
Desde la ventana de la
nave Nico observo la destrucción del ingenio espacial con tanto interés como un
niño de la tierra vería una estrella fugaz.
Nicolás Pineda tiene
diez años y toda su vida ha trascurrido dentro de la nave en la que su abuelo
regreso de las guerras en el cinturón de Kuiper.
Se suponía que de esas
distancias no era posible regresar, tampoco se suponía que los combatientes
formaran familias, pero la naturaleza retoma su curso.
Javier, el padre de
Nico, nació más allá de la órbita de Neptuno y a pesar de que se aseguraba que
los niños nacidos en el espacio tendrían innumerables problemas de salud,
Javier y su generación llegaron a la edad adulta y tuvieron hijos.

Un rato después de que
han apagado la luz Nico se levanta. No tiene sueño y de un tiempo a la fecha le
ha dado el gusto de espiar a sus padres.
Se desliza por los compartimientos sin tocar los trastes adheridos a alas
paredes y rodeando los ductos y cables que cruzan de un compartimiento a otro
entorpeciendo el cierre de las
compuertas.
compuertas.
Escucha la voz de su
padre en el siguiente compartimiento. Se queda quieto a un lado de la
compuerta.
Javier habla con
alguien a través del hológrafo.
― Hace una semana prometió
ayudarme, a cambio recibo una orden de desalojo.
― Comprenda esto
Javier, hay miles de naves en órbita como usted, con problemas como los suyos,
y cada día llegan más. Trabajamos en resolverlos lo mejor posible, solo ténganos
paciencia.
― ¿Cree que no ha sido suficiente paciencia? ¿Hace cuánto
nos prometieron que aterrizaríamos?
― Ese plan está en
marcha, en cuanto se erradique la epidemia.
― ¡Pamplinas! Nunca he
visto a uno de los contagiados de “la enfermedad del espacio”. Es más, creo que
es una invención para no dejarnos bajar.
― Esos rumores no nos
llevan a ningún lado Javier. Mejor consideremos las opciones en forma realista.
― Mis opciones, lo que
plantean es que deje la nave de mi padre, la única pertenencia que tiene mi
familia.
― Pronto se va a abrir
un emplazamiento en los asteroides, los podemos colocar en la lista.
― ¡Mas promesas! ¿Por
qué no ven lo obvio? Si me dan el combustible necesario yo mismo iré a ese
asteroide y construiré con mis propias manos ese emplazamiento.
― Sabe que no podemos
dejarlo vagar libremente por el sistema solar, sería irresponsable.
― Mi padre hizo el
viaje desde Sedna hasta aquí sin su apoyo, la alternativa era dejarse morir.
Fue un héroe por cuenta doble. No voy a dejar que su lucha termine con sus
nietos convertidos en parias.
Sin percatarse de ello
Nico ha flotado a la deriva y choca contra la pared provocando un ruido que
sobresalta a Javier y al holograma.
― Es mi hijo.
Dice Javier después de
voltear bajando el tono de su voz.
― Sera mejor que
hablemos en otro momento.
Javier asiente con la cabeza, el holograma
desaparece.
Extendiendo el brazo
Javier le indica a Nico que se acerque.
― Ven amigo, ¿Sin sueño
todavía?
― Solo tenía
curiosidad.
― ¿Escuchaste de lo que
estábamos hablando?
― No entendí una cosa,
¿Qué es un paria?
― ¿Un paria dijiste?
Bueno, es una persona que no pertenece a ningún lado y la gente no lo quiere.
― ¿Somos parias?
― ¡Por supuesto que
no! Tienes mi promesa de que nunca lo
serán, te lo juro. Voy a conseguir el
combustible para la nave, o tal vez alguien nos pueda remolcar a una órbita más
estable. ¿Quieres ver la ventana un
rato?
Javier y Nico se
colocan frente al cristal, miran el amanecer y el lento recorrer de los
continentes y los océanos.
Nico le señala a Javier
los ríos y las cordilleras que van pasando y algunas ciudades donde las nubes les permiten ver.
Padre e hijo miran la
tierra muchas veces prometida y muchas veces negada, como cualquier otra
familia desde los anillos de miseria.
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