domingo, 30 de agosto de 2015

LA MANZANA DORADA


Exactamente a veinticinco años de separarse, se reúnen los egresados de la generación 80-83 de la secundaría técnica numero 31.  Ese último día de clases se hizo la apuesta: En la reunión acordada para Junio de 2008 cada uno de los firmantes se comprometía a aportar un millón de pesos y aquel que demostrara haber logrado la mayor fortuna sería el acreedor de la bolsa.
Veinte firmaron, comprometiéndose a reunirse el día citado; a la media noche del día treinta, solo cuatro se presentaron en el salón de un hotel reservado para tal ocasión.
Por acuerdo de los asistentes se ajustó la cantidad para apostar en cien mil pesos. Así que en la pecera que colocaron sobre la mesa hay la cantidad de cuatrocientos mil pesos.
―Nadie más va a venir. ― Dice Javier mirando a su reloj de oro. ― Empecemos.
A la mesa están Javier, Oscar, Sergio y Carlos; en ese orden hablaran de sus meritos para merecer el premio.
― Bien, después de que salí de la secundaria estudie dos semestres en la preparatoria; pero la deje para empezar a trabajar para el S.N.T.D.R.M.  Ahora soy sub-secretario de acción política y presidente regional del Partido Conveniencia Nacional;  Fui diputado local en la pasada legislatura y estoy en precampaña para la diputación federal.
Lo que Javier no menciona es que durante años se dedico a extorsionar empresas con emplazamientos a huelga del Sindicato de Trabajadoras Domesticas de la República Mexicana, agrupación en la cual escalo posiciones como naufrago: agarrado con las uñas y pateando a su alrededor.
― Pues yo estudie la carrera de Derecho ― Prosigue Oscar. ― Pertenezco a un prestigioso Buffet de abogados, del cual me he propuesto ser socio.  Tengo cinco casas, he viajado por el mundo y creo sin dudas que soy el más  acaudalado de los cuatro.
Por supuesto Oscar evita decir que desde que estudiaba en la facultad se dedica a la distribución de drogas en pequeña escala, que ha estado dos veces bajo arresto y que ha salido gracias a costosos sobornos; que le han cancelado su visa para viajar a los Estados Unidos y que los socios de su buffet son tanto o más corruptos que él.
― En cambio yo he sido un empresario exitoso. ― Dice Sergio en su turno. ― He tenido numerosos negocios que me han dado una considerable fortuna; además a todas las mujeres las traigo muertas, y  mi esposa es de una de las familias más ricas de México.
Debe aclararse que la actual fortuna de Sergio le pertenece a su esposa y que los negocios que emprendió en su momento se fueron a la quiebra cuando sus clientes y proveedores fueron conociendo su tendencia a endeudarse y no pagar sus obligaciones.
Por último le toca su turno a Carlos:
― Pues yo soy contador y he trabajado  por casi quince años en una empresa de comercio exterior. Hice mi patrimonio con trabajo duro, ahorro y alejado de los vicios.
― Oye, ¿No acaso saliste de la cárcel apenas?  ― Le interrumpe Oscar en tono burlón.
― Sí, a eso iba. Me acusaron por fraude y pase dos años en el reclusorio norte; pero me acusaron injustamente.
― Eso dicen todos. ― Murmura Sergio provocando la sonrisa de los otros.
― Bueno, como decía, estuve en la cárcel dos años y en ese tiempo perdí casi todo el dinero que tenía, en abogados y en los pagos sin fin dentro del reclusorio, no sé si lo saben, pero es un infierno allá adentro y es mucho peor si no tienes dinero para las cosas más elementales, como el papel higiénico ¿Se lo imaginan?
Con voz fanfarrona Javier declara:
― Entonces estamos de acuerdo en quien es el primer eliminado ¿Verdad? 
― Esperen aún no termino, ― replica Carlos; una sonrisa se dibuja en su rostro. ― Estoy seguro que les interesara el resto de la historia.
Sobre la mesa Carlos pone una manzana dorada: una pieza de joyería de aproximadamente diez centímetros de diámetro, chapada en oro, con dos hojas incrustadas en brillantes.
― En el reclusorio conocí a un reo, que a pesar de su apariencia sencilla disfrutaba de algunas comodidades que unos cuantos podían pagar: Una celda para el solo, muebles, comida decente, dos o tres reos que le hacían encargos y cosas por el estilo.
Hice amistad con él porque prefería conversar con quienes no éramos auténticos criminales.  Después de algún tiempo me confió su secreto: Pertenecía a la sociedad de la Manzana Dorada, por eso gozaba de tantos privilegios, porque la sociedad se encargaba de que nada le faltara mientras se encontrara recluido.
Esta es una sociedad, la cual ayuda a sus miembros en la forma en la que lo necesite, a cambio  cada uno de ellos debe hacer un sacrificio cuando así le sea solicitado por la sociedad.
― ¿En serio? ― Pregunta Oscar socarrón. ― ¿Entonces porque estaba en la cárcel? ¿Qué acaso su sociedad secreta no podía pagar por que lo sacaran?
― Justamente, él estaba allí porque así se lo pidió la sociedad; fue culpado en el lugar de otro miembro, el acepto porque ese era el sacrificio que se le exigió, y de buena gana lo asumió. Pero iba diciendo: después de que me conoció bien y de enterarse de la injusticia que se cometió conmigo, me dio una manzana de oro como esta, igual a la que le ofrecieron las diosas griegas a Paris de Troya.  Así me convertí en miembro de la sociedad de la manzana dorada; en cuestión de días pude salir del reclusorio, ahora el verdadero responsable del fraude ocupa mi lugar.  Yo no tengo una gran fortuna en lo personal, pero con la ayuda de la sociedad puedo obtener lo que sea y en su momento haré el sacrificio que se me pida. Pero mientras tanto, traje esta manzana conmigo para dársela a uno de ustedes, él que más la necesite.
― ¡Ay no mames! ―Exclama Javier divertido. ― ¿A poco crees que vamos a creer esas pendejadas?
― Si no crees, entonces no puedes ser miembro.
Carlos se cruza de brazos y permanece en silencio, mirando a Javier. Incómodos, Oscar y Sergio se miran entre si, después voltean a mirar a Javier, sin decir palabra.
― ¿Qué? ¿A poco quieren que me vaya?
Ninguno pronuncia palabra; Carlos mantiene su vista fija y los brazos cruzados.
― Conque sí, ¿eh? Entonces me llevo mi dinero.
― La apuesta sigue en pie. ― Replica Oscar.
― Esta bien, pueden quedárselo. ― El rostro de Javier se descompone por la humillación. ― Pueden quedarse con sus pendejadas. ― Javier sale del salón y azota la puerta tras de él.
― Entonces quedamos nosotros dos. ― Dice Sergio acomodándose en su sillón.
― Deberías darme la manzana Carlos. ― De improviso dice Oscar sin ocultar su codicia. ― Yo soy el que necesita más ayuda, mi profesión es muy peligrosa y tu sociedad seguramente me podrá proteger.
― No, Carlitos, escógeme. ― Suplica Sergio.  ― Te juro que haré todo lo que me pidan.
― ¿Pero que tanto la necesitas?
― Yo la necesito más. ― Interrumpe Oscar. ― Hay gente que me quiere hacer daño.
― A mí también, tengo un montón de enemigos.
― Pueden llegar a matarme, o hacerme algo peor.
― Me han amenazado.
― Vamos, Carlos, sabes que yo la necesito más, estoy hasta el cuello de problemas que no puedo resolver, la gente con la que trato no tienen nada de paciencia y en cualquier momento me pueden caer encima, no seas gacho.
― Espera, me hace mucho más falta, en realidad yo no tengo nada, el dinero es de mi vieja, y ya se harto, me va a pedir el divorcio; me va a echar a la calle sin nada. Por favor, no vas a dejarme así, ¿verdad?
― Es tan difícil escoger que voy a dejarlo a la suerte. ― Carlos saca una moneda y la lanza al aire.
― ¡Águila! ― Grita Oscar.
― ¡Sol! ― Exclama Sergio al ver la moneda sobre la palma de Carlos. ― ¡Sí, a huevo!
― Entonces la manzana dorada es para ti Sergio.
Oscar se levanta de su sillón al tiempo que Sergio toma la manzana entre sus manos.
― Felicidades, a los dos, creo que eso es todo, ¿verdad?
― ¿Sin resentimientos? ― Pregunta Carlos.
― Por supuesto. ― Oscar sonríe al decir: ― Después de todo estoy seguro que seré miembro de su sociedad, ahora que sé que existe, la próxima vez.
Se despiden y sale del Salón dejando a Carlos y Sergio solos.
― ¿Entonces que cosa sigue? ― Pregunta Sergio, mirando alternadamente a Carlos y su propio reflejo en la superficie de la manzana.
Carlos abre su portafolio; en él mete los billetes de la pecera.

― Paciencia, discípulo, paciencia, todo a su debido tiempo.

sábado, 4 de julio de 2015

UNA MISION DE RUTINA

La máquina procesadora de alimento escupió por la boquilla una pasta blanca dentro del plato. Aron introduce un dedo en la masa y se la lleva a la boca: puré de papa. 
Se sienta a la mesa, abre la panera donde hay dos pedazos, mastica la punta de uno para comprobar su frescura. Come con insatisfacción, al final pone el plato en el lavatrastos.
Se presenta en el puente; se cuadra y recita el saludo oficial.
― Reportándome, listo para el servicio.
La capitana  Gilda Moreau voltea a verlo alzando la ceja y responde:
― Descanse teniente.
Aron se sienta frente a la consola de mando y empieza la revisión rutinaria de los sistemas.
― Todos los sistemas funcionando.―  Dice aron en tono solemne.
― ¿Alguna novedad que reportar?  ― Pregunta Gilda con cierto fastidio; se restriega los
ojos, no ha dormido en toda la noche.
― El procesador de alimentos está fallando, solo sirve puré de papa; lo revisare en la tarde, señora.
Gilda lanza un profundo suspiro.
― Mientras este en reparación desempaca raciones de la alacena.
― Entendido señora.
― Me voy a mi camarote, pero antes veamos a nuestro pasajero.
En la pantalla frontal aparece el camarote: en medio de la habitación, inmóvil está el Ird, un ser que semeja una lechuza del tamaño de un hombre. Cubierto con pelaje blanco, su boca de carnívoro esta elegantemente oculta bajo un pico corneo igualmente blanco, sin nariz u oídos visibles, sus pequeños ojos negros están ubicados en el rostro más abajo y separados que en un ser humano. Toda la amplia frente es ocupada por una placa de forma oval oscura, semejante a la caoba pulida. Su cabeza esta rematada con dos crestas a cada lado, lo que le da un aspecto triangular al rostro.
Después de medio minuto aron desconecta la pantalla.
―  Aun me perturba verlo, señora. Dice Aron; se da cuenta que por reflejo ha estado frotando su herida en el hombro izquierdo; baja el brazo y recobra la compostura.                              
― No te preocupes, no puede atravesar la pantalla. Responde Gilda con sorna; dicho esto sale del puente.

Aron está acostumbrado al tedio de una cabina solitaria, sin embargo las horas trascurren con inusitada lentitud. Solo dos tripulantes han sido asignados a la nave exploradora Ballesta de la tercera flota humana; su misión es trasladar  hasta la tierra tecnología y a un miembro de la raza Irda, recién descubierta, con quienes hubo un repentino y fugaz conflicto.
Viajando por el hiperespacio con piloto automático la única labor en el puente es la periódica revisión de sistemas, rara vez surge un problema que requiera atención.
Impulsado por el aburrimiento reproduce el video del ataque de los Irda a la fragata Lumina.  La grabación abre con la imagen de la pantalla del crucero Orinoco: Se ven las naves de asalto adosadas al casco de la Lumina; en el audio se escucha a los tripulantes luchando por mantener el control de la nave. Cazas aparecen y atacan a la Orinoco,  Los disparos hacen blanco y en la pantalla se ven los proyectiles que responden al ataque. La voz del capitán de la Lumina advierte que detonara los motores. En un caos de imágenes se ve como la Orinoco retrocede; los cazas la persiguen y la Lumina se reduce a un punto entre las estrellas, después destella con una cegadora luz blanca.
 ― Uno no se cansa de volverlo a ver ¿verdad?   Dice Gilda; Aron se sobresalta al percatarse que esta parada atrás de su asiento.
― Tenía amigos en la Lumina, señora.  Replica Aron apagando el video
― Nosotros llegamos una semana después, no presencie ninguna batalla.
― No se lo deseo a nadie, señora; un proyectil pego en el compartimiento de al lado. Las esquirlas atravesaron la mampara y perdimos presión.
A la mente de aron acuden recuerdos angustiosos: La oscuridad, un cuarto lleno de humo, las luces de emergencia; correr hacia la escotilla cuando esta se empieza a cerrar.
―¿Saliste herido?
Aron señala su hombro.
― Ve a estirar las piernas.  Le dice Gilda sentandose frente a los controles.  Antes de retirarse Aron pregunta.
― ¿Qué fue lo que salió tan mal con ellos? Se decía que no eran tan distintos a nosotros, que se podía confiar en ellos.
 ―Es su naturaleza, son cazadores, no los conocemos lo suficiente todavía.
Gilda conecta la pantalla con la imagen del Ird, sentado en el piso, mirando su garra de cuatro dedos.
― ¿Vez la placa de su frente? Es algún tipo de órgano sensorial, con el se comunican entre si, con un tipo de telepatía. Para contactarlos se utilizaron los traductores universales, que también funcionan con telepatía. Se teme que por ese medio ejerzan algún tipo de control mental. Por eso solo somos dos en la nave, somos pocos blancos para que intente controlarnos y entre ambos podemos detectar cualquier comportamiento extraño.

Nuevamente frente al tablero de control Gilda retoma el problema que le ha inquietado. En la pantalla aparece el rendimiento de los motores, el cual debe ser constante a la velocidad de crucero a la que viajan. Cuando el sensor principal dejo de funcionar empezó a trabajar el segundo sensor dio una lectura mayor, a los pocos segundos la lectura bajo al valor normal. Después de intentar reparar el sensor principal Gilda conecto el segundo sensor, la lectura se elevó y regreso a normal. Varias veces repitió la operación y el resultado fue el mismo. Intenta con un tercer sensor: la primera lectura  indica 140% de potencia en los motores; la segunda lectura indica un normal 80%
Las posibilidades  de una falla en dos sensores independientes es muy baja, entonces la falla esta en otro sitio.
En ese momento Aron entra al puente; esta tan alterado que olvida el saludo ritual.
― Señora, el depósito de alimento esta vacío.

Juntos revisan los tanques de proteína sintética que alimentan el procesador de alimento: todos están vacíos. La única explicación es que la válvula de exterior se abrió y el contenido fue expulsado al espacio.
― Aún tenemos las raciones de la alacena. Trata Aron de encontrarle el lado positivo a la situación.
― Algo muy extraño está sucediendo ― replica Gilda mientras revisa la computadora ― aquí indica que los tanques están llenos. Esto puede ser muy grave. Quiero que desconectes manualmente las válvulas del aire y del agua, también las compuertas al exterior. Después haz una revisión de los niveles de los tanques.

La cerveza amarga se calienta sobre la mesa, de vez en cuando Gilda se acuerda de darle un sorbo y vuelve a sumergirse en su pensamiento. Aron llega al comedor.
― Siéntate. Le indica Gilda; toma otra botella y se la pasa; Aron toma agradecido un par de tragos antes de reportar:
― Las válvulas y compuertas están aseguradas. Los niveles de aire y agua son los normales.
― La situación es la siguiente. ― Gilda da otro trago a la cerveza antes de proseguir.  
― La computadora de la nave no responde a nuestras órdenes. La nave ha estado funcionando de forma automática haciéndonos creer que nos dirigimos a la tierra. De mi equipaje saque esta agenda, su cronometro esta entrelazado cuánticamente con el reloj del observatorio de ginebra; esta cinco días adelantado al cronometro de la nave.
― Deberíamos estar llegando a la tierra entonces. Señala Aron.
― Si viajáramos a la velocidad que indica la computadora; pero los motores han estado funcionando a sobre potencia. Los sensores así lo indican cuando se encienden pero de inmediato la computadora cambia las lecturas. Estamos más lejos que la tierra de nuestro punto de partida.
― ¿El Ird hizo esto? ¿Nos quieren emboscar?
― Él no lo ha hecho, su tecnología no es compatible con la nuestra; pero sin duda él es el motivo; Alguien no quiere que lo llevemos a la tierra.
― ¿Qué vamos a hacer?
― Tenemos que recuperar el control de la nave. Ya intente apagar la computadora, pero no me lo permite.
― Si apagamos la computadora los motores seguirán funcionando hasta que se agote la energía ¿verdad?
― Así es, sin alimentación los motores bajaron su rendimiento diez por ciento cada minuto, al ritmo que viajamos tendríamos entre diez y quince minutos antes de que el campo de hiperimpulso colapse y reingresemos al espacio normal, sin navegación ni alerta de proximidad, lo más probable es que caigamos en espacio vacío.
Una idea acaba de ocurrírsele a Aron.
― Entre el equipo de emergencia hay un paquete de respaldo para la computadora, si podemos borrar la memoria podría reiniciarla en siete u ocho minutos.
―En la oscuridad y sin gravedad. Señala Gilda.
―  Puedo hacerlo señora. La única cuestión es cómo borrar la memoria de la computadora.
Gilda da otro trago y hecha la cabeza sobre el respaldo de la silla.
― Hay una manera, muy peligrosa. En las bodegas traemos parte del arsenal Irda. Una de las armas inhabilitaba todos los sistemas de nuestras naves. Tendríamos que dispararla dentro del Ballesta; pero hay otro problema, no sabemos cuál es ni cómo hacerla funcionar.
Aron se estremece cuando dice:
― El Ird  lo sabe.
Ajeno a lo que sucede a su rededor el Ird descansa, colgado de cabeza en la litera del camarote. Percibe la actividad eléctrica del servomotor que abre la escotilla. Allí están los humanos, enfundados en trajes herméticos.  Gira su cabeza a posición de alerta, lentamente el resto del cuerpo va girando sosteniéndose en los barandales de la litera y de las paredes hasta quedar de pie frente a sus captores.
― Saludos, mi nombre es Gilda Moreau, soy la capitana de la nave Ballesta ¿Cuál es su nombre?  
El ird recibió claramente la transmisión telepática que provino del traductor; Responde:
―Mi utilidad era piloto, anteriormente fui reserva genética; en este momento mi utilidad es ser prisionero.
 ― ¿Qué es ser reserva genética?
― Mi pelaje y mi carácter están fuera de la norma, una anormalidad potencialmente provechosa para la Irda, por eso se me permitió vivir.
―Entre los humanos llamamos a tus características como Albino, ¿Te molesta si me dirijo a ti de esa manera?
― No me molesta.
― Dime Albino, ¿Estas molesto por ser prisionero?
― Esa es mi utilidad ahora, aún no recibo suficientes instrucciones para saber si realizo bien o mal mi labor.
―Has realizado una buena labor. Necesito que hagas algo más: dame indicaciones de como utilizar el arma que apaga las naves.
―Mi labor no es explicar el funcionamiento de las armas.
―Albino, voy a explicarte la situación en la que nos encontramos, te darás cuenta que tu ayuda es tanto para ti como para nosotros.

Gilda insistió en utilizar solo ella el traductor; Aron permanece a su lado, solo escucha su voz. Tomaron todas las precauciones: se inocularon nanobots para prevenir contagios, usan los trajes espaciales y cada quien tiene un arma oculta.
Aron procura estar tranquilo, pero recuerda las imágenes del ataque; el hombro le empieza a doler. Se da cuenta que el Ird lo está viendo.
―Hemos llegado a un acuerdo.― Le dice Gilda sacándolo de sus pensamientos. Ella ha apretado un botón en su pulsera para desconectar el traductor.
― Esta dispuesto a ayudarnos, pero él insiste en accionar el arma. Dice que puede perforar el casco, entonces tendremos que proporcionarle un traje espacial.
― He visto varios entre la carga. ― Reflexiona Aron. ― Hay una bodega vacía, allí puede disparar.
―Has los preparativos, le voy a decir…
Una ráfaga blanca se interpone entre los dos. Aron cae al suelo y se siente inmovilizado por tres garras, una cuarta lo sostiene del cuello, ha rasgado el traje y amenaza con atravesar su tráquea.
Gilda desenfunda su pistola, pero detiene su impulso inmediato a disparar. Enciende el traductor.
― ¡Detente! ¡Apártate de él!
― ¿Cuál es tu utilidad pequeña criatura?  ―Escucha decir al Ird.
Un disparo de advertencia hace voltear a Albino.
―Aléjate de él en este momento, o te mato.
―Este inferior me ha retado; quiere que muera y ahora está seguro de morir, es un acuerdo, debo proporcionarle muerte.
―Te equivocas, él no te ha retado; ni siquiera sabe que lo puedes oir. ¡Regresa al camarote ahora mismo!
Albino se levanta, camina sin apartar la vista de Aron.  Gilda se acerca sin dejar de apuntar a Albino.
―Aron ¿Estas bien?
Se sienta y levanta la pantalla de su casco. Tose y con una seña de la mano dice que esta bien.  Gilda se levanta; cierra la escotilla del camarote.

En el puente Aron se prepara para la maniobra: sentado frente a la consola de mando, con el paquete para reiniciar los sistemas, amarrado al asiento, con un nuevo traje espacial.
Gilda regresa al puente y toma asiento a su lado.
―Albino ¿Estás listo?
―Estoy listo para actuar.
―Aron ¿Estás listo?
―Sí, señora.
―Albino: Dispara.
Un zumbido atraviesa la nave desde la bodega hasta el puente. Las luces se apagan y se escucha un intenso rasgar de metales mientras la nave empieza a sacudirse.
Aron enciende un tubo luminoso que adhiere al tablero. Espera medio minuto a que se disperse el efecto del arma. Conecta el paquete a la consola y empieza a trabajar.
Gilda espera, con el cronometro en mano, atenta a través de una claraboya al destello del campo impulsor que rodea la nave. Los minutos pasan y el patrón de fractales luminosos empieza a descomponerse, en poco tiempo penetraran el espacio normal y el exterior será completamente negro si tienen suerte. De otra forma un destello será lo último que verán.
Aron trabaja hábilmente sin poner atención al sonido oscilatorio que poco a poco invade la cabina.
―Listo, reinicie la computadora, está haciendo un auto diagnóstico. Restauración de energía en tres, dos uno.
El tablero se enciende; rápidamente Gilda apaga el piloto automático: la nave responde.
Enciende los motores a un veinte por ciento de potencia; verifica que la alarma de cercanía indique verde, entonces anula el campo impulsor; al instante entran al espacio vacío, rodeados de lejanas estrellas.
Gilda lanza un suspiro; Aron levanta la pantalla de su casco para secar el sudor de su frente.
―Los sistemas no se han restaurado totalmente: no tenemos navegación ni comunicaciones.
―Quizá lo mejor sea no comunicarnos todavía. Albino ¿Estás ahí?
 ― He sobrevivido; perdí el arma cuando el piso se desprendió, sigo amarrado a la pared. Si revivieron la nave entonces necesitare que me ayuden a entrar.
― Aguarda un momento, pronto iremos por ti.
Aron, quien ha permanecido silencioso después del ataque de albino, dice:
―Podríamos dejarlo afuera; la correa se habría roto y nada pudimos hacer por él.
Gilda se asegura que el Ird no pueda escucharlo.
―Teniente, le recuerdo que se refiere a una propiedad del gobierno de la tierra y la humanidad que representa; si vuelve a decir o intentar algo semejante considere su destitución y encarcelamiento ¿Ha entendido?
 ―Sí, mi capitán.  
―Ahora alístese a llevarlo sano y salvo a su camarote.
Aron se levanta rígidamente, hace un saludo y sale del puente.

Gilda se imaginaba que surgiría este problema. Aunque también desconfía del Ird, aún están perdidos, sin saber a lo que se enfrentaran, están en deuda con Albino y ¿Quién sabe? Tal vez vayan a necesitar su ayuda más adelante.


sábado, 25 de abril de 2015

LA ILUSIÓN


Pasa del medio día y en el paradero frente al parque un hombre y una mujer esperan sentados el paso del siguiente autobús. La mujer mira al hombre discretamente,  le parece atractivo.
De vez en cuando el hombre le echa nervioso un vistazo a su muñeca.
Ulises se da cuenta que la mujer le mira, voltea a verla y dice con una sonrisa.
― Espero a mi hija.
La mujer sonríe a su vez y se da cuenta que no había notado el ostensible reloj que lleva en la muñeca.
En cambio Ulises se reprocha su falta de confianza. Si como teme, esta enredado en una madeja de mentiras, entonces debe dejar de engañar a los demás.
El primer paso es la familiarización, la exploración. Debes conocer el objeto, su color y forma, su peso y textura, incluso el sonido que emite al rozar los dedos sobre él. Debes ser capaz de visualizarlo tal como es, sin necesidad de tenerlo cerca.  Claro que es posible, lo haces cada noche, cuando sueñas, así que puedes hacerlo conscientemente.
Los autobuses pasan y los compañeros en el paradero van rotando;  hasta que por fin de la parte trasera de un autobús Ulises ve a Laura bajar por los escalones.
― Perdón por llegar tarde.  Se disculpa antes de plantarle un beso acaramelado en la mejilla.
Al momento Ulises olvida su creciente angustia y el insidioso mal humor ante el gusto de abrazar a su niña una vez más.
―No te preocupes, todavía podemos dar una vuelta por el parque.
El siguiente paso es lograr la conexión. Contrario a lo que el general de la gente cree, la forma de controlar los pensamientos de otro no es imponiendo los propios.  El proceso consiste en penetrar en los pensamientos del otro, llegar al estrato emocional, mimetizarse con lo que encuentras, hacer de tus pensamientos iguales a los del otro. Si logras empatizar la conexión será casi automática, a veces basta una sonrisa, una conversación o en casos difíciles un contacto físico. Pero cuidado, este paso debe darse en el menor tiempo posible, si no lo logras lo mejor es abandonar el intento.
La calzada del parque está cubierta de flores de jacaranda, la primavera se acerca briosa despejando con una brisa cálida los cielos  de la ciudad.
Laura al igual que la mujer del paradero nota el gesto inútil de Ulises al mirar su muñeca.
― ¿Sigue a tiempo tu reloj?
―No sé a retrasado ni un segundo.  Le  muestra levantándose la manga.
― ¿Cuánto ha durado?
Ulises hace cuentas mentales, recuerda el día en que se percató que el reloj era una ilusión y decidió mantenerla, retrocede a los meses…  no, años, en que lo creyó real, hasta el momento en que inocentemente lo recibió como obsequio de cumpleaños.
― Dos años antes de que nacieras, por lo tanto tiene diecisiete años. Pero cuéntame, ¿Todavía no escuchas pensamientos?
―No, mamá dice que a veces se salta una generación.
―Tonterías, cuando eras pequeña no hacía falta hablarte. Ya veras, cualquier día se acabara el silencio.
―Muéstrame lo del billete, ¿sí?
―Está bien,  pero tienes que permanecer en silencio.
Lo siguiente  es crear la ilusión, debes de tomar previsiones para no engañarte a ti misma, porque cuando esta tan bien hecha no es posible distinguirla de la realidad.
Estando conectados, la ilusión es compartida por ambos. Algunas veces logre hacerlo con tres o cuatro personas, pero no siempre funcionan.
Padre e hija caminan rumbo al carrito que vende palomitas de maíz. Ulises pide una bolsa. Mientras el joven vendedor llena la bolsa Ulises comenta casualmente.
―Es un hermoso día ¿verdad?
El muchacho le dedica una mirada complaciente, Ulises le sonríe tontamente.
―Sí, es un lindo día.  Responde el vendedor y una tímida sonrisa emerge en su rostro.
Cuando el vendedor le entrega la bolsa, Laura puede ver a Ulises extender la mano con el pulgar, el índice y el medio cerrados como si sostuvieran un billete.
El vendedor toma con toda naturalidad el billete invisible, se dispone a regresar algunas monedas.
―Quédate con el cambio.  Dice Ulises y se da la vuelta para darle la bolsa a Laura y seguir caminando.  Después de avanzar algunos metros Laura no puede contenerse y lanza una carcajada.
Lo crucial es el intercambio, cuando pasas la ilusión de tu mano a la del otro. Este es el punto en el que muchos fallan, una repentina duda lo será de ambas partes y la ilusión puede desaparecer en un instante. Sin embargo, cuando el otro la toma deja de ser tu ilusión y se vuelve la suya, es una transición paulatina.
― ¿Cómo le hiciste papá? Tienes que enseñarme.
―No, no, esto no es para jugar, las ilusiones son algo serio y pueden hacer mucho daño.
― Por favor, dime como se hace, tal vez nunca pueda hacerlo como tú, pero quiero saber cómo funciona.
―Oh, claro que podrás, eso no tengo dudas, pero nunca debes hacer mal uso de ello ¿me entendiste?
―Si papá, ¿Cómo se hace?
Ulises se sienta en una banca, Laura a su lado lanza algunas palomitas a los pájaros, en pocos segundos se agolpan a sus pies.
Ulises se dispone a explicarle el procedimiento.
Por último esta la retirada, esto ocurre cuando al objeto ya no se le presta atención. Debes hacer el esfuerzo consiente de desconectarte del sujeto, con firmeza y rapidez. La ilusión desaparecerá para ti instantáneamente, pero si no lo haces puede igualmente desvanecerse para ambos y entonces sentirás la desilusión del otro. Hay quienes no resisten esto y vuelven a crear la ilusión, pero entre más veces se hace se forman lazos psíquicos que después no se pueden deshacer y la ilusión se vuelve permanente para ambos. Por eso te recomiendo que no lo hagas a tus seres amados, hay muchos telépatas que han arruinado su don al enredarse en innumerables lazos psíquicos. 
Laura ha escuchado con atención.
―¿Eso es lo que les paso a mamá y a ti?
―Mira lo tarde que se ha hecho, ―Ulises señala su muñeca y se levanta. ―Ya es hora de que regreses.
―Vamos, dímelo.  Insiste Laura mientras caminan hacia la avenida.
―Tu madre y yo tuvimos problemas, más allá de la telepatía y las ilusiones.  Desde el principio sabíamos que éramos uno y otro. Empezó como un juego, así empiezan tantas cosas. Nos divertíamos apareciendo y desapareciendo cosas, nos hicimos realmente buenos en ello.
Solíamos hacernos bromas, cada vez más pesadas y cuando las cosas empezaron a ir mal con nosotros empezamos a usarlas para hacernos daño. Cuando decidimos terminar ya no podíamos diferenciar que cosa era real y cual no. Necesitábamos alejarnos porque nuestra simple presencia nos hacía daño.
En el paradero de nuevo, padre e hija se despiden, Laura sube al autobús y desde la ventana agita la mano. Ulises sigue despidiéndose hasta que el autobús se pierde de vista, sonriendo todo el tiempo.

Al bajar el brazo, su sonrisa desaparece, se da la vuelta y se aleja caminando.

jueves, 5 de febrero de 2015

APAGON

Te golpea sin esperarlo: La pantalla de la computadora queda oscura; la luz se apaga y la radio enmudece.
Lanzas una exclamación y escuchas la reacción de los demás: van de lo obvio a lo inesperado.
Permaneces en tu puesto de trabajo, con las manos cerca del teclado, en cualquier momento ―piensas ― la corriente eléctrica regresara.
Tus compañeros se levantan de sus lugares y caminan hacia la salida conversando animadamente.
Paulatinamente el silencio te envuelve, vas olvidando el trabajo y empiezas a divagar.
Escuchas el cronométrico caer de una gota desde el baño.
Por la ventana abierta entra el canto de un pajaro.
La conversación de tus compañeros se aleja por el pasillo.
Escuchas un automóvil acercarse por la calle y después alejarse.
Algún perro ladra en la lejanía; no, no es un perro, son tres distintos que ladran a intervalos.
Te inclinas sobre tu silla hacia atrás, provocando un rechinido familiar al que nunca le habías puesto atención. Te mueves para adelante y para atrás reconociendo el sonido que se produce justo cuando tu peso pasa de las piernas a tu espalda.
Te das cuenta que la gotera en el baño resuena con eco. Te concentras en escuchar ese sonido.
Entonces te vuelve a golpear: La energía se reestablece, anunciándose con la radio a todo volumen.
Saltas en tu lugar y por poco  te caes de la silla.

Por el pasillo regresan las voces de tus compañeros y la computadora empieza a zumbar al reiniciarse. El microcosmos de sutiles sonidos se ahoga nuevamente en el barullo del trabajo de oficina.

domingo, 21 de diciembre de 2014

ARRULLO DE UNA TIERRA PROMETIDA Y NEGADA


Una vieja nave espacial reingresa a la atmósfera terrestre. Sobre el terso terciopelo oscuro que es la noche en la tierra vista desde el espacio la nave se enciende como una antorcha que va dejando un rastro de efímeras chispas, menos de un minuto trascurre antes de que la flama se divida en tres y estos a su vez en otros tres. Va quedándose a la zaga y desaparece finalmente.
Desde la ventana de la nave Nico observo la destrucción del ingenio espacial con tanto interés como un niño de la tierra vería una estrella fugaz.
Nicolás Pineda tiene diez años y toda su vida ha trascurrido dentro de la nave en la que su abuelo regreso de las guerras en el cinturón de Kuiper.
Se suponía que de esas distancias no era posible regresar, tampoco se suponía que los combatientes formaran familias, pero la naturaleza retoma su curso.
Javier, el padre de Nico, nació más allá de la órbita de Neptuno y a pesar de que se aseguraba que los niños nacidos en el espacio tendrían innumerables problemas de salud, Javier y su generación llegaron a la edad adulta y tuvieron hijos.
La hora de dormir llega y Nicolás acude al llamado de su madre. Lo arropa junto a sus hermanos en el dormitorio giratorio, una de las muchas formas de suplir la ausencia de gravedad.
Un rato después de que han apagado la luz Nico se levanta. No tiene sueño y de un tiempo a la fecha le ha dado el gusto de espiar a sus padres.  Se desliza por los compartimientos sin tocar los trastes adheridos a alas paredes y rodeando los ductos y cables que cruzan de un compartimiento a otro entorpeciendo el cierre de las 
compuertas.

Escucha la voz de su padre en el siguiente compartimiento. Se queda quieto a un lado de la compuerta.
Javier habla con alguien a través del hológrafo.
― Hace una semana prometió ayudarme, a cambio recibo una orden de desalojo.
― Comprenda esto Javier, hay miles de naves en órbita como usted, con problemas como los suyos, y cada día llegan más. Trabajamos en resolverlos lo mejor posible, solo ténganos paciencia.
― ¿Cree  que no ha sido suficiente paciencia? ¿Hace cuánto nos prometieron que aterrizaríamos?
― Ese plan está en marcha, en cuanto se erradique la epidemia.
― ¡Pamplinas! Nunca he visto a uno de los contagiados de “la enfermedad del espacio”. Es más, creo que es una invención para no dejarnos bajar.
― Esos rumores no nos llevan a ningún lado Javier. Mejor consideremos las opciones en forma realista.
― Mis opciones, lo que plantean es que deje la nave de mi padre, la única pertenencia que tiene mi familia.
― Pronto se va a abrir un emplazamiento en los asteroides, los podemos colocar en la lista.
― ¡Mas promesas! ¿Por qué no ven lo obvio? Si me dan el combustible necesario yo mismo iré a ese asteroide y construiré con mis propias manos ese emplazamiento.
― Sabe que no podemos dejarlo vagar libremente por el sistema solar, sería irresponsable.
― Mi padre hizo el viaje desde Sedna hasta aquí sin su apoyo, la alternativa era dejarse morir. Fue un héroe por cuenta doble. No voy a dejar que su lucha termine con sus nietos convertidos en parias.
Sin percatarse de ello Nico ha flotado a la deriva y choca contra la pared provocando un ruido que sobresalta a Javier y al holograma.
― Es mi hijo.
Dice Javier después de voltear bajando el tono de su voz.
― Sera mejor que hablemos en otro momento. 
 Javier asiente con la cabeza, el holograma desaparece.
Extendiendo el brazo Javier le indica a Nico que se acerque.
― Ven amigo, ¿Sin sueño todavía?
― Solo tenía curiosidad.
― ¿Escuchaste de lo que estábamos hablando?
― No entendí una cosa, ¿Qué es un paria?
― ¿Un paria dijiste? Bueno, es una persona que no pertenece a ningún lado y la gente no lo quiere.
― ¿Somos parias?
― ¡Por supuesto que no!  Tienes mi promesa de que nunca lo serán, te lo juro.  Voy a conseguir el combustible para la nave, o tal vez alguien nos pueda remolcar a una órbita más estable.   ¿Quieres ver la ventana un rato?
Javier y Nico se colocan frente al cristal, miran el amanecer y el lento recorrer de los continentes y los océanos.
Nico le señala a Javier los ríos y las cordilleras que van pasando y algunas ciudades  donde las nubes les permiten ver.

Padre e hijo miran la tierra muchas veces prometida y muchas veces negada, como cualquier otra familia desde los anillos de miseria.

domingo, 28 de septiembre de 2014

SOMBRAS



Es la tarde de un día nublado, a lo lejos el horizonte es de una negrura absoluta. Por las calles circulan continuamente pesados camiones y remolques, los cuales han destruido el pavimento, dejando profundos surcos de tierra que se levanta a su paso.
La mujer camina con un niño de la mano por la casi inexistente banqueta.
Ha de vivir en una de las casas apretujadas entre las fabricas, familias asentadas en los terrenos baldíos de alguna empresa.
Camina con decisión, buscando algo con la vista; el niño va a rastras, con voz queda y llorosa se queja y ruega a su madre, la cual con mano firme lo jala con rudeza.
En la esquina aparece un anciano indigente. Carga un pesado costal de Yute a sus espaldas; recoge cualquier cosa que encuentra en el suelo: lo examina con mirada de experto, entonces lo mete al costal o lo deja.
La mujer apura el paso al encontrarlo y el niño aumenta a su vez los chillidos.
El anciano y la mujer discuten algunos minutos, el pequeño trata de zafarse de la mano de su madre.
― De acuerdo – Dice la mujer. Con la mano libre saca el monedero, sin soltar al niño extrae un billete que da al anciano.
Los gritos del niño se vuelven histéricos cuando la madre pasa su mano a la del hombre del costal.
La mujer da media vuelta y se aleja a toda prisa, sin voltear atrás.

Minutos antes del atardecer: Carlitos escala hasta la cima de un cerro de basura.
Se para tratando de mantener el equilibrio sobre la superficie resbalosa y movediza.
Vislumbra desde lo alto las otras montañas de basura, sus cumbres iluminadas y sus bases bajo las sombras.
Una caja metálica, enorme, semienterrada entre los desechos, brilla con la luz del crepúsculo. Carlitos recuerda haberla visto junto al camino en la mañana. Desciende por la ladera hasta llegar al antiguo artefacto industrial.
Con alivio Carlitos descubre la pequeña vereda por la que camino ese día.
Orientado, Carlitos es capaz de encontrar el camino de regreso, así que se hecha a correr por la vereda.

El jacal se encuentras en un claro en medio del basurero, es amasijo de paredes de cartón, laminas de asbesto y tablas rotas.
Carlitos vacila antes de seguir, sabe que le esperan golpes y malos tratos.
A su rededor la oscuridad se hace mas profunda: escucha quejidos, lamentos lejanos y otros sonidos inexplicables. Decide continuar.

― Me lleva la chingada- Exclama el viejo al verlo entrar. - ¿Cómo demonios regresaste?
― Pues nomas.
― Maldito mocoso, eres peor que una garrapata, ¡largo! No te quiero ver más, shuu, uchale, vete.
Carlitos se queda parado donde esta; el viejo aún molesto prosigue con lo que hacía: separar las botellas y las latas que recogió en su paseo diario.
Minutos después el viejo es indiferente a la presencia del niño. Carlitos se sienta en el suelo, la única distracción en ese lugar es mirar lo que hace su protector a la luz de una vela de cebo.
― ¿ Regresaron Manuel y Pepito?
El viejo voltea a ver al pequeño con renovado desprecio.
― No, ellos se perdieron, tal como debiste hacerlo tú.
Carlitos se entristece: ya no vera a sus amigos.

En el camino, a través de los basureros, el viejo camina cargando su costal. A poca distancia lo sigue Carlos, hace tiempo dejaron de llamarle Carlitos, aunque en realidad no ha crecido mucho.
Carlos encuentra algo que se puede comer y se detiene para abrir la bolsa y llevarse a la boca el contenido. Termina rápido pues ve que el viejo otra vez intenta perderlo.
― No me sigas, lárgate.
― ¿Porque siempre me esta largando? Digo yo, pues llevamos tanto tiempo juntos, casi somos amigos ¿no?
― No me hables cucaracha, vete ya con tus amigos de verdad.
Carlos se detiene un momento a pensar; sabe que el viejo se refiere a los animales que merodean allí por las noches.
― Oiga, espéreme, pues ¿Por qué le caigo mal?
― Ya basta, cállate.
El viejo tira el costal al suelo y encara al muchacho.
― ¿Crees que te recogí por gusto? ¿Qué me gusta tu plática? Tan solo le hice un favor a tus padres quitándoles un monstruo de encima.
― Monstruo su abuela, no soy peor que usted mismo.
― No lo sabes, pobre niño; en todos ustedes hay algo mal, cualquiera se da cuenta de eso.
― No invente ¿Qué cosa es eso?
― Hay algo en el agua, o en la comida, o quizá en el aire; desechos químicos, a uno de cada diez niños les pasa, cuando llegan a la adolescencia su cuerpo cambia, se convierten en criaturas feroces que viven en la oscuridad. Y eso esta a punto de ocurrirte a ti.
― Eso no es cierto.
― Mírate la cara, esa mancha que tienes desde chico esta creciendo, esa es la señal.
Carlos busca en su alrededor hasta encontrar un charco en el que puede ver su rostro. Por largo tiempo observa la mancha oscura que ahora cubre su frente hasta la mitad de la nariz. Cuando se levanta a preguntar al viejo se da cuenta que este se ha ido.
Por primera vez realmente se pierde, no encuentra el camino de regreso, y comprueba la verdad de lo que el viejo dijo.
Cada día recuerda menos de él mismo, pero llega a comprender, al menos por poco tiempo, la razón de su destino. Igual que él otros muchos niños fueron abandonados por temor a lo que llegarían a ser; antes de que representaran un peligro se les aparta para dejarlos morir aquí, donde nadie se preocupa de lo que ocurre.
Pero aún eso se olvida en medio de este delirio que lo invade, solo sabe que ha sobrevivido, y que lo seguirá haciendo, aunque tenga que buscar otros territorios de caza.

La mujer camina presurosa, tras de ella un pequeño niño hace un berrinche y se niega a caminar.
― Anda, camina o te dejo sólito con el coco.
Las sombras de la noche se extienden con rapidez y debajo de un automóvil, una en especial, mas oscura que las demás, se mueve
acechante.

― Andrés, andrecito, hijo ¿Dónde te metiste?