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BIBLIOFILO


Después de pasarme toda la tarde buscándola, encuentro la librería de viejo que tanto me han recomendado, esta en un ruinoso edificio de una calle perdida del centro.
Es como las otras librerías de su tipo que conozco, con altos anaqueles de madera, y letreros de cartón, en ellos hay innumerables libros clasificados por su temática: Historia de México, Pedagogía, Esoterismo, y muchos otros más.
Reviso los títulos, muchos ya los he visto en otras librerías; hay grandes pilas de libros que a pesar de tener un precio ridículo, evidentemente nadie compra.
De las invaluables joyas de libros que me aseguraron encontraría aquí, no hay el menor rastro, decepcionado regreso sobre mis pasos.
Afuera a empezado a llover, me quedo parado frente a la puerta, y en pocos minutos la llovizna se convierte en tromba, se empieza a inundar la calle. Sigo allí parado, aspirando la bruma que se levanta con la lluvia y viendo como las gárgolas de los edificios lanzan chorros de agua hasta la mitad de la banqueta.
El encargado del lugar, que sentado frente a una mesa toma café, no ha dejado de verme, nada raro, pues no hay otros clientes. Es viejo y arrugado, con barba y cabellos blancos, con un ligero toque de amarillo, como el de los libros antiguos.
La mesa, que al principio pensé que estaba hecha de troncos de madera, al mirarla mejor veo que es de rollos de periódico con resina, muy semejante a la madera natural.
Me acerco para comentarle. ― Una vez vi en un programa de televisión a un hombre que
construyó su casa y sus muebles con periódicos, nunca había visto algo semejante.
―Yo también lo vi. ―dijo el viejo, ― de allí se me ocurrió la idea de hacer la mesa, la silla, y otras cosas.
Permanecemos en silencio un rato, y no deja de mirarme, hace que me sienta incomodo, prosigo la conversación.
― ¿Como va el negocio?.
―Pues tiene sus altas y sus bajas, ahora no viene casi nadie, pero cuando empiezan las clases en las escuelas esto suele estar lleno.
El aire frío y húmedo de la calle entra por la puerta, por un momento me hace estremecerme.
― ¿Gusta una taza de café? ― Me ofrece el encargado.
― No se moleste.
Sirve una taza a pesar de mi negativa, me la ofrece, yo la tomo, mas bien por cortesía.
¡El café esta espantoso!, tiene un saborcito como a engrudo, además huele a viejo, después de tomar un sorbo lo dejo discretamente en la mesa.
― ¿Buscaba algún título en especial?- Me pregunta.
―¿ Acaso tendrá “Tratado de almas viajeras”, de Miguel Mejía Molina?
Ese libro es la referencia más extraña y oscura con la que me he topado, un libro que en 1958 un autor citaba, y lo calificaba como una obra valiosa y difícil de encontrar.
― No, no tengo ese título, pero tengo dos libros del mismo autor.
― ¿ Dos libros de Miguel Mejía Molina ?, no creí que hubiera otros escritos de él.
― Son reimpresiones de los años sesenta, “Las virtudes del espíritu” y una colección de poemas. Lo que esta diciendo es que hay dos obras prácticamente desconocidas de un genio incomprendido en su tiempo, con una visión abrumadora del hombre y de la sociedad.
― ¿Podría verlos?
― Como no, será un placer. Se levanta cojeando rumbo al fondo de la librería, camina tal como si la pierna izquierda fuera más corta que la derecha, puedo ver como las ropas le cuelgan del cuerpo, un cuerpo que uno puede imaginarse seco y frágil.
Empuja uno de los anaqueles, descubre una puerta que lleva a una sección oculta de la librería, es igual a la anterior, pero aquí impera el desorden.
Seguimos a través de pasillos laberínticos, llegamos a una escalera por la cual subimos al segundo piso, repleto de libros en cajas de cartón, una sobre otra.
El viejo se estira para alcanzar los libros sobre una pila, bajo su manga se ven momentáneamente unas manchas que le llegan hasta la muñeca.
― Están aquí. ― Me dice después de tomarlos, me los da.
Los reviso. Amarillentos, con pastas de cartón y papel de mala calidad, parecen ediciones clandestinas, pues no tienen ningún sello editorial, pero aún así, creo que son auténticos.
― Se ven muy viejos ¿verdad?- le comento, pensando en regatear el precio.
― ¿ Sabía usted , ― me dice muy serio ―, que los libros viejos nunca mueren?, aún cuando las hojas se vayan deshaciendo, secándose lentamente hasta convertirse en polvo.
No sé a que viene ese comentario, pero hace que me dé cuenta que el ambiente esta lleno de polvo que me irrita la garganta y la nariz.
El viejo seca el sudor de su frente con la manga de la camisa, así puedo ver nuevamente las manchas de su brazo.
― Tiene tatuajes. le comento tratando de relajar el ambiente que se ha vuelto tan opresivo.
― ¿ Esto ? ― Pregunta alzándose las mangas, ― me salieron solas.
Sé que eso es un chiste, pero miro las manchas con más atención, y veo que son letras, palabras, párrafos escritos en su arrugada piel con tipos de imprenta.
― ¡ Oiga !, se a puesto pálido, blanco como una hoja sin escribir. ―Me dice.
― ¿ Cuánto le debo? El hombre hace cuentas mentales y contesta.
― Son veinte por cada uno.
Le pago con un billete de cincuenta, él me regresa uno de diez, tan arrugado como el mismo. Me dirijo a la salida y me sorprendo al ver al viejo seguirme al paso, casi voy corriendo.
― Si regresa en una semana o quince días quizá le tenga el libro que busca.
Me dice cuando salgo a la calle, a pesar de que aún esta lloviendo, y de que me voy a empapar.
― Se fue. ― Murmura parado en la puerta, mirándome correr bajo el aguacero, y cubriendo bajo mi saco los libros mientras salto los charcos de la calle.
Voltea hacia la azotea del edificio de enfrente y agrega con una voz cada ves más débil al tiempo que se estremece.
― El tan sólo pensar en mojarme hace que me sienta enfermo. Regresa a su silla. De un cajón saca dos frascos, uno tiene café instantáneo, vacía dos cucharada en su taza, del otro toma una cucharada, es papel en polvo de algún libro que terminó por desintegrarse. Los mezcla y agrega agua caliente. Bebe se café mientras lee uno de los innumerables libros que siempre tendrá a su disposición.

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