
Después de horas de excitada escritura, descubre que sus dedos se han licuado, que escurren de sus nudillos, flácidos sobre el teclado.
Contrariado, busca un cigarro, se acerca a la cajetilla y toma uno con la boca.
Alfa se acerca y se lo enciende.
“Ya deja esa máquina de escribir y ven a la cama”, dice Alfa sugerentemente.
Envuelto en el humo del cigarrillo piensa un momento. Planeaba amanecer escribiendo, pero ya no será posible.
Accede, y se deja cargar hasta la cuna.
Contrariado, busca un cigarro, se acerca a la cajetilla y toma uno con la boca.
Alfa se acerca y se lo enciende.
“Ya deja esa máquina de escribir y ven a la cama”, dice Alfa sugerentemente.
Envuelto en el humo del cigarrillo piensa un momento. Planeaba amanecer escribiendo, pero ya no será posible.
Accede, y se deja cargar hasta la cuna.
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