
El sol resplandece sobre el mar, creando innumerables reflejos diamantinos en la superficie.
Las olas rompen suavemente, deslizándose hasta desaparecer en la playa privada del exclusivo hotel; en la arena hay un castillo a medio construir, palas cubetas y rastrillos de juguete.
Dos niñas chapotean cerca de la orilla; se lanzan con las olas dejando que las arrastre, para adelante y para atrás. Ríen y se lanzan agua entre ellas.
Desde el cuarto que da a la playa, Lena las observa jugar, en sus brazos carga u par de toallas.
Simón, su esposo, se acerca por atrás y le da un beso detrás de la oreja.
― Ya es hora de empacar, cariño. ― Le susurra al oído.
― Me las voy a llevar. ― Anuncia Lena con un tono que no admite reclamaciones.
― Lo siento mi amor, pero no es correcto...
― Dime si no son encantadoras.
― Si, lo son, a mi también me gustan, pero recuerda que son del hotel.
Las niñas dan un grito de sorpresa y alegría cuando una ola grande las tira y las arrastra entre su espuma y la arena.
La pareja permanece largo rato viéndolas, tomados de la mano.
― Esta bien, hagámoslo. ― Acepta Simón.
Las niñas regresan corriendo al cuarto. Lena las recibe sonriente; las seca con las toallas; después les dice en un tono lleno de complicidad:
― Vístanse niñas, vamos a dar un paseo.
Las niñas corren alegres a la habitación; mientras Lena pone las toallas dentro de una bolsa y le guiña un ojo a Simón.
El sol se oculta en el horizonte, rodeado de nubes encendidas como si fueran de fuego. La luz dorada del atardecer entra por un gran ventanal inundando la oficina del gerente en el vigésimo piso del hotel.
Trabaja en su computadora, proyectando una larga sombra sobre su escritorio y la alfombra de la oficina cuando su secretaria lo interrumpe.
― Señor, el conserje dice que faltan las niñas del cuarto doscientos tres.
― ¿Otros más? Remplácelos y llame a los de seguridad. No podemos dejar que se los sigan llevando así no más.
La secretaria sale a cumplir la orden. El gerente mientras tanto voltea al ventanal y mira el sol ocultarse; una fragata de veleros cruza frente al disco solar recortándose su silueta.
― Tenemos que hacer algo. ― Comenta para si mismo. ― Si los clientes se los siguen llevando, tendremos que suspender la promoción: “Dos niños en su cuarto, gratis”.
Las olas rompen suavemente, deslizándose hasta desaparecer en la playa privada del exclusivo hotel; en la arena hay un castillo a medio construir, palas cubetas y rastrillos de juguete.
Dos niñas chapotean cerca de la orilla; se lanzan con las olas dejando que las arrastre, para adelante y para atrás. Ríen y se lanzan agua entre ellas.
Desde el cuarto que da a la playa, Lena las observa jugar, en sus brazos carga u par de toallas.
Simón, su esposo, se acerca por atrás y le da un beso detrás de la oreja.
― Ya es hora de empacar, cariño. ― Le susurra al oído.
― Me las voy a llevar. ― Anuncia Lena con un tono que no admite reclamaciones.
― Lo siento mi amor, pero no es correcto...
― Dime si no son encantadoras.
― Si, lo son, a mi también me gustan, pero recuerda que son del hotel.
Las niñas dan un grito de sorpresa y alegría cuando una ola grande las tira y las arrastra entre su espuma y la arena.
La pareja permanece largo rato viéndolas, tomados de la mano.
― Esta bien, hagámoslo. ― Acepta Simón.
Las niñas regresan corriendo al cuarto. Lena las recibe sonriente; las seca con las toallas; después les dice en un tono lleno de complicidad:
― Vístanse niñas, vamos a dar un paseo.
Las niñas corren alegres a la habitación; mientras Lena pone las toallas dentro de una bolsa y le guiña un ojo a Simón.
El sol se oculta en el horizonte, rodeado de nubes encendidas como si fueran de fuego. La luz dorada del atardecer entra por un gran ventanal inundando la oficina del gerente en el vigésimo piso del hotel.
Trabaja en su computadora, proyectando una larga sombra sobre su escritorio y la alfombra de la oficina cuando su secretaria lo interrumpe.
― Señor, el conserje dice que faltan las niñas del cuarto doscientos tres.
― ¿Otros más? Remplácelos y llame a los de seguridad. No podemos dejar que se los sigan llevando así no más.
La secretaria sale a cumplir la orden. El gerente mientras tanto voltea al ventanal y mira el sol ocultarse; una fragata de veleros cruza frente al disco solar recortándose su silueta.
― Tenemos que hacer algo. ― Comenta para si mismo. ― Si los clientes se los siguen llevando, tendremos que suspender la promoción: “Dos niños en su cuarto, gratis”.
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