
El escritor muy joven, deseoso de mostrar el logro de un cuento o poema recurre a sus padres, amigos o maestros para que lo lean y le brinden una opinión.
Alguno de ellos después de leer el texto y decir que le gusta pero no le entiende (formula de probada efectividad para no comprometerse con una opinión), le dirá al aspirante a escritor: “Deberías ir a un taller”.
Es muy probable que el primer pensamiento del joven sea: ¿Qué tienen que ver los automóviles con lo que escribo?
Admitamos que la acepción mas comúnmente aceptada de la palabra taller, la cual se refiere a un establecimiento donde se fabrican o reparan bienes de consumo, hace que resulte un tanto excéntrico referirse con ella también al lugar donde se aprende a escribir.
Taller también es una técnica pedagógica que combina la teoría y la practica en el proceso de enseñanza-aprendizaje; esta es la acepción de la palabra a la que nos referíamos, pero más aún me gustaría referirme a una tercera que es el origen de las dos primeras.
Los talleres de oficios tienen su origen en la edad media, con el surgimiento de la burguesía: habitantes de las ciudades o burgos.
Cada uno de estos era dirigido por un maestro, el cual no solo era el dueño del taller, era la persona con mas experiencia o dominio de la técnica, además de dirigir la producción se encargaba del adiestramiento de los aprendices, los cuales llegaban al taller con la intención de aprender el oficio al cual se dedicarían probablemente durante el resto de su vida. Además de maestro y aprendices estaban los oficiales, los cuales habían terminado su adiestramiento como aprendices y laboraban con la perspectiva de convertirse en maestros, ya sea independizándose en su propio taller o heredando el de su maestro.
El conjunto de los distintos talleres se constituía en un gremio.
Creo que un taller literario debe acercarse conceptualmente más a un taller de oficios que a un taller como método pedagógico: Una sociedad de beneficio mutuo entre el maestro y sus alumnos-aprendices; enfocada no solamente a la enseñanza y la práctica de la escritura, también como el crisol de los proyectos literarios, tanto personales como colectivos, de los miembros; como resultado se obtienen obras, se realizan proyectos, se adiestran nuevos escritores y en un mediano plazo surgen nuevos maestros.
Esta es una definición un tanto ambiciosa para la gran mayoría de los talleres literarios que he conocido.
Tuve mi primer taller de creación literaria a principios de 1994 en la Casa de la Cultura de Azcapotzalco, coordinado por Enrique Medina. En ese entonces tenía algunos años de practicar la escritura en solitario, únicamente auxiliado de los libros y manuales de escritura y redacción (Tema que tratare en otra ocasión) Así que integrarme al taller de Enrique no me resulto demasiado complicado.
El enfoque sobre la escritura de Enrique era estructuralista, se analizaban los textos elemento por elemento, desde el titulo hasta el desenlace.
Estuve en el taller de Enrique por un año y obtuve la amistad de Enrique y los demás miembros del taller; hace tiempo que perdí contacto con ellos.
El siguiente taller en el que participe, desde marzo de 1996, fue para mi “El Taller”; en la casa de la primera imprenta de América, coordinado por el maestro Arturo Arredondo.
El método de Arturo merece un articulo por si mismo, pero puedo decir que consiste en estimular al alumno a escribir, brindándole las herramientas esenciales para desarrollar una historia, dirigiéndolo con sugerencias consecuentes con el nivel de habilidad del alumno y una critica mesurada, generosa y justa.
El taller de la primera imprenta tuvo una larga duración, una gran cantidad de participantes; de el surgieron tantas obras memorables; se hicieron proyectos y se obtuvieron reconocimientos. Es el caso que más se acerca al ideal de un taller que trasciende más allá de un curso o programa y dirigirse a la constitución de un colectivo literario.
Hasta el día de hoy, a trece años de haberme acercado al taller de Arturo, sigo siendo miembro; por supuesto el taller ha sufrido diversas trasformaciones, rompimientos y reconstituciones.
En 1998 conocí el taller de Ciencia Ficción de la AMCYF (Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía) Impartido en las instalaciones de la escuela de escritores de la SOGEM. Sus miembros mas emblemáticos: Francisco Espinoza, Amariel y Jorge Sánchez Quintero; quienes eran coordinados por Héctor Chavarría (perdón, pero en lo personal no puedo considerar a Héctor como maestro, difícilmente recuerdo algún consejo útil de su parte, y cuando me he cruzado con él ya no me recuerda) Después se integrarían Martin Fragoso y Ángel Zúñiga, además asistían Kaleeb y Gustavo los cuales nunca escribieron, y algún otro miembro ocasional del cual he olvidado su nombre. ¿Por qué hablo de los miembros del taller y no de maestros? Porque Héctor nos abandono pronto, Gonzalo Marte durante un breve tiempo nos coordino y dejamos de buscar maestros después de la mala experiencia que nos dejo Jorge Cubria. Durante dos o tres años fuimos un taller autogestivo, independiente y combativo, en el cual analizamos y criticamos objetiva y perspicazmente nuestros trabajos. Entonces empecé a conocer a la comunidad de escritores de Ciencia Ficción Mexicana con sus virtudes y defectos.
Durante algunos meses tuve la fortuna de tomar el curso de literatura de géneros que impartía Pepe Rojo. No diré que fue un taller, pues la teoría siempre fue mayor que la practica, ni se estableció una fuerte relación maestro-alumno, pero la experiencia fue abrumadora: cambio mis concepciones acerca de lo que la literatura fantástica es; me brindo elementos y recursos que aún hoy no he llegado a utilizar totalmente.
De otros talleres a los que he asistido y que debería mencionar para hacer a esta enumeración completa, prefiero no hablar; únicamente mencionare el taller de Jaime Ortiz que realizaba en una cafetería de la colonia Narvarte porque durante un tiempo fue mi único contacto con la literatura; también porque fue uno de los varios talleres derivados del Taller de la Casa de la Primera Imprenta.
Jaime, Sergio Vicario, Enrique Escalona, Guadalupe Bucio, Esteban Raymundo y por un breve periodo su servidor, hemos coordinado talleres de creación literaria, como oficiales convertidos en maestros hemos salido en búsqueda de aprendices del oficio que amamos y que probablemente ejerceremos el resto de nuestras vidas.
Alguno de ellos después de leer el texto y decir que le gusta pero no le entiende (formula de probada efectividad para no comprometerse con una opinión), le dirá al aspirante a escritor: “Deberías ir a un taller”.
Es muy probable que el primer pensamiento del joven sea: ¿Qué tienen que ver los automóviles con lo que escribo?
Admitamos que la acepción mas comúnmente aceptada de la palabra taller, la cual se refiere a un establecimiento donde se fabrican o reparan bienes de consumo, hace que resulte un tanto excéntrico referirse con ella también al lugar donde se aprende a escribir.
Taller también es una técnica pedagógica que combina la teoría y la practica en el proceso de enseñanza-aprendizaje; esta es la acepción de la palabra a la que nos referíamos, pero más aún me gustaría referirme a una tercera que es el origen de las dos primeras.
Los talleres de oficios tienen su origen en la edad media, con el surgimiento de la burguesía: habitantes de las ciudades o burgos.
Cada uno de estos era dirigido por un maestro, el cual no solo era el dueño del taller, era la persona con mas experiencia o dominio de la técnica, además de dirigir la producción se encargaba del adiestramiento de los aprendices, los cuales llegaban al taller con la intención de aprender el oficio al cual se dedicarían probablemente durante el resto de su vida. Además de maestro y aprendices estaban los oficiales, los cuales habían terminado su adiestramiento como aprendices y laboraban con la perspectiva de convertirse en maestros, ya sea independizándose en su propio taller o heredando el de su maestro.
El conjunto de los distintos talleres se constituía en un gremio.
Creo que un taller literario debe acercarse conceptualmente más a un taller de oficios que a un taller como método pedagógico: Una sociedad de beneficio mutuo entre el maestro y sus alumnos-aprendices; enfocada no solamente a la enseñanza y la práctica de la escritura, también como el crisol de los proyectos literarios, tanto personales como colectivos, de los miembros; como resultado se obtienen obras, se realizan proyectos, se adiestran nuevos escritores y en un mediano plazo surgen nuevos maestros.
Esta es una definición un tanto ambiciosa para la gran mayoría de los talleres literarios que he conocido.
Tuve mi primer taller de creación literaria a principios de 1994 en la Casa de la Cultura de Azcapotzalco, coordinado por Enrique Medina. En ese entonces tenía algunos años de practicar la escritura en solitario, únicamente auxiliado de los libros y manuales de escritura y redacción (Tema que tratare en otra ocasión) Así que integrarme al taller de Enrique no me resulto demasiado complicado.
El enfoque sobre la escritura de Enrique era estructuralista, se analizaban los textos elemento por elemento, desde el titulo hasta el desenlace.
Estuve en el taller de Enrique por un año y obtuve la amistad de Enrique y los demás miembros del taller; hace tiempo que perdí contacto con ellos.
El siguiente taller en el que participe, desde marzo de 1996, fue para mi “El Taller”; en la casa de la primera imprenta de América, coordinado por el maestro Arturo Arredondo.
El método de Arturo merece un articulo por si mismo, pero puedo decir que consiste en estimular al alumno a escribir, brindándole las herramientas esenciales para desarrollar una historia, dirigiéndolo con sugerencias consecuentes con el nivel de habilidad del alumno y una critica mesurada, generosa y justa.
El taller de la primera imprenta tuvo una larga duración, una gran cantidad de participantes; de el surgieron tantas obras memorables; se hicieron proyectos y se obtuvieron reconocimientos. Es el caso que más se acerca al ideal de un taller que trasciende más allá de un curso o programa y dirigirse a la constitución de un colectivo literario.
Hasta el día de hoy, a trece años de haberme acercado al taller de Arturo, sigo siendo miembro; por supuesto el taller ha sufrido diversas trasformaciones, rompimientos y reconstituciones.
En 1998 conocí el taller de Ciencia Ficción de la AMCYF (Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía) Impartido en las instalaciones de la escuela de escritores de la SOGEM. Sus miembros mas emblemáticos: Francisco Espinoza, Amariel y Jorge Sánchez Quintero; quienes eran coordinados por Héctor Chavarría (perdón, pero en lo personal no puedo considerar a Héctor como maestro, difícilmente recuerdo algún consejo útil de su parte, y cuando me he cruzado con él ya no me recuerda) Después se integrarían Martin Fragoso y Ángel Zúñiga, además asistían Kaleeb y Gustavo los cuales nunca escribieron, y algún otro miembro ocasional del cual he olvidado su nombre. ¿Por qué hablo de los miembros del taller y no de maestros? Porque Héctor nos abandono pronto, Gonzalo Marte durante un breve tiempo nos coordino y dejamos de buscar maestros después de la mala experiencia que nos dejo Jorge Cubria. Durante dos o tres años fuimos un taller autogestivo, independiente y combativo, en el cual analizamos y criticamos objetiva y perspicazmente nuestros trabajos. Entonces empecé a conocer a la comunidad de escritores de Ciencia Ficción Mexicana con sus virtudes y defectos.
Durante algunos meses tuve la fortuna de tomar el curso de literatura de géneros que impartía Pepe Rojo. No diré que fue un taller, pues la teoría siempre fue mayor que la practica, ni se estableció una fuerte relación maestro-alumno, pero la experiencia fue abrumadora: cambio mis concepciones acerca de lo que la literatura fantástica es; me brindo elementos y recursos que aún hoy no he llegado a utilizar totalmente.
De otros talleres a los que he asistido y que debería mencionar para hacer a esta enumeración completa, prefiero no hablar; únicamente mencionare el taller de Jaime Ortiz que realizaba en una cafetería de la colonia Narvarte porque durante un tiempo fue mi único contacto con la literatura; también porque fue uno de los varios talleres derivados del Taller de la Casa de la Primera Imprenta.
Jaime, Sergio Vicario, Enrique Escalona, Guadalupe Bucio, Esteban Raymundo y por un breve periodo su servidor, hemos coordinado talleres de creación literaria, como oficiales convertidos en maestros hemos salido en búsqueda de aprendices del oficio que amamos y que probablemente ejerceremos el resto de nuestras vidas.
Comentarios
Lo primerito que tuve que aprender fue ¡ortografía! H. Pascal me preguntaba la razón por la que nunca usaba ecentos. Martré me corrigió una historia titulada "¡Ya nada nos detiene!" La corrigió con tinta roja, lo cual hace más evidentes mis "horrores" ortográficos. Aún conservo el texto corregido. El mismo Martré me dijo que aprendiera a escribir correctamente. Ja. Todo esto lo recuerdo no sin cierto sonrojo.
Pero son buenos recuerdos... :-)