
La mujer camina con un niño de la mano por la casi
inexistente banqueta.
Ha de vivir en una de las casas apretujadas entre las
fabricas, familias asentadas en los terrenos baldíos de alguna empresa.
Camina con decisión, buscando algo con la vista; el
niño va a rastras, con voz queda y llorosa se queja y ruega a su madre, la cual
con mano firme lo jala con rudeza.
En la esquina aparece un anciano indigente. Carga un
pesado costal de Yute a sus espaldas; recoge cualquier cosa que encuentra en el
suelo: lo examina con mirada de experto, entonces lo mete al costal o lo deja.
La mujer apura el paso al encontrarlo y el niño
aumenta a su vez los chillidos.
El anciano y la mujer discuten algunos minutos, el
pequeño trata de zafarse de la mano de su madre.
― De acuerdo – Dice la mujer. Con la mano libre saca
el monedero, sin soltar al niño extrae un billete que da al anciano.
Los gritos del niño se vuelven histéricos cuando la
madre pasa su mano a la del hombre del costal.
La mujer da media vuelta y se aleja a toda prisa, sin
voltear atrás.
Minutos antes del atardecer: Carlitos escala hasta la
cima de un cerro de basura.
Se para tratando de mantener el equilibrio sobre la
superficie resbalosa y movediza.
Vislumbra desde lo alto las otras montañas de basura,
sus cumbres iluminadas y sus bases bajo las sombras.
Una caja metálica, enorme, semienterrada entre los
desechos, brilla con la luz del crepúsculo. Carlitos recuerda haberla visto
junto al camino en la mañana. Desciende por la ladera hasta llegar al antiguo
artefacto industrial.
Con alivio Carlitos descubre la pequeña vereda por la
que camino ese día.
Orientado, Carlitos es capaz de encontrar el camino de
regreso, así que se hecha a correr por la vereda.
El jacal se encuentras en un claro en medio del
basurero, es amasijo de paredes de cartón, laminas de asbesto y tablas rotas.
Carlitos vacila antes de seguir, sabe que le esperan
golpes y malos tratos.
A su rededor la oscuridad se hace mas profunda:
escucha quejidos, lamentos lejanos y otros sonidos inexplicables. Decide
continuar.
― Me lleva la chingada- Exclama el viejo al verlo
entrar. - ¿Cómo demonios regresaste?
― Pues nomas.
― Maldito mocoso, eres peor que una garrapata, ¡largo!
No te quiero ver más, shuu, uchale, vete.
Carlitos se queda parado donde esta; el viejo aún
molesto prosigue con lo que hacía: separar las botellas y las latas que recogió
en su paseo diario.
Minutos después el viejo es indiferente a la presencia
del niño. Carlitos se sienta en el suelo, la única distracción en ese lugar es
mirar lo que hace su protector a la luz de una vela de cebo.
― ¿ Regresaron Manuel y Pepito?
El viejo voltea a ver al pequeño con renovado
desprecio.
― No, ellos se perdieron, tal como debiste hacerlo tú.
Carlitos se entristece: ya no vera a sus amigos.
En el camino, a través de los basureros, el viejo
camina cargando su costal. A poca distancia lo sigue Carlos, hace tiempo
dejaron de llamarle Carlitos, aunque en realidad no ha crecido mucho.
Carlos encuentra algo que se puede comer y se detiene
para abrir la bolsa y llevarse a la boca el contenido. Termina rápido pues ve
que el viejo otra vez intenta perderlo.
― No me sigas, lárgate.
― ¿Porque siempre me esta largando? Digo yo, pues
llevamos tanto tiempo juntos, casi somos amigos ¿no?
― No me hables cucaracha, vete ya con tus amigos de
verdad.
Carlos se detiene un momento a pensar; sabe que el
viejo se refiere a los animales que merodean allí por las noches.
― Oiga, espéreme, pues ¿Por qué le caigo mal?
― Ya basta, cállate.
El viejo tira el costal al suelo y encara al muchacho.
― ¿Crees que te recogí por gusto? ¿Qué me gusta tu
plática? Tan solo le hice un favor a tus padres quitándoles un monstruo de
encima.
― Monstruo su abuela, no soy peor que usted mismo.
― No lo sabes, pobre niño; en todos ustedes hay algo
mal, cualquiera se da cuenta de eso.
― No invente ¿Qué cosa es eso?
― Hay algo en el agua, o en la comida, o quizá en el
aire; desechos químicos, a uno de cada diez niños les pasa, cuando llegan a la
adolescencia su cuerpo cambia, se convierten en criaturas feroces que viven en
la oscuridad. Y eso esta a punto de ocurrirte a ti.
― Eso no es cierto.
― Mírate la cara, esa mancha que tienes desde chico
esta creciendo, esa es la señal.
Carlos busca en su alrededor hasta encontrar un charco
en el que puede ver su rostro. Por largo tiempo observa la mancha oscura que
ahora cubre su frente hasta la mitad de la nariz. Cuando se levanta a preguntar
al viejo se da cuenta que este se ha ido.
Por primera vez realmente se pierde, no encuentra el
camino de regreso, y comprueba la verdad de lo que el viejo dijo.
Cada día recuerda menos de él mismo, pero llega a
comprender, al menos por poco tiempo, la razón de su destino. Igual que él
otros muchos niños fueron abandonados por temor a lo que llegarían a ser; antes
de que representaran un peligro se les aparta para dejarlos morir aquí, donde
nadie se preocupa de lo que ocurre.
Pero aún eso se olvida en medio de este delirio que lo
invade, solo sabe que ha sobrevivido, y que lo seguirá haciendo, aunque tenga
que buscar otros territorios de caza.
La mujer camina presurosa, tras de ella un pequeño
niño hace un berrinche y se niega a caminar.
― Anda, camina o te dejo sólito con el coco.

― Andrés, andrecito, hijo ¿Dónde te metiste?
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