
Son las once de la noche, como de costumbre los vecinos abren ruidosamente el zaguán y meten sus cinco automóviles, entre acelerones y frenadas, en el estrecho patio que separa ambas casas.
Por la ventana abierta entra el humo y el olor a gasolina cruda.
A Santiago le llegan los vapores tóxicos, pero únicamente se sacude de la nariz el olor, pues sabe que es una molestia pasajera.
Sentado, con los codos sobre su escritorio, las manos entrelazadas y una pluma en sus dedos.
Escucha por segunda vez el disco de Santo y Jhonny que otras veces le ha inspirado.
Su vista recorre cada detalle del póster que reproduce un cuadro de Remedios Varo que tiene encima de su máquina de escribir.
Olga entra en el estudio, Santiago escucha sus pasos sin voltear.
Ella guarda su violín en el estuche y lo coloca sobre el librero.
- ¿Porque no dejas esa máquina de escribir y vienes a la cama?
- No puedo, no he escrito nada en semanas, tengo que empezar algo hoy.
- Bueno, pero no te tardes.
La aguja del tocadiscos llega al final del LP. Santiago cambia el disco por uno de The Platers.
Regresa a su posición, inmóvil excepto por la pluma, con la que parece dirigir la música.
Paulatinamente los sonidos de la calle van cesando. Por la ventana abierta entra el aire frió característico de la madrugada.
Dos discos después Santiago apaga el tocadiscos. La música esta vez no le ha sido útil.
Ahora en silencio intenta llegar a ese instante de lucidez en el que las distintas piezas de historias, que revolotean en su cabeza, caen una junta a la otra y entonces brillan como una piedra preciosa en las aguas de un arroyo cristalino. Una idea con posibilidades de convertirse en una historia, si encuentra la manera adecuada de contarla.
- ¿Todavía estas aquí?
Santiago da un brinco involuntario ante la voz de Olga.
-Pensé que te habías dormido, - se disculpa, - como no hacías ningún ruido.
- No te preocupes, de hecho estaba pestañeando.
- Mejor vente a la cama, esta haciendo mucho frió.
- En cuanto empiece a escribir una historia, se me ocurrirá algo en cualquier momento.
Olga suspira y sale del estudio, Santiago escucha sus pasos bajando la escalera y el abrir de la puerta de la cocina, al rato ella regresa por el mismo camino, trae un vaso de leche.
Se sienta sobre el escritorio, cruza las piernas y bebe la leche.
- A ver, - dice relamiéndose un bigote de leche - ¿Porque mejor no acabas uno de tus cuentos que has dejado a medias? Tienes un montón de ellos.
- Ya lo sé, pero no me siento con ganas de re-trabajarlos en este momento. Lo que necesito es algo nuevo y fresco que me haga sentir de nuevo en el negocio.
Olga termina su vaso de leche y regresa a la recamara.
- Ay Santiago, estas ciego o dormido.
En ese momento algo engrano, Santiago toma una hoja y escribe una frase.
"Esa noche Olga no podía dormir".
Deja su pluma sobre el escritorio y presuroso se va a la cama.
Por la ventana abierta entra el humo y el olor a gasolina cruda.
A Santiago le llegan los vapores tóxicos, pero únicamente se sacude de la nariz el olor, pues sabe que es una molestia pasajera.
Sentado, con los codos sobre su escritorio, las manos entrelazadas y una pluma en sus dedos.
Escucha por segunda vez el disco de Santo y Jhonny que otras veces le ha inspirado.
Su vista recorre cada detalle del póster que reproduce un cuadro de Remedios Varo que tiene encima de su máquina de escribir.
Olga entra en el estudio, Santiago escucha sus pasos sin voltear.
Ella guarda su violín en el estuche y lo coloca sobre el librero.
- ¿Porque no dejas esa máquina de escribir y vienes a la cama?
- No puedo, no he escrito nada en semanas, tengo que empezar algo hoy.
- Bueno, pero no te tardes.
La aguja del tocadiscos llega al final del LP. Santiago cambia el disco por uno de The Platers.
Regresa a su posición, inmóvil excepto por la pluma, con la que parece dirigir la música.
Paulatinamente los sonidos de la calle van cesando. Por la ventana abierta entra el aire frió característico de la madrugada.
Dos discos después Santiago apaga el tocadiscos. La música esta vez no le ha sido útil.
Ahora en silencio intenta llegar a ese instante de lucidez en el que las distintas piezas de historias, que revolotean en su cabeza, caen una junta a la otra y entonces brillan como una piedra preciosa en las aguas de un arroyo cristalino. Una idea con posibilidades de convertirse en una historia, si encuentra la manera adecuada de contarla.
- ¿Todavía estas aquí?
Santiago da un brinco involuntario ante la voz de Olga.
-Pensé que te habías dormido, - se disculpa, - como no hacías ningún ruido.
- No te preocupes, de hecho estaba pestañeando.
- Mejor vente a la cama, esta haciendo mucho frió.
- En cuanto empiece a escribir una historia, se me ocurrirá algo en cualquier momento.
Olga suspira y sale del estudio, Santiago escucha sus pasos bajando la escalera y el abrir de la puerta de la cocina, al rato ella regresa por el mismo camino, trae un vaso de leche.
Se sienta sobre el escritorio, cruza las piernas y bebe la leche.
- A ver, - dice relamiéndose un bigote de leche - ¿Porque mejor no acabas uno de tus cuentos que has dejado a medias? Tienes un montón de ellos.
- Ya lo sé, pero no me siento con ganas de re-trabajarlos en este momento. Lo que necesito es algo nuevo y fresco que me haga sentir de nuevo en el negocio.
Olga termina su vaso de leche y regresa a la recamara.
- Ay Santiago, estas ciego o dormido.
En ese momento algo engrano, Santiago toma una hoja y escribe una frase.
"Esa noche Olga no podía dormir".
Deja su pluma sobre el escritorio y presuroso se va a la cama.
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