
El memorando, de grueso papel ligeramente amarillo, con el emblema de TT y TLD (Tornillos tuercas y todo lo demás) permanecía sobre el escritorio, curiosamente alineado con las orillas de la mesa y centrado. A Estela se le sumió el estomago cuando lo vio esa mañana. Dudo un largo instante en tomarlo y leerlo: Después de hacerlo lo beso y lo estrecho contra su pecho. Se levanto de su silla y se dirigió hacia el ascensor. Quienes la vieron pasar aseguran que vieron lagrimas en sus ojos.
El memorando decía únicamente:
“Empleado número 226879 presentarse en el departamento de inseminación”.
El manual de operaciones dice con respecto a los infantes: “La madre será la principal responsable del desarrollo físico e intelectual...” “La empresa proporcionara los medios y recursos para la actividad maternal dentro de sus instalaciones”.
Un pequeño escritorio de madera aglomerada fue colocado al lado de el de Estela para el primer cumpleaños de Oficio con un pequeño monitor y todos los implementos convenientes para el desarrollo mental del pequeño.
Oficio fue un niño precoz en muchos aspectos: a los tres años lleno su primer formulario.
A los cinco entendía perfectamente la regla del cargo y el abono. El contador principal de la empresa al enterarse de tan notorio avance quiso conocer personalmente al pequeño prodigio. Lo vio llenar la hoja de diario con los gastos y los ingresos del día, tan competente como algunos de sus empleados habituales.
Sorprendido y orgulloso le dijo a Estela al despedirse que el pequeño Oficio tendría un futuro promisorio dentro de la empresa. Le asegura que puede contar con su recomendación para que Oficio obtenga un puesto en contabilidad en cuanto el pequeño obtenga la certificación como empleado.
La certeza y la seguridad es algo que la burocracia aprecia, y mas aún tratándose de una madre trabajadora dentro de las entrañas de una enorme e impersonal compañía como TT y TLD. Por eso cuando Oficio, en su séptimo cumpleaños, rechazo seguir estudiando contabilidad fue como si el mundo entero se derrumbara sobre Estela.
Sin embargo la mente inquieta del pequeño había virado hacia otra dirección: la mercadotecnia.
Con entusiasmo inaudito oficio leyó todos los estudios de mercado y estadísticas que la empresa la proporcionaba. Causo sorpresa entre los analistas cuando empezó a correlacionar tendencias de distintos estudios; mas aún cuando hizo proyecciones del comportamiento del mercado, con una certeza cercana al 50%.
“Sin duda alguna Oficio va dominar todas las herramientas de la estadística y el análisis de mercado; no me sorprendería que el mismo inventara sus propias herramientas”. Fueron las palabras del director de mercadotecnia a la madre del pequeño. Estela lloro frente al directivo, orgullosa. El que un niño mostrara tanta habilidad en dos ramas de la empresa significaba no solamente una inteligencia excepcional; significaba para Estela, sobre todo, que su hijo sería capaz de lograr sobresalir virtualmente en cualquier puesto en el que la empresa lo colocara. Desde entonces Estela dejo de preocuparse del futuro de su retoño; en cierta forma relajo la disciplina, permitiéndole desenvolver su curiosidad natural.
Cerca de su cumpleaños numero diez, Oficio nuevamente pareció perder el rumbo, pues se volvió distraído; pasaba horas escudriñando los archivos muertos y perdió interés por sus estudios. Estela pensó que le había dado demasiada libertad cuando lo vio escuchar las conversaciones alrededor de la cafetera. Lo reprendió diciéndole que no volviera a acercarse a esas reuniones de haraganes; cuando le pregunta qué es lo que buscaba en esas platicas triviales Oficio desvió la mirada y respondió “nada”.
Como regalo de cumpleaños Oficio recibió un escritorio de tamaño adulto y se le asigno medio cubículo a dos metros de distancia del de su madre. Sin embargo los signos preocupantes siguieron presentándose: Oficio se sumergió en una investigación personal que le distrajo de cualquier otra actividad. Su escritorio en poco tiempo estuvo lleno de pilas de papel y basura. Estela deseaba respetar su libertad, pero cuando los directivos de la empresa le hicieron saber su preocupación por la falta de progreso de Oficio, decidió enfrentarlo.
Entro a su cubículo, pero antes de poder hablar con él, lo descubrió sentado, con un papel en las manos, temblando. Pregunto que sucedía: Oficio le dio el papel y Estela comprendió de inmediato. Los archivos del personal son confidenciales, sin acceso para los empleados;
Oficio había obtenido el de su madre: En un organigrama aparecía su puesto como uno de los de menor jerarquía, sin subordinados ni funciones primordiales para la empresa.
“¿Eres una secretaria de tercer grado?” Los ojos de Oficio se llenaron de lagrimas por primera vez en la vida y Estela sintió desgarrarse su interior.
No le contesto, únicamente abraso a su hijo y acuno su cabeza mientras lloraba.
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