
El pequeño Volkswagen sedan viaja por la maltrecha y solitaria carretera.
― Ya vamos a llegar, ten a la vista el niño. ― le indica el conductor a su mujer.
Ella carga con delicadeza el pequeño bulto envuelto en cobijas que descansa en el asiento trasero.
― Nene, despierta cielo, nene.
El automóvil se detiene a pocos metros del puesto militar. Un soldado con mascarilla antigases permanece frente a la barrera.
―Buenos días señor. ― dice el conductor saliendo de su vehículo. ― ¿Podría dejarnos pasar? Tenemos un salvoconducto.
Una fuerte ráfaga de viento levanta nubes de polvo; casi arranca de su mano el papel que sostiene. El soldado dice algo, pero por el vendaval no se alcanza a oír.
― ¿Cómo dijo? ― El hombre se acerca a la barrera.
― Den vuelta y regresen por donde venían. ― Repite el soldado glacialmente.
― Espere, traemos un papel, esta firmado por...
― No hay salvoconductos.
― Oiga, necesitamos salir, no vamos muy lejos, solo hasta...
― Nadie puede salir, hasta que el experimento concluya.
― Quiero hablar con su jefe superior.
― Regrese ahora.
― Usted no entiende.
El soldado corta cartucho de su rifle.
― Esta bien, esta bien. ― el hombre regresa ; del automóvil surge el fuerte llanto del bebe.
― ¿Escucha? Tenemos un niño enfermo, por eso tenemos que ir, déjenos pasar, por favor.
El soldado alza amenazadoramente el rifle.
― Bueno, bueno, ya nos vamos.
El Volkswagen da la vuelta y regresa por el camino polvoriento, rodeado de arboles muertos.
― Te dije que tuvieras a la vista al niño antes de llegar. ¿Por qué nunca me haces caso?
La mujer se ocupa de consolar al bebe, que sigue llorando.
― Pásame el tooper-ware, por favor. ― Pide ella mientras arrulla a la criatura en sus brazos. El hombre estira su mano derecha al asiento trasero sin desviar la vista del camino, tanteando encuentra el envase y se lo da a su mujer.
Ella lo abre y saca con los dedos pedazos de carne cruda cortada en cubitos.
― A ver mi nene, a comer.
El niño se tranquiliza luego que a devorado su almuerzo.
― Ya vamos a llegar, ten a la vista el niño. ― le indica el conductor a su mujer.
Ella carga con delicadeza el pequeño bulto envuelto en cobijas que descansa en el asiento trasero.
― Nene, despierta cielo, nene.
El automóvil se detiene a pocos metros del puesto militar. Un soldado con mascarilla antigases permanece frente a la barrera.
―Buenos días señor. ― dice el conductor saliendo de su vehículo. ― ¿Podría dejarnos pasar? Tenemos un salvoconducto.
Una fuerte ráfaga de viento levanta nubes de polvo; casi arranca de su mano el papel que sostiene. El soldado dice algo, pero por el vendaval no se alcanza a oír.
― ¿Cómo dijo? ― El hombre se acerca a la barrera.
― Den vuelta y regresen por donde venían. ― Repite el soldado glacialmente.
― Espere, traemos un papel, esta firmado por...
― No hay salvoconductos.
― Oiga, necesitamos salir, no vamos muy lejos, solo hasta...
― Nadie puede salir, hasta que el experimento concluya.
― Quiero hablar con su jefe superior.
― Regrese ahora.
― Usted no entiende.
El soldado corta cartucho de su rifle.
― Esta bien, esta bien. ― el hombre regresa ; del automóvil surge el fuerte llanto del bebe.
― ¿Escucha? Tenemos un niño enfermo, por eso tenemos que ir, déjenos pasar, por favor.
El soldado alza amenazadoramente el rifle.
― Bueno, bueno, ya nos vamos.
El Volkswagen da la vuelta y regresa por el camino polvoriento, rodeado de arboles muertos.
― Te dije que tuvieras a la vista al niño antes de llegar. ¿Por qué nunca me haces caso?
La mujer se ocupa de consolar al bebe, que sigue llorando.
― Pásame el tooper-ware, por favor. ― Pide ella mientras arrulla a la criatura en sus brazos. El hombre estira su mano derecha al asiento trasero sin desviar la vista del camino, tanteando encuentra el envase y se lo da a su mujer.
Ella lo abre y saca con los dedos pedazos de carne cruda cortada en cubitos.
― A ver mi nene, a comer.
El niño se tranquiliza luego que a devorado su almuerzo.
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