaños setenta de Don José Juárez; se organizo una fiesta en la fábrica. Se invito a todos los empleados de la fábrica y sus familiares; todavía lo recuerdo: las mesas largas con manteles blancos en el patio de los camiones, la barbacoa de texcoco con su consomé y arroz. Una marimba tocando las canciones favoritas de Don José; la gente bailando.
La celebración era doble porque esa misma semana llego desde la frontera la nueva máquina. Estaba en el fondo del patio, desarmada en mil partes extrañas. La habían comprado a precio de ganga en un deposito de chatarra, desechada por alguna fabrica que no quiso gastar en su reparación.
La fiesta duro todo el día y parte de la noche; a pesar de tanta alegría, el rostro de Don José era triste. No supe porqué hasta mucho tiempo después: Siendo viudo Don José había recuperado un poco del gusto por la vida al ver crecer a sus nietos, sobre todo a la primera: Jazmín, que en ese entonces tendría trece años; días antes le habían detectado cáncer.
Entre a trabajar a la fabrica al poco tiempo, con la ayuda de mi padre, como aprendiz de mecánico: un puestazo, porque todos los chamacos entraban primero como cargadores.
Estuve presente en el armado de la máquina nueva, que duró meses.
Cariñosamente le llamábamos la Monstruo, porque en realidad era una máquina enorme, más grande que la máquina china, la blanca y la Negri Bosi juntas.
El hacer funcionar a la Monstruo fue toda una proeza de ingenio y creatividad, pues era inservible, pero los maestros mecánicos, los Inges de la fábrica, hicieron innumerables cambios y adaptaciones. El principal cambio fue quitar la computadora de control y colocar controles semi automáticos que un operador podía utilizar. Hasta ahora no he sabido de otra máquina igual: originalmente la ocuparon para producir circuitos eléctricos sellados por medio de una amalgama de plástico y metal; los hijos de Don José vieron en ella la posibilidad de producir innumerables productos, desde juguetes eléctricos hasta vajillas de plástico con biseles plateados.
El día que empezó a trabajar fue memorable, después de semanas de pruebas y fallas había quedado lista y ajustada; pintada de verde, toda engrasada. Empezó a producir, en poco tiempo el resto de la cadena de producción se saturo, tenía que sacarse los productos lo mas pronto posible para que no inundaran el área de trabajo.
A pesar de sus penas allí estuvieron Don José y sus hijos, sonriendo, viendo salir carretillas con producto. Seguramente pensaban que con esa máquina se volverían verdaderamente ricos.
Al principio todos los trabajadores querían trabajar en la Verde, como fue rebautizada, pero un tiempo después solo unos pocos la operaban.
No era sencillo trabajar en ella, había que apretar varios botones en el momento indicado,
jalar una palanca y estar atento para que el ritmo de la máquina no le ganara. Además el puesto de operador era una pequeña cabina casi dentro de la máquina misma, lugar que debido al sonido y vibraciones quedaba aislado del mundo exterior.
Después de un año, un trabajador: Gregorio mejor conocido como "el Gallo" empezó a contar cosas raras. El Gallo decía que al trabajar al ritmo que la maquina imponía los movimientos del operador se volvían automáticos: los reflejos hacían mover las manos y los brazos. En ese momento la mente se liberaba del cuerpo y entraba en trance.
Nos burlamos de él, pensábamos que nos tomaba el pelo. Pero el Gallo, una persona que no había terminado la primaria, siguió hablando de trances, viajes místicos, de éxtasis y de la supresión de la conciencia, hasta el último día.
Fue en la madrugada, el Gallo doblaba turnos con tal de trabajar en la Verde. Era el momento de cambiar de operador; la máquina escupía piezas con la rapidez habitual. Cuando el nuevo operador entro en la cabina descubrió que la máquina verde estaba trabajando sola. En ese momento la producción se detuvo, como si un encanto se hubiera roto.
El Gallo no estaba en la cabina, y no lo hemos vuelto a ver.
Lo que le sucedió al Gallo alimento la imaginación de los trabajadores, quienes siempre contaban historias de fantasmas en las bodegas, pero los hijos de Don José se encargaron de acallar los rumores diciendo que habían corrido a Gregorio, por ladrón, por eso no había regresado.
Nadie les creyó.
Domingo era un muchacho trabajador y tímido; pasaba horas dentro de la cabina de la
máquina verde, trabajando al ritmo endemoniado que exigía. Un día se volvió capaz de ver el futuro. No hacía falta mas que cruzarse con el para que dijera algo como: "Llama a casa, tu madre esta muriendo". Parecía saberlo todo y respondía a cada pregunta. Gente de lejos llegaba a consultarlo, sus respuestas nunca fallaban.
Don José y sus hijos fueron tolerantes con él, hasta el día en que empezó a proclamar la verdad que, dijo, le había sido revelada en una visión que tuvo mientras trabajaba en la máquina verde. La fabrica se paralizo, los trabajadores se reunieron frente a la máquina a escucharlo hablar de la vida, de la luz, del sufrimiento y de Dios. Dijo que nos preparáramos a sufrir hambre y frió porqué ese era el destino de quines lo siguieran.
Lo despidieron, por supuesto, prohibieron que se hablara del asunto dentro de la fábrica.
Hubo muchos cambios de personal entonces: entraron nuevos capataces, algunos trabajadores se fueron, pero por algún tiempo las cosas volvieron a la normalidad, por algún tiempo.
Graciano era borracho y mujeriego, nadie pensó que pudiera convertirse en una persona espiritual: sucedió. Trabajaba incansablemente en la máquina verde durante su turno; después se reunía con otros trabajadores en su casa para hablar del abandono del cuerpo y la liberación del alma, de sus visiones y los seres de luz que le hablaban en la soledad de la cabina. Las cosas pudieron seguir así mucho tiempo, pero un suceso desencadenaría los eventos precipitadamente.
En el taller mecánico todo marchaba de costumbre, hasta que nos estremecimos con un grito: uno de los mecánicos cometió la insensatez de prender una máquina teniendo un alambre de
acero enredado en la mano. El pulgar del trabajador fue rebanado limpiamente, lo encontramos debajo de una mesa a varios metros de distancia.
Llevábamos al herido rumbo a la enfermería cuando Graciano nos corto el paso.
Miro la herida, tomo el dedo y lo coloco en su lugar. El pulgar quedo unido, una cicatriz resulto la única marca del accidente.
El milagro desato el entusiasmo de los trabajadores, rayando en el fanatismo.
Pintaron la máquina de color dorado, le colocaron adornos religiosos y empezaron a referirse a ella como el Arca.
Esta vez no les fue posible correr a Graciano, los trabajadores ahora estaban organizados para defenderlo, y sobre todo, creían en su causa.
Pero Don José era un tipo recio: aún enfermo y decepcionado de la vida tenía suficiente carácter para enfrentarse a Graciano y preguntarle qué se proponía.
Graciano solo respondió pidiendo que le llevaran a Jazmín. Don José se negó y Graciano insistió: quería ver a la ahora jovencita que había sufrido las torturas de la quimioterapia, con un cáncer que no dejaba de avanzar y que la había dejado casi en los huesos.
Cuando por fin llevaron a Jazmín, Graciano coloco su mano en la frente de la niña y dijo: "Ya esta hecho", después regreso a su lugar dentro del Arca.
La recuperación de Jazmín fue tan rápida y completa que todos admitieron que se trato de un milagro. Don José agradecido le prometió a Graciano todo lo que pidiera; pero murió unos meses después.
Sorpresivamente Don José había cambiado su testamento para dejarle a Graciano la mayor parte de sus bienes; lo cual no estaban dispuestos a permitir los hijos de Don José.
Cobraron venganza una madrugada sacando el Arca de la fábrica, desarmada, hecha pedazos.
Graciano los maldijo: así fue como perdieron en negocios fallidos todo el dinero que Don José les dejo, que no fue poco.
Ahora si me disculpan, tengo que regresar a la fábrica. Por si no lo saben se ha convertido en el santuario del "Culto de la Máquina".
Graciano y Jazmín guían a sus seguidores, que como misión se han abocado la reconstrucción de su Arca.
¿Qué si creo en esas cosas? No mucho en realidad; pero no me dejan salir de la fabrica muy seguido. Sucede que soy el último de los que recuerdan como estaba construida la Máquina: mi tarea es armarla de nuevo con cada pieza que se recupera. Han pasado tantos años; no se si la vida me alcance para lograrlo.

Este 4 de Julio es mi cumpleaños, la familia me espera para partir el pastel, antes quiero compartirles uno de mis cuentos favoritos:
LOS FIERROS SAGRADOS
Muchos me han preguntado sobre la ruina de la familia Juárez; hay muchas mentiras al respecto: que los hijos no supieron administrar la herencia del padre; que el señor Juárez tenía vicios secretos y que la quiebra de la empresa tan solo ocultaba sus desfalcos.
Yo se toda la verdad, pero la contare solo una vez, no me preocupa que crean lo que van a escuchar, pero recuerden que solo por esta ocasión estoy rompiendo la promesa de guardar silencio, así que pongan atención.
Fue el día del cumpleaños setenta de Don José Juárez; se organizo una fiesta en la fábrica. Se invito a todos los empleados de la fábrica y sus familiares; todavía lo recuerdo: las mesas largas con manteles blancos en el patio de los camiones, la barbacoa de texcoco con su consomé y arroz. Una marimba tocando las canciones favoritas de Don José; la gente bailando.
La celebración era doble porque esa misma semana llego desde la frontera la nueva máquina. Estaba en el fondo del patio, desarmada en mil partes extrañas. La habían comprado a precio de ganga en un deposito de chatarra, desechada por alguna fabrica que no quiso gastar en su reparación.
La fiesta duro todo el día y parte de la noche; a pesar de tanta alegría, el rostro de Don José era triste. No supe porqué hasta mucho tiempo después: Siendo viudo Don José había recuperado un poco del gusto por la vida al ver crecer a sus nietos, sobre todo a la primera: Jazmín, que en ese entonces tendría trece años; días antes le habían detectado cáncer.
Entre a trabajar a la fabrica al poco tiempo, con la ayuda de mi padre, como aprendiz de mecánico: un puestazo, porque todos los chamacos entraban primero como cargadores.
Estuve presente en el armado de la máquina nueva, que duró meses.
Cariñosamente le llamábamos la Monstruo, porque en realidad era una máquina enorme, más grande que la máquina china, la blanca y la Negri Bosi juntas.
El hacer funcionar a la Monstruo fue toda una proeza de ingenio y creatividad, pues era inservible, pero los maestros mecánicos, los Inges de la fábrica, hicieron innumerables cambios y adaptaciones. El principal cambio fue quitar la computadora de control y colocar controles semi automáticos que un operador podía utilizar. Hasta ahora no he sabido de otra máquina igual: originalmente la ocuparon para producir circuitos eléctricos sellados por medio de una amalgama de plástico y metal; los hijos de Don José vieron en ella la posibilidad de producir innumerables productos, desde juguetes eléctricos hasta vajillas de plástico con biseles plateados.
El día que empezó a trabajar fue memorable, después de semanas de pruebas y fallas había quedado lista y ajustada; pintada de verde, toda engrasada. Empezó a producir, en poco tiempo el resto de la cadena de producción se saturo, tenía que sacarse los productos lo mas pronto posible para que no inundaran el área de trabajo.
A pesar de sus penas allí estuvieron Don José y sus hijos, sonriendo, viendo salir carretillas con producto. Seguramente pensaban que con esa máquina se volverían verdaderamente ricos.
Al principio todos los trabajadores querían trabajar en la Verde, como fue rebautizada, pero un tiempo después solo unos pocos la operaban.
No era sencillo trabajar en ella, había que apretar varios botones en el momento indicado,
jalar una palanca y estar atento para que el ritmo de la máquina no le ganara. Además el puesto de operador era una pequeña cabina casi dentro de la máquina misma, lugar que debido al sonido y vibraciones quedaba aislado del mundo exterior.
Después de un año, un trabajador: Gregorio mejor conocido como "el Gallo" empezó a contar cosas raras. El Gallo decía que al trabajar al ritmo que la maquina imponía los movimientos del operador se volvían automáticos: los reflejos hacían mover las manos y los brazos. En ese momento la mente se liberaba del cuerpo y entraba en trance.
Nos burlamos de él, pensábamos que nos tomaba el pelo. Pero el Gallo, una persona que no había terminado la primaria, siguió hablando de trances, viajes místicos, de éxtasis y de la supresión de la conciencia, hasta el último día.
Fue en la madrugada, el Gallo doblaba turnos con tal de trabajar en la Verde. Era el momento de cambiar de operador; la máquina escupía piezas con la rapidez habitual. Cuando el nuevo operador entro en la cabina descubrió que la máquina verde estaba trabajando sola. En ese momento la producción se detuvo, como si un encanto se hubiera roto.
El Gallo no estaba en la cabina, y no lo hemos vuelto a ver.
Lo que le sucedió al Gallo alimento la imaginación de los trabajadores, quienes siempre contaban historias de fantasmas en las bodegas, pero los hijos de Don José se encargaron de acallar los rumores diciendo que habían corrido a Gregorio, por ladrón, por eso no había regresado.
Nadie les creyó.
Domingo era un muchacho trabajador y tímido; pasaba horas dentro de la cabina de la
máquina verde, trabajando al ritmo endemoniado que exigía. Un día se volvió capaz de ver el futuro. No hacía falta mas que cruzarse con el para que dijera algo como: "Llama a casa, tu madre esta muriendo". Parecía saberlo todo y respondía a cada pregunta. Gente de lejos llegaba a consultarlo, sus respuestas nunca fallaban.
Don José y sus hijos fueron tolerantes con él, hasta el día en que empezó a proclamar la verdad que, dijo, le había sido revelada en una visión que tuvo mientras trabajaba en la máquina verde. La fabrica se paralizo, los trabajadores se reunieron frente a la máquina a escucharlo hablar de la vida, de la luz, del sufrimiento y de Dios. Dijo que nos preparáramos a sufrir hambre y frió porqué ese era el destino de quines lo siguieran.
Lo despidieron, por supuesto, prohibieron que se hablara del asunto dentro de la fábrica.
Hubo muchos cambios de personal entonces: entraron nuevos capataces, algunos trabajadores se fueron, pero por algún tiempo las cosas volvieron a la normalidad, por algún tiempo.
Graciano era borracho y mujeriego, nadie pensó que pudiera convertirse en una persona espiritual: sucedió. Trabajaba incansablemente en la máquina verde durante su turno; después se reunía con otros trabajadores en su casa para hablar del abandono del cuerpo y la liberación del alma, de sus visiones y los seres de luz que le hablaban en la soledad de la cabina. Las cosas pudieron seguir así mucho tiempo, pero un suceso desencadenaría los eventos precipitadamente.
En el taller mecánico todo marchaba de costumbre, hasta que nos estremecimos con un grito: uno de los mecánicos cometió la insensatez de prender una máquina teniendo un alambre de
acero enredado en la mano. El pulgar del trabajador fue rebanado limpiamente, lo encontramos debajo de una mesa a varios metros de distancia.
Llevábamos al herido rumbo a la enfermería cuando Graciano nos corto el paso.
Miro la herida, tomo el dedo y lo coloco en su lugar. El pulgar quedo unido, una cicatriz resulto la única marca del accidente.
El milagro desato el entusiasmo de los trabajadores, rayando en el fanatismo.
Pintaron la máquina de color dorado, le colocaron adornos religiosos y empezaron a referirse a ella como el Arca.
Esta vez no les fue posible correr a Graciano, los trabajadores ahora estaban organizados para defenderlo, y sobre todo, creían en su causa.
Pero Don José era un tipo recio: aún enfermo y decepcionado de la vida tenía suficiente carácter para enfrentarse a Graciano y preguntarle qué se proponía.
Graciano solo respondió pidiendo que le llevaran a Jazmín. Don José se negó y Graciano insistió: quería ver a la ahora jovencita que había sufrido las torturas de la quimioterapia, con un cáncer que no dejaba de avanzar y que la había dejado casi en los huesos.
Cuando por fin llevaron a Jazmín, Graciano coloco su mano en la frente de la niña y dijo: "Ya esta hecho", después regreso a su lugar dentro del Arca.
La recuperación de Jazmín fue tan rápida y completa que todos admitieron que se trato de un milagro. Don José agradecido le prometió a Graciano todo lo que pidiera; pero murió unos meses después.
Sorpresivamente Don José había cambiado su testamento para dejarle a Graciano la mayor parte de sus bienes; lo cual no estaban dispuestos a permitir los hijos de Don José.
Cobraron venganza una madrugada sacando el Arca de la fábrica, desarmada, hecha pedazos.
Graciano los maldijo: así fue como perdieron en negocios fallidos todo el dinero que Don José les dejo, que no fue poco.
Ahora si me disculpan, tengo que regresar a la fábrica. Por si no lo saben se ha convertido en el santuario del "Culto de la Máquina".
Graciano y Jazmín guían a sus seguidores, que como misión se han abocado la reconstrucción de su Arca.
¿Qué si creo en esas cosas? No mucho en realidad; pero no me dejan salir de la fabrica muy seguido. Sucede que soy el último de los que recuerdan como estaba construida la Máquina: mi tarea es armarla de nuevo con cada pieza que se recupera. Han pasado tantos años; no se si la vida me alcance para lograrlo.
Comentarios
Me encanto el cuento. Dobles felicitaciones, por tu ciento y por tu cumpleaños.
Enrique