
De
vez en cuando el hombre le echa nervioso un vistazo a su muñeca.
Ulises
se da cuenta que la mujer le mira, voltea a verla y dice con una sonrisa.
―
Espero a mi hija.
La
mujer sonríe a su vez y se da cuenta que no había notado el ostensible reloj
que lleva en la muñeca.
En
cambio Ulises se reprocha su falta de confianza. Si como teme, esta enredado en
una madeja de mentiras, entonces debe dejar de engañar a los demás.
El
primer paso es la familiarización, la exploración. Debes conocer el objeto, su
color y forma, su peso y textura, incluso el sonido que emite al rozar los
dedos sobre él. Debes ser capaz de visualizarlo tal como es, sin necesidad de
tenerlo cerca. Claro que es posible, lo
haces cada noche, cuando sueñas, así que puedes hacerlo conscientemente.
Los
autobuses pasan y los compañeros en el paradero van rotando; hasta que por fin de la parte trasera de un
autobús Ulises ve a Laura bajar por los escalones.
―
Perdón por llegar tarde. Se disculpa
antes de plantarle un beso acaramelado en la mejilla.
Al
momento Ulises olvida su creciente angustia y el insidioso mal humor ante el
gusto de abrazar a su niña una vez más.
―No
te preocupes, todavía podemos dar una vuelta por el parque.
El
siguiente paso es lograr la conexión. Contrario a lo que el general de la gente
cree, la forma de controlar los pensamientos de otro no es imponiendo los
propios. El proceso consiste en penetrar
en los pensamientos del otro, llegar al estrato emocional, mimetizarse con lo
que encuentras, hacer de tus pensamientos iguales a los del otro. Si logras
empatizar la conexión será casi automática, a veces basta una sonrisa, una
conversación o en casos difíciles un contacto físico. Pero cuidado, este paso
debe darse en el menor tiempo posible, si no lo logras lo mejor es abandonar el
intento.
La
calzada del parque está cubierta de flores de jacaranda, la primavera se acerca
briosa despejando con una brisa cálida los cielos de la ciudad.
Laura
al igual que la mujer del paradero nota el gesto inútil de Ulises al mirar su
muñeca.
―
¿Sigue a tiempo tu reloj?
―No
sé a retrasado ni un segundo. Le muestra levantándose la manga.
―
¿Cuánto ha durado?
Ulises
hace cuentas mentales, recuerda el día en que se percató que el reloj era una
ilusión y decidió mantenerla, retrocede a los meses… no, años, en que lo creyó real, hasta el
momento en que inocentemente lo recibió como obsequio de cumpleaños.
―
Dos años antes de que nacieras, por lo tanto tiene diecisiete años. Pero
cuéntame, ¿Todavía no escuchas pensamientos?
―No,
mamá dice que a veces se salta una generación.
―Tonterías,
cuando eras pequeña no hacía falta hablarte. Ya veras, cualquier día se acabara
el silencio.
―Muéstrame
lo del billete, ¿sí?
―Está
bien, pero tienes que permanecer en
silencio.
Lo
siguiente es crear la ilusión, debes de
tomar previsiones para no engañarte a ti misma, porque cuando esta tan bien
hecha no es posible distinguirla de la realidad.
Estando
conectados, la ilusión es compartida por ambos. Algunas veces logre hacerlo con
tres o cuatro personas, pero no siempre funcionan.
Padre
e hija caminan rumbo al carrito que vende palomitas de maíz. Ulises pide una
bolsa. Mientras el joven vendedor llena la bolsa Ulises comenta casualmente.
―Es
un hermoso día ¿verdad?
El
muchacho le dedica una mirada complaciente, Ulises le sonríe tontamente.
―Sí,
es un lindo día. Responde el vendedor y
una tímida sonrisa emerge en su rostro.
Cuando
el vendedor le entrega la bolsa, Laura puede ver a Ulises extender la mano con
el pulgar, el índice y el medio cerrados como si sostuvieran un billete.
El
vendedor toma con toda naturalidad el billete invisible, se dispone a regresar
algunas monedas.
―Quédate
con el cambio. Dice Ulises y se da la
vuelta para darle la bolsa a Laura y seguir caminando. Después de avanzar algunos metros Laura no
puede contenerse y lanza una carcajada.
Lo
crucial es el intercambio, cuando pasas la ilusión de tu mano a la del otro.
Este es el punto en el que muchos fallan, una repentina duda lo será de ambas
partes y la ilusión puede desaparecer en un instante. Sin embargo, cuando el
otro la toma deja de ser tu ilusión y se vuelve la suya, es una transición
paulatina.
―
¿Cómo le hiciste papá? Tienes que enseñarme.
―No,
no, esto no es para jugar, las ilusiones son algo serio y pueden hacer mucho
daño.
―
Por favor, dime como se hace, tal vez nunca pueda hacerlo como tú, pero quiero
saber cómo funciona.
―Oh,
claro que podrás, eso no tengo dudas, pero nunca debes hacer mal uso de ello
¿me entendiste?
―Si
papá, ¿Cómo se hace?
Ulises
se sienta en una banca, Laura a su lado lanza algunas palomitas a los pájaros,
en pocos segundos se agolpan a sus pies.
Ulises
se dispone a explicarle el procedimiento.
Por
último esta la retirada, esto ocurre cuando al objeto ya no se le presta
atención. Debes hacer el esfuerzo consiente de desconectarte del sujeto, con
firmeza y rapidez. La ilusión desaparecerá para ti instantáneamente, pero si no
lo haces puede igualmente desvanecerse para ambos y entonces sentirás la
desilusión del otro. Hay quienes no resisten esto y vuelven a crear la ilusión,
pero entre más veces se hace se forman lazos psíquicos que después no se pueden
deshacer y la ilusión se vuelve permanente para ambos. Por eso te recomiendo
que no lo hagas a tus seres amados, hay muchos telépatas que han arruinado su
don al enredarse en innumerables lazos psíquicos.
Laura
ha escuchado con atención.
―¿Eso
es lo que les paso a mamá y a ti?
―Mira
lo tarde que se ha hecho, ―Ulises señala su muñeca y se levanta. ―Ya es hora de
que regreses.
―Vamos,
dímelo. Insiste Laura mientras caminan hacia
la avenida.
―Tu
madre y yo tuvimos problemas, más allá de la telepatía y las ilusiones. Desde el principio sabíamos que éramos uno y
otro. Empezó como un juego, así empiezan tantas cosas. Nos divertíamos
apareciendo y desapareciendo cosas, nos hicimos realmente buenos en ello.
Solíamos
hacernos bromas, cada vez más pesadas y cuando las cosas empezaron a ir mal con
nosotros empezamos a usarlas para hacernos daño. Cuando decidimos terminar ya
no podíamos diferenciar que cosa era real y cual no. Necesitábamos alejarnos
porque nuestra simple presencia nos hacía daño.
En
el paradero de nuevo, padre e hija se despiden, Laura sube al autobús y desde
la ventana agita la mano. Ulises sigue despidiéndose hasta que el autobús se
pierde de vista, sonriendo todo el tiempo.
Al
bajar el brazo, su sonrisa desaparece, se da la vuelta y se aleja caminando.
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