
En el puerto espacial Gateway, Pórtico en español, hay varios cientos de naves interestelares disponibles para quien este dispuesto a pilotearlas y explorar el cosmos infinito; suena interesante, pero al abordar estos vehículos de origen extraterrestre no existe la certeza de a donde se dirige y un alto porcentaje de exploradores muere en el viaje o nunca regresa. Bajo estas condiciones pocos se atreverían, por lo cual la compañía que administra Pórtico ofrece una generosa recompensa por cualquier objeto de valor o descubrimiento que se obtenga de los viajes. Cada uno de los prospectores tiene que considerar los dos aspectos y confiar en su suerte antes de hacer cualquier viaje: la ambición por una no siempre segura recompensa y el temor a una muy probable horrible muerte.
Este es el universo que nos ofrece Frederick Pohl en su novela Pórtico, ganadora de los premios Nébula y Hugo de 1977 y 1978, desde la perspectiva de Robinette Broadhead, también conocido como Robert o Bob, un explorador retirado que disfruta de una posición económica privilegiada, considerado un héroe, después de una juventud de miseria; quien sin embargo es profundamente infeliz, por lo que asiste a psicoterapia, atendido por un programa de computo llamado Sigfrid.
A través de las sesiones con Sigfrid que parecen estancarse en un punto muerto, el lector va conociendo la historia de Robert y las razones de sus múltiples traumas, su violencia espontánea, y su profundo dolor, que tiene origen en su paso por las misiones de Pórtico.
El merito de Pórtico es el mostrarnos la cara menos glamurosa de la exploración espacial, una empresa que debe lidiar con la constante frustración de los prospectores, las condiciones casi infrahumanas en las que se tienen que realizar los viajes, el constante temor de nunca regresar, la urgencia de encontrar nuevos horizontes para la humanidad y con las secuelas que enfrentan aquellos que logran regresar.
Al leer Pórtico vinieron a mi mente dos relatos que contienen una atmósfera semejante: “Nave de Sombras”, del mismo Frederick Pohl, y “Las estrellas son la Estigia” de Theodore Sturgeon. En la primera observamos una estación espacial tan sórdida como Pórtico, ausente de gravedad, con paredes de plástico que pueden rasgarse y lanzar a los ocupantes al vació, merodeada por fantasmas y vampiros que se beben a sus víctimas a través de una aguja hipodérmica. En las Estrellas son la Estigia contemplamos también un espacio puerto en el que la humanidad lleva a cabo la colosal labor de colonizar el espacio con pequeñas cápsulas para extender una red de tele-transportadores por la galaxia, pero con el inmerso riesgo de que no sean contactados o sean capturados por alguna raza extraterrestre.
Bob, el protagonista es un personaje de gran complejidad, sufre con el recuerdo de su pasado, cuando laboraba en “las minas de alimento” explotando yacimientos de hidrocarburos que por un proceso de fermentación se convierten en alimento barato para una población en constante crecimiento para la cual los recursos de la tierra no son suficientes. Su madre no le proporciona afecto en la infancia, las únicas ocasiones en las que ella le mostraba algún cariño era cuando enfermaba y le tomaba la temperatura con un termómetro rectal. Cuando en un giro de la suerte gana un premio de la lotería, Bob abandona las minas y paga el viaje de ida a Pórtico, lugar donde su suerte sigue siendo mala, cuando se encuentra de frente a la posibilidad de emprender viaje, el temor lo paraliza y decide posponer el mayor tiempo posible la decisión de aventurarse. En la estancia en Pórtico conoce a varios personajes que comparten con él sus miedos y esperanzas. En especial Clara, su instructora, con quien se relaciona y terminan enamorándose. Con ella realiza su primer viaje junto a un trió de homosexuales, viaje que resulta en una decepción que provoca que uno de los miembros del trió pierda la cabeza y deba hacer el viaje de regreso atado. Clara y Bob parecen llegar al punto de aceptarse uno al otro, pero Bob es un individuo difícil e imprevisible; en un episodio de celos, la golpea salvajemente. Lleno de remordimiento posteriormente la buscara y ella habrá dejado la estación espacial. Para pensar a solas Bob emprende su segundo viaje en solitario, llegando a un destino imprevisto pero igualmente decepcionante, en un arrebato de furia avería la nave y la vuelve inservible. Para su fortuna ha llegado a un emplazamiento humano y puede tomar una nave de regreso a Pórtico meses después. Ante su sorpresa en lugar de cobrarle los daños de su nave, se entera que debido a este accidente se ha descubierto una forma de hacer los viajes más rápidos. De esta forma se organiza un viaje con la única finalidad de comprobar este descubrimiento, el viaje más feliz de todos, lo describiría Bob, porque cada uno de los diez miembros de la expedición tenía garantizada una jugosa recompensa, únicamente con regresar con vida. Adicionalmente para esta expedición regresa Clara, quien lo ha perdonado.
La expedición llega a su objetivo, el cual resulta ser un agujero negro, ambas naves quedan atrapadas en la inmensa gravedad.
Bob logra regresar a Pórtico y obtener toda la recompensa para el mismo, pero con el costo de haber abandonado a todos sus compañeros y la mujer que amaba atrapados en el horizonte de eventos del agujero negro, congelados en una caída infinita, maldiciéndole por siempre. Esta revelación que se da durante las sesiones de terapia con Sigfrid representa el giro definitivo en la historia, pues por fin el lector puede comprender su verdadera esencia y el dolor inmenso que lo aqueja; uno acaba compadeciéndolo.
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