
Lanzas una exclamación y escuchas la reacción de los
demás: van de lo obvio a lo inesperado.
Permaneces en tu puesto de trabajo, con las manos
cerca del teclado, en cualquier momento ―piensas ― la corriente eléctrica
regresara.
Tus compañeros se levantan de sus lugares y caminan
hacia la salida conversando animadamente.
Paulatinamente el silencio te envuelve, vas olvidando
el trabajo y empiezas a divagar.
Escuchas el cronométrico caer de una gota desde el
baño.
Por la ventana abierta entra el canto de un pajaro.
La conversación de tus compañeros se aleja por el
pasillo.
Escuchas un automóvil acercarse por la calle y después
alejarse.
Algún perro ladra en la lejanía; no, no es un perro,
son tres distintos que ladran a intervalos.
Te inclinas sobre tu silla hacia atrás, provocando un
rechinido familiar al que nunca le habías puesto atención. Te mueves para
adelante y para atrás reconociendo el sonido que se produce justo cuando tu
peso pasa de las piernas a tu espalda.
Te das cuenta que la gotera en el baño resuena con
eco. Te concentras en escuchar ese sonido.
Entonces te vuelve a golpear: La energía se
reestablece, anunciándose con la radio a todo volumen.
Saltas en tu lugar y por poco te caes de la silla.
Por el pasillo regresan las voces de tus compañeros y
la computadora empieza a zumbar al reiniciarse. El microcosmos de sutiles
sonidos se ahoga nuevamente en el barullo del trabajo de oficina.
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