
El estaba preocupado por el trabajo; todo el tiempo con los minutos contados para atender a sus clientes, cargando una pesada agenda llena de citas.
Ella no se preocupaba por nadie; vivió atada a sus padres hasta que murieron, siempre les guardo rencor por todo lo que no pudo hacer.
Ambos viajaban en el Metro un viernes en un vagón repleto de gente, llegaron a la estación Zócalo.
El estaba retrazado, miraba el reloj con ansiedad.
Ella no tenía a donde ir o que hacer, su mirada se perdía en la contemplación del todo y de la nada.
A él no le interesaba relacionarse con nadie, un compromiso no entraba dentro de sus prioridades.
Lo que ella menos deseaba era atarse a otra persona, apenas conocía su libertad y la quería demasiado como para perderla otra vez.
Ninguno de los dos creía en el amor, y mucho menos en el amor a primera vista. Pero cuando sus miradas se cruzaron, las cosas en las que creían cambiaron.
Por un momento, él se pregunto si cultivar un sentimiento, atesorar el amor y el cariño por una persona, no sería mas valioso que todo el dinero que pudiera tener.
Ella se dio cuenta del profundo vació en su interior y que a quien esperaba sin saberlo estaba enfrente.
Por un momento se miraron, ambos extendieron sus manos como para tocar la cara del otro, pero eso era imposible.
El metro anuncio que las puertas se cerraban. Como en un sueño del que no quisieran despertar, con angustia tocaron su respectiva ventana.
Los trenes arrancaron, él rumbo Tasqueña, ella rumbo a Cuatro Caminos.
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