
De esa forma entre en aquel establecimiento, pedí una
taza de café y empecé a tomar nota de lo que veía.
Es curioso, pero no repare en Rafa hasta mucho tiempo
después. El servicio del restaurante era
excelente: las ordenes eran servidas con prontitud y sin errores; las mesas
siempre estaban limpias y listas para recibir comensales; en una ocasión me senté en una recién
desocupada: las gentes dejaron un autentico regadero sobre ella. Apenas estaba acomodado en la silla llego
Rafa: un hombre bajo y moreno vestido con uniforme blanco y negro, a levantar los trastes. Con la habilidad de un equilibrista, la
pericia de un carterista y una fulminante velocidad como la suya, la mesa fue
limpiada y ordenada en un parpadeo.
Fue la primera ocasión en que percibí lo peculiar de Rafa García. Después caí en cuenta
que él era el único mesero en el establecimiento y que la demostración que
observe era únicamente su trabajo rutinario con pocos clientes que atender.
Cada cierto tiempo pasaba al restaurante a escribir
tranquilamente alguno de mis cuentos sobre clones y mutantes; mientras a mi
alrededor de un lado a otro Rafa se movía, como un colibrí libando en un
jardín.
Con el tiempo termine la universidad y mi primer empleo
fue en el centro de la ciudad, lo cual hizo que me convirtiera en un
parroquiano habitual del restaurante, y que comenzara cierta amistad con Rafa.
Siempre fue reservado con los detalles de su vida, no
era afecto a explicaciones extensas.
Supe que tuvo tres matrimonios en el lapso de dos
años, como lo dijo en alguna ocasión: se desesperaba de complacer a sus
parejas.
Nunca tuvo un automóvil: ― ¿Para qué, si llego mas
rápido caminando? ― Y a propósito, vivía solo a unas cuadras del restaurante.
Estoy seguro que tampoco supo mucho de mi vida, porque
su atención siempre escurridiza hacía
que la conversación con él siempre fuera breve; las pocas ocasiones en que se
veía obligado a escuchar a otros, empezaba a moverse involuntariamente, como si
realizara mentalmente aquellas tareas que tenía que posponer.
No llegue a entender porque constantemente estaba en
movimiento, el nunca habló de eso. Con los años
he llegado a pensar que Rafa sufría una anomalía del tiempo: su vida
trascurría a un ritmo diferente al del
resto de nosotros, como una película acelerada.
Para él, nosotros nos movíamos con la lentitud de los
caracoles, masticábamos nuestra comida como tortugas ancianas, con parsimonia.
Era completamente ajeno a las prisas, al estrés y a la neurosis de la mayoría
de los clientes del restaurante; Por eso siempre atendía con esa apacible
sonrisa en su rostro moreno.
Esta idea fue haciéndose mas evidente después de
tratar con Rafa a lo largo del tiempo.
Su cabello lo recuerdo intensamente oscuro las
primeras veces que lo vi; pero fueron apareciendo canas, que al principio eran
fugaces destellos plateados que apenas se divisaban mientras atendía las mesas.
Pero poblaron sus sienes al cabo de no muchos años.
Muchas veces pensé que esas no eran canas, en realidad
eran las alas de mercurio que aparecieron a los costados de su cabeza.
Un día dejo de servir comidas en el restaurante.
Jubilado prematuramente por una enfermedad del corazón. No obstante siguió
acudiendo al restaurante, pero para que otros meseros lo atendieron como
cliente, durante uno o dos años a lo sumo.
Su cabello se torno completamente blanco y su piel
morena se arrugó. Desde su mesa en un rincón del restaurante observaba a tres
meseros realizar el trabajo que él sólo podía hacer sin ayuda.
Sus días terminaron una tarde de invierno.
Quizá para consolarme, pienso que en su percepción del
tiempo Rafa debe haber tenido una vejez larga y tranquila, rodeado de gente que
lo apreciaba.
Para mi, el día que nos dejo, el mundo empezó a girar
un poco mas despacio.
Comentarios