domingo, 7 de abril de 2013

MUSICA AMBIENTAL


-Ya no existen lugares como este.
Comenta un parroquiano con otro, sentados en una mesa del Restaurante.
 El Hombre Gris lo escucha desde su lugar en la barra del Bar.

Se sonríe para sus adentros; que ironía que precisamente ellos digan eso, que es tan cierto.
-Ya no hay lugares como este,- prosigue, - donde puedes tomarte una copa tranquilamente por unos cuantos pesos.
El Hombre Gris da un trago a su cerveza y mira a su rededor. Mira las pequeñas mesas de madera y la gente sentada alrededor de ellas, empleados, burócratas en su tiempo libre, alguno que otro borracho, unas pocas mujeres bien acompañadas.
Mira las paredes descoloridas, decoradas con cuadros de todos tamaños, paisajes, retratos, y desnudos, la mayoría bastante mediocres.
Por la puerta de la calle se cuela la segadora luz del sol, y el continuo movimiento de sombras adivina el intenso paso de vehículos y peatones por la avenida.
Frente a él esta un largo espejo de bordes ornamentados, rodeado de vasos, copas y botellas de diversos licores. En el espejo se ve a si mismo, y aparta la mirada.
Una rocola en la esquina emite una melancólica canción de indefinible estilo, no logra reconocer el grupo que la toca, pero contribuye a mantener ese ambiente de placidez y somnolencia.
La mesera pasa frente a él, pregunta.
- Ya esta mi orden?.  La joven se detiene y hace un esfuerzo por recordar, no es muy bella, ni parece inteligente.
- ¿ Huevos con tocino?, en un momento esta.
Desaparece tras la cortina que oculta una ruidosa cocina.

- Hoy me dejo mi mujer.- Dice el tipo de junto como si hubieran estado platicando antes.
- Metió sus cosas en una maleta y se subió a un taxi. Antes de irse fue a decirme que no iba a volver. ¡Como si yo fuera a rogarle que se quedara!. Creo que la maldita se robo mis relojes.
- Es una lastima. Responde el Hombre Gris.
- ¿Has estado casado?.
- No.
- No te lo recomiendo.- dice el tipo mirando intensamente a una pareja que se besa en otra mesa. - No soportaba su voz chillona cuando se ponía a regañarme, como si ella fuera tan perfecta. Pero ahora, por fin, se ha ido.
- Brindo por ello. replica el Hombre Gris.
- Salud-. Chocan sus tarros y beben, pero un momento después al parroquiano se le escapan unas lagrimas, baja la cabeza sobre sus brazos y se le escucha llorar desconsolado.

El Hombre Gris continua bebiendo su cerveza desentendiéndose de su compañero en la barra.
Unas gotas de cerveza espumosa se le escurren del tarro y caen sobre su uniforme gris.
En unos segundos la mancha desaparece sola.

La canción de la rocola se acerca a su final, los melodía sostiene una nota alta que poco a poco va desvaneciéndose. La mesera regresa con un plato en la mano; el hombre de junto se enjuaga las lagrimas y vuelve a voltear hacía la pareja amorosa, que nuevamente acercan sus rostros  a un inminente beso.
Cada movimiento va deteniéndose, no abruptamente, paulatinamente, como el final de la canción. Cuando por fin la música termina, el silencio es total. Dentro y fuera del restaurante, todo se ha detenido.
El Hombre Gris da otro trago a su cerveza, pero ha perdido el sabor, detesta eso.
Camina hacía la rocola buscando en sus bolsillos. Deposita en la máquina una moneda traslucida octagonal. El silencio permanece y la paralización ambiental también.
El Hombre Gris sacude la rocola y por ultimo le da una patada, ni siquiera le devolvió su moneda.
Frustrado, el Hombre Gris camina con decisión al lado contrario del restaurante.
Parado frente a ella, la pared del fondo del restaurante se eleva con el sonido de pistones neumáticos.  El Hombre Gris sale del restaurante rumbo a un oscuro y frio pasillo metálico cuyo final no se alcanza a ver.
En el camino se cruza con otro hombre vestido con un mono de color gris con la misma austera expresión en el rostro. Este otro Hombre Gris entra al restaurant por la puerta neumática.
Coloca una moneda en la rocola y con un experto golpe en la parte indicada de la máquina, una nueva canción empieza a sonar.
El Hombre Gris se sienta en una de las mesas mientras la vida se reanuda en el restaurante.
La mesera llega hasta el lugar vacio en la barra con un humeante plato con huevos estrellados y tocino. Voltea a un lado y a otro, le pregunta al hombre de junto.
- ¿No vio a donde se fue el señor?.
- Aquí estaba hace un momento.

viernes, 1 de marzo de 2013

SENTIDOS OPUESTOS




El mesero sirve las bebidas sobre la mesa; antes de tomar su copa, Bernardo mira la mujer que tiene enfrente: Su cabello castaño, largo y lacio, su amplia sonrisa;  su mentón afilado;  sus senos pequeños que se asoman por el  escote de su vestido negro.
Sofía toma su bebida, lo que humedece sus labios. Bernardo desvía la mirada, algo ha llamado su atención al gran ventanal del centro de convenciones, y tras este, la pista del hipódromo aledaño; a lo lejos ve a los caballos en el arrancadero;  “número cinco; Gallardo, diez a uno”. Regresa la mirada a su acompañante: no hace falta que vea el desarrollo de la carrera.
― ¿Dijiste algo? ― pregunta ella.
― Oh nada, solo estaba pensando en voz alta. ¿Sabes? Si estuviéramos en el lado contrario de la pista le apostaría al numero cinco, pocas veces tengo una visión tan clara de un ganador.
― Eso es porque la carrera esta arreglada.
― ¿En serio? Supongo que alguien va a tener grandes ganancias.
― Puedes averiguarlo, la carrera aún no empieza.
― Si, pero eso no es algo que ahora me preocupe.

Se encontraron en los pasillos de una gran exhibición industrial y comercial;  Bernardo  recorría  los stands, mirando las distintas empresas que se exhiben, rozándose con innumerables personas extrañas, sondeando aquí y allá, buscando oportunidades en el futuro de los que le rodean; quizá empujando en tal o cual dirección a la persona correcta podría obtener algún beneficio económico o personal.  En ocasiones anteriores ha logrado asociaciones provechosas, las cuales dejó cuando percibió que su abanico de posibilidades se reducía. 
Sofía se paseaba con un septuagenario empresario, viudo y solitario, el cual se decía así mismo que no le interesaban las aventuras pasajeras;  con solo verlo Sofía supo cuales eran sus debilidades, las que aprovecho para acercarse a él. 
Se cruzaron en un pasillo, en medio de esa multitud, con pasados nebulosos y futuros que se entrelazan y se enredan entre si.  Bernardo sintió el escalofrío característico de la muerte al pasar junto al anciano, no quiso sondearlo, porque detesta ver el final del camino, siempre trata de evitar a los viejos, los enfermos y las mascotas, son ellos los que nos recuerdan nuestra propia mortalidad.
Pero a la mujer que le acompañaba, no pudo sondearla. Lo cual hizo que se detuviera en medio de la multitud y que permaneciera con la vista perdida por un par de minutos sin moverse.  Los codazos de la gente que caminaba a su rededor le hicieron reaccionar después de un rato. Fue detrás de esa sensación de vació que rodeaba a Sofía.  Ella también se percato que Bernardo no era algo común al momento de cruzar miradas. Le dio la misma sensación de un recién nacido, mas aún, los bebes tienen en su pasado la traumática experiencia del parto;  Ese hombre de cabello oscuro y cejas pobladas parecía recién creado por dios y colocado  enfrente a ella sin ningún recuerdo, sin pasado; o quizá ella no fuera capaz de leérselo, como al resto del mundo.
Sofía se disculpo con su acompañante, dijo que regresaría al automóvil para descansar las piernas por tanto caminar.  Bernardo la siguió hasta el bar, donde ella tomo asiento. Nunca desde que descubrió su poder sentía tantos nervios, tanta incertidumbre y tal excitación. 
― Entonces tu vez el futuro y yo veo el pasado, que interesante. ― dice Sofía. ― Lo que no me explico es ¿por qué no podemos ver el pasado y el futuro del otro?
― No he dejado de pensar en ello, ― replica Bernardo, ― creo que nuestros poderes provocan una interferencia que los bloquea.
― A propósito, ¿cómo es el tuyo? ¿Que sientes?
― Sabes, hace tiempo entendí que no existe aquello que llamamos futuro, en singular, mas bien son futuros, en plural. Puedo ver  las ramificaciones que surgen del presente, ya sea de una persona, de un objeto, o de un proceso, como si fueran árboles, conforme el tiempo trascurre surgen ramas nuevas a la vez que otras desaparecen, solo una de ellas se volverá una realidad tangible. A veces mirando esas ramas puedo ver, digamos frutos, oportunidades que si puedo presionar las circunstancias, puedo hacer que se siga el camino indicado para obtenerlo, haciendo posible ese futuro.
― Entonces, corrígeme si me equivoco, puedes ver lo que va a pasar, pero no entiendes el porque suceden las cosas.
― ¿Tu si lo entiendes?
― Cuando me enfoco en una persona, de ella surge todo lo que se puede saber acerca de ella. He podido hacer esto desde que era niña y creo que a estas alturas funciono enteramente por instinto, no necesito esforzarme en encontrar cosas en el pasado de las personas, simplemente aparece lo que quiero saber; Si, casi siempre entiendo los motivos para lo que la gente hace.
De repente la vista de Bernardo se desvía hacia un hombre que se dirige hacia la salida del bar.
― Oye, vez aquel tipo calvo: acabo de percibir que va a decirle a tu amigo que te vio en el bar con otro hombre, tu amigo se va a molestar... bastante molesto diría yo.
Sofía ve al sujeto. Se levanta y le dice a Bernardo: ―Observa.
Sofía se para junto al hombre, que se ha detenido a comprar cigarros. Le da una palmada detrás de la oreja, el hombre se agita y voltea. Permaneciendo a su lado, sin que pueda verla directamente, Sofía le murmura algo al oído.
Bernardo, que ha seguido el encuentro con la mirada sondeando al sujeto, siente un estremecimiento. Las palabras de Sofía han actuado de tal manera que los posibles futuros de ese hombre se han agitado, como un árbol en medio de una ventisca, algunas ramas desaparecen repentinamente, mientras otras se retuercen hacia direcciones completamente distintas a las anteriores. El encuentro con el amigo de Sofía desaparece sin dejar rastro.
Cuando Ella se acerca, con una sonrisa de malicia, Bernardo no puede esperar a preguntarle: ― ¿Qué hiciste?
― Solo le dije: No le vayas a decir nada a Raúl, Monchis.
― ¿Monchis? ¿Quién es Monchis?
― El lo es, o mas bien lo era. Ese era el apodo con el que le llamaba su hermana mayor, el golpe en la nuca siempre iba acompañado de una advertencia, así es como lo controlaba; creo que su poder persuasivo aumento desde el momento en que su hermana murió hace varios años.  Simplemente pensé ¿Cómo evitar que se lo diga a Raúl?  Y la respuesta apareció.
― ¿Sabes como has perturbado al pobre hombre?  Veo una multitud de doctores y sanatorios en sus futuros, podría terminar loco.
― Ya lo sabes, tu te preocupas por el futuro, yo del pasado.
― Creo que sería mejor seguir esta conversación en otro lugar, menos expuesto.
― Como digas. ― Sofía toma su bolso y se levanta; se detiene al ver que Bernardo no se ha movido de su lugar. ― ¿Entonces vienes o no?
― Si salimos ahora pasaremos veinte minutos antes de salir del estacionamiento, si esperamos el tiempo preciso podremos ser los primeros en cruzar por una salida que van a abrir en diez minutos.
Sofía se sienta de nuevo y comenta con sarcasmo: ― Si así eres todo el tiempo, debes ser harto aburrido.

Los pensamientos giran alrededor de la cabeza de Bernardo mientras trata de dormir. A su lado Sofía sigue siendo el mismo pozo negro que cuando la conoció. Se pregunta Bernardo quien es ella realmente, quien es él realmente;  no deja de recordar la manera en que Sofía devastó el futuro de aquel pobre hombre, le horroriza y le fascina a la vez, siente una incomoda inferioridad frente a ella, más aún cuando sus palabras todavía resuenan en su cabeza: “... debes ser harto aburrido”.
También él puede ser terrible, no conoce los límites de su poder y siente la necesidad de hacer algo que provoque la admiración de Sofía.
Si pudiera hablarle de su futuro la tendría en sus manos; pero no puede, de la misma manera en que su pasado le esta vedado a ella, lo que no supone ninguna molestia en Sofía, aparentemente.
Bernardo intenta rastrearla nuevamente, tocando suavemente con sus dedos su frente mientras duerme. No encuentra nada, pero aún así prosigue, explorando la negritud de su porvenir, hasta que llega a lo que parece ser la orilla del abismo y encuentra una sola rama de eventos que va sumergiéndose poco a poco en el presente, limite de todos sus poderes.
Se da cuenta que no se trata de Sofía si no de alguien cercano a ella. Es algo tan grande que no puede resistir despertarla para decírselo.
― Despierta Sofía, ¿Sabes lo que acabo de averiguar?
― Dímelo mañana, por favor.
― Oh, no querrás esperar a mañana, ya será muy tarde.
― ¿Qué quieres decir?
― Tu amigo del hipódromo, ya esta en las últimas, antes del amanecer habrá estirado la pata.
― ¿Quién? ¿Raúl? ¿Estas seguro?
― Tendrás que buscarte a otro compañero.
― Eres un idiota.  ― Sofía  empuja a Bernardo al levantarse, se viste a toda prisa y sale del departamento en busca de un taxi.
Entonces puede Bernardo ver el efecto de sus palabras, un huracán que sacude las ramas del futuro, pero ese porvenir alterado es el suyo propio.

La tarde se ha nublado repentinamente y una ventisca sacude las hojas de los senderos del panteón.  Bernardo sabe que encontrara a Sofía en algún lugar del cementerio, pero aún ahora siente el impulso de dar la vuelta y salir de allí.  Los días que trascurrieron después del encuentro con Sofía fueron de incertidumbre y desesperación. El asomarse a su propio futuro no le proporciono una senda para aliviar su pesar.  Un solo camino le conducía a un  porvenir nebuloso, lleno de huecos oscuros como cuando sondeo a Sofía.  Solo ella podría provocar tal estropicio en su futuro; el ir a buscarla al panteón esa tarde, próxima a llover, es la única oportunidad que tendrá de volverla a ver. En todos las otras cadenas de eventos que puede visualizar de si mismo, Sofía esta ausente.
Finalmente la perspectiva de nunca volverla a ver se convierte en motivación suficiente para que se decida a encontrarla.
Sofía esta parada en un prado, frente a una lapida que aún tiene la tierra recientemente removida.
Voltea y mira a Bernardo, parado a varios pasos de distancia, vestido formalmente, de negro, con un paraguas  colgando de su brazo.  Lanza un largo suspiro y regresa la mirada a la tierra frente a ella. Puede sentir que ahora se encuentra a su lado, sin decir palabra.
 ― Se lo que pensabas; ― Dice sin voltear a verlo. ― Que soy igual que tú, que únicamente estaba buscando aprovecharme de otro anciano con necesidad de amar. No te culpo por pensarlo, porque lo he hecho muchas veces; Pero no con Raúl.
― Lo siento mucho, en verdad, no quise lastimarte. ― Empieza a decir Bernardo, pero Sofía le interrumpe.
― No lo entiendes todavía: Raúl era mi padre.
Sofía hace una larga pausa; Bernardo entiende que esta tratando de contener las lágrimas.
― Él nunca lo supo, siempre fui una bonita acompañante para él. Quise pasar a su lado el mayor tiempo posible, buscando el porque nunca lo conocí;  encontré cientos de repuestas; pase tanto tiempo tratando de entender que no llegue a decirle realmente quien era. Ahora es tarde. La muerte ha roto mi vínculo con él.
Bernardo pasa el brazo sobre su hombro y abre el paraguas; al momento se desata un aguacero.
― Sé que juntos podríamos hacer cosas increíbles. ― Dice Bernardo mientras caminan hacia la salida. ― Pero aún siento miedo, estando junto a ti no puedo saber que nos depara el futuro.
― ¿Entonces porque me buscaste?
― No lo sé, toda mi vida he manipulado a la gente a mi alrededor, la mayoría de ellos no son mas que la misma repetición de rutinas; tu: no se quien eres, o que vas a ser; quizá, pienso yo, eres la primera persona a la que puedo tratar como a un ser humano. 

domingo, 13 de enero de 2013

EXPEDICIÓN AL RÍO SUBTERRANEO





Los cinco nos paramos al pie de una profunda barranca; en medio de un bosque seco y requemado por el sol en la sierra de Guerrero.
Antes de bajar Bernardo nos lanza un discurso; una vez más confirmo que es un fantoche:
― A ver mariquitas: aquí empieza la aventura, no quiero que nadie se me raje a medio camino, ¿entendieron?
Felipe es el primero. Se sostiene de las rocas dando la espalda a la barranca, desliza los pies en el vació del abismo. Encuentra con el tacto el tan esperado punto de apoyo: empieza a descender.
Cuando Felipe va a medio camino Efrén hace otro tanto: después me toca a mi.
Es angustiante pensar que si algo sale mal caeré más de cincuenta metros hasta el fondo de la barranca; por eso no pienso: me concentro en encontrar el escalón de hierro con la punta de mi zapato. Lo toco: suspiro de alivio; me deslizo aún con el alma en un hilo, mi otro pie se apoya: ahora el siguiente escalón. Al fin sujeto la escalera con mis manos: ¡Que bien se siente! Desciendo con seguridad. Bernardo dijo que no volteáramos abajo para evitar el vértigo; no puedo resistir la tentación: Felipe esta llegando al suelo, Efrén sigue bajando a media escalera; parecen arañas pegadas a la pared. Todo el camino siento la adrenalina subirme por la espalda los brazos me tiemblan: agarro con fuerza la escalera mientras bajo.
El siguiente es Edgar, el Tobi; parece que tiene problemas de decisión, como es  costumbre; cuando piso el suelo miró hacía arriba, y él todavía no empieza a bajar.
Efrén empieza a quejarse: ― ¿Porque trajimos al gordo? Va a echar a perder todo.
Los tres miramos los titubeantes intentos del Tobi por encontrar el escalón y escuchamos sus lloriqueos.
Cansado de esperar me dice Felipe: ― Oye, vamos a ver la cueva.
Dejamos nuestras cosas a orilla del río: seguimos la corriente. El río socava las entrañas de la montaña: allí donde las paredes de la barranca se juntan.  Un arco de roca se alza a veinte metros de altura: imponente y lúgubre como la entrada del infierno. Desde afuera no se adivinan las dimensiones de la caverna, solo se sabe que es enorme; el eco del agua que fluye al interior contrasta con el canto de los pájaros del bosque. Acalorados y mojados en nuestro propio sudor la caverna nos recibe con un abraso gélido que nos estremece.

Con gran esfuerzo Edgar llega al pie de la escalera; enseguida baja Bernardo. Descansamos: el camino desde la carretera ha sido agotador. Por la vereda fuimos siguiendo las flechas pintadas en las rocas de la orilla: nos llevaron a subir un cerro y luego bajarlo por un camino lleno de guijarros. Llegamos a donde empieza la pendiente rocosa de la barranca; la descendimos sujetándonos a un cable de acero que otros excursionistas han empotrado a las rocas: el cable termina en la orilla del precipicio donde se encuentra la escalera de hierro afianzada a la pared. Por supuesto, podríamos haber seguido caminando por la ladera hasta encontrar el río, pero es un camino que nos tomaría varias horas recorrer.

Preparamos el equipo para entrar al río: consiste en una lata cuadrada de pintura o manteca acondicionada como mochila. Los botes tienen una doble función, mantienen la ropa y la batería de la linterna secos, y además sirven como flotadores, indispensables en los tramos en donde el agua es profunda.
― No hay ningún peligro allá adentro ―nos dice Bernardo para darnos confianza― siempre y cuando no hagan estupideces; la última persona que se murió aquí, se cayo de la escalera; pónganse el equipo, es hora de entrar.
Nos colocamos nuestras linternas en la cabeza después de conectarlas a la batería con un cable que atraviesa por un pequeño orificio al interior del bote.
Entramos al río y caminamos rumbo a la caverna, con el agua apenas en los tobillos.
Hay grandes rocas sobre el lecho que no hace mucho han caído sobre el río; las rodeamos y miramos arriba como si esperáramos que la siguiente cayera en cualquier momento.
Poco a poco los sonidos del exterior se van quedando atrás: la corriente del río y el chapotear de nuestros pasos, los únicos sonidos audibles.
A media penumbra se puede ver aún algunas aves que vuelan al interior de la cueva cazando insectos al vuelo.
Después del primer recodo el reflejo de la luz del exterior en las paredes es suficiente para iluminar la siguiente galería; es difícil percibir el momento en que la luz desaparece por completo, hasta que uno se encuentra con la oscuridad absoluta.
Las lámparas iluminan nuestro camino; lleno de rocas de todos tamaños que en ocasiones, en un descuido, nos golpeamos con ellas  la espinilla.
Bernardo ha dejado a Efrén ir al frente, le sigue unos pasos atrás. Caminamos sobre playas de arena formadas en los recodos, y cuando faltan estas caminamos por el cause del río.
De repente Efrén se sume hasta la cabeza en el agua, surge rápidamente gracias a su flotador y su desesperado pataleo; Bernardo ríe a carcajadas, nos explica: ― Esta es la primera fosa, hay que cruzarla nadando, dejen que sus botes los mantengan a flote, si se cansan agarréense de las rocas de la derecha
El agua esta fría, pataleo y muevo los brazos como perrito, es la única forma: el bote alza mi espalda y para que no me sumerja la cabeza debo nadar  recargado en el bote, como si fuera sentado. Salir del agua es otro Shock: hay una corriente de aire que sigue al río, uno se congela con la ropa mojada hasta los calzones. Solo caminando se alivia este enfriamiento que hace temblar los dientes.
Desde los primeros tramos Edgar fue retrazándose, caminando atrás del grupo, siempre dudando a la hora de hacer un esfuerzo. Cada rato nos detenemos a esperarlo cuando se detiene a sacarse la arena que se acumula en sus calcetines.
― Pareces niñita, ― le grita Bernardo, y amenaza ― si no te apuras te dejamos atrás.
― No, por favor espérenme, ya voy, no vayan tan rápido, espérenme.

A un par de horas de camino se encuentra una galería cuyo techo colapso, un paraje conocido como "La Claraboya". A decenas de metros sobre el río entran los rayos del sol por un hueco, la luz corta en dos la oscuridad de la caverna.
― ¿Ya vamos a llegar? ¿Cuanto falta? Ya estoy cansado, vamos a parar ¿si?
Las quejas de Edgar se repiten con más frecuencia, cada vez más molestas.
― Tengo que sacarme arena del zapato, espérenme muchachos.
Nuevamente nos detenemos: el Tobi se sienta a orilla del río y con toda calma limpia su calcetín. Los demás damos vueltas alrededor para no enfriarnos.
― ¿Donde quedo mi otra bota?
La pregunta me sorprende, me acerco a él: ― ¿Donde la dejaste?
― Aquí en la orillita, ayúdenme a buscarla.
Revisamos detrás de cada piedra del rededor: no la encontramos.
― Se la debió llevar la corriente
― ¡No, son las botas de mi papá!, me mata si les pasa algo.
― Tal vez la encontremos más adelante, puede que se atore en las piedras.
― O se hunde en la siguiente fosa. ― Agrega Efrén con ganas de molestar.
― Vamos a caminar. ― Dice Bernardo poniéndose en marcha.
Seguimos el paso apresurado de Bernardo, el pobre Tobi trata de seguirnos apoyando su pie descalzo en las piedras del río y caminando sobre la arena donde se puede.
― No vayan tan rápido, esperen por favor.
Nuestro guía camina a paso inmisericorde, Edgar va retrasándose cada vez más, hasta que sus ruegos nos llegan como un eco lastimero y lejano.
― Vamos a esperarlo. ― Digo a Bernardo, pero actúa tan sordo al Tobi como para a mi.
Felipe y yo bajamos el paso para esperar al gordo, Bernardo y Efrén siguen a su paso, sin miramientos.
― Oigan muchachos, me van a esperar, ¿verdad?
Felipe mira con angustia como la luz de las linternas de Bernardo y Efrén se pierden de vista al frente y como el paso de Edgar es tan lento.
― Oye, voy a decirle a Bernardo que nos espere. Mira, creo que ya no estamos tan lejos de la salida.
Asustado y apenado Felipe nos deja, apretando el paso para alcanzar a Bernardo y compañía.
Quedarse a solas en este lugar es como estar atrapado en un tubo: escuchas el correr del agua, todo es oscuridad excepto por el pequeño circulo de luz que ilumina la linterna; para salir hay que seguir la luz, si es necesario arrastrándose, pero en una sola dirección.
Edgar llega conmigo: el pobre esta muerto de miedo, cojea ostensiblemente y no es para menos, las piedras del río lastiman aún con los zapatos puestos.
Casi llorando me pregunta: ― ¿Porque son tan malos conmigo?
¿Porque somos malos con él?  Será porque es un gordo, latoso y chillón; será porque nunca intenta defenderse de las burlas y parece gustar que lo maltraten.
― Solo tú te has buscado estos problemas.
― Estoy seguro que deje la bota junto a mi, no pudo irse así nomás.
― Me refiero a seguir a Bernardo: siempre que hacemos una excursión eres el primero en apuntarte, solo para que te hagan sufrir, ¿Acaso te gusta ser el puerquito de todos?
― ¿Y que debo hacer? ¿Quedarme en casa, escondiéndome para que nadie se burle de mi? Después de todo ustedes son mis amigos; casi siempre son una bola de sangrones, pero me dejan estar con ustedes.
― Vámonos, ― le digo― la salida esta cerca.
El camino se hace muy largo; Edgar no vuelve a quejarse ni ha pedido que nos detengamos: al fin aprendió a sobrellevar la incomodidad, o tiene demasiada prisa por salir como para quejarse; su paso es lastimeramente lento.
Detrás de nosotros escuchamos un murmullo: un sonido indefinible que surge de varios puntos a la vez; ¿Un aullido?, ¿Un quejido?  Seguimos caminando.
Murmuro entre dientes: ― no hay nada raro aquí adentro. ― Seguimos volteando hacia atrás.
Algo se mueve al fondo de la galería: pareció un relámpago. En la oscuridad más absoluta algo va dejando rastros luminosos a nuestras espaldas.
Nos detenemos entre las rocas para descansar: la verdad estamos muy agotados como para correr.
La fuente del sonido se acerca, son muchas voces: de repente podemos ver claramente no una, una multitud de linternas que iluminan la caverna. Lo que se oye es una canción: es otro grupo que viene cantando.
Después del susto es doble el alivio el ver rostros amigables de nuevo.
El guía se acerca a nosotros: ― ¿Tienen problemas?
Seis o siete excursionistas se detienen alrededor de nosotros, cada uno con su bote a la espalda y una linterna en la frente: Les contamos todo lo que ocurrió.
― Puedo prestarte unos zapatos. ― Propone uno de ellos; Edgar sin salir de su asombro acepta de inmediato.
Acompañar a esta gente resulta más agradable que seguir a Bernardo: ellos van con calma, disfrutando del momento. Nos ofrece cacahuates uno de ellos; reanudando la marcha nos unimos al coro para cantar "El rey" y otras canciones.
Aproximadamente un kilómetro antes de llegar a la salida una tenue coloración rosada se percibe en las paredes: es la luz del exterior que, rebotando a través de la caverna, llega disminuida hasta la profundidad engañando la vista, porque no es claridad mi oscuridad y nos hace creer en un pronto final, el cual se dilata caprichosamente.
Ansiosos damos las últimas vueltas a la gruta, pensando que la salida esta en el siguiente recodo.
Por fin, cuando el cansancio pesa sobre nuestras espaldas y las piernas flaquean nos encontramos quizás con la imagen más impactante de nuestras vidas: la luz del día entrando como torrente en la inmensa caverna, en la que fácilmente cabría un velero.
El aire fresco nos intoxica con su frescura: sentimos emerger de un mundo de sueños; siento que podría tocar el filo de las sombras, parecen tan sólidas como la roca que las proyecta.
Flotamos para salvar el último tramo de agua; a la izquierda se abre la boca de otra caverna, más profunda, más misteriosa: un reto para otra ocasión.
Las aguas de ambos ríos se combinan, una es más fría que la otra; juntos forman al río Amacuzac. La aventura termina allí: en el fondo de otra barranca; una escalinata de piedra nos llevara hasta el mirador de las grutas de Cacahuamilpa.
Sobre la playa al pie de las escaleras dormitan plácidamente Bernardo, Efrén y Felipe: en medio de los tres hay una bota.
Apenas levantando la cabeza dice Bernardo: ― No lo vas a creer, la encontramos casi aquí afuera.
No sé Edgar, pero yo, no le creo.

sábado, 15 de diciembre de 2012

LIBROS PARA COMER, LIBROS PARA VIVIR




           

Dentro de las paredes del sanatorio del perpetuo socorro hay un silencio roto por una voz femenina que pausadamente lee en una habitación. El resto del sanatorio esta vació: las habitaciones con camas perfectamente tendidas, la sala de espera, los consultorios y los pasillos. En numerosos rincones se ha trasminado humedad en las paredes y las bisagras de las puertas empiezan a oxidarse. Desde su oficina el Doctor Martínez escucha la voz de su enfermera apenas como un susurro. Por la ventana de su oficina entra la luz del crepúsculo; en unos minutos se hace la oscuridad.  El doctor apenas levanta la vista, esta absorto en las operaciones aritméticas, ayudado con una calculadora de bolsillo, anotando cifras en el libro de contabilidad, a cada momento los números se vuelven más alarmantes.
Descansa la vista por un momento y limpia sus lentes con una servilleta: en ese momento percibe un aroma de incienso y copal que le resulta familiar.
Se coloca los lentes y voltea, junto a la puerta aún cerrada permanece ella: con un traje largo de color azul, con un ostentoso collar dorado al cuello, cadenas y pulseras en sus huesudas manos, un rostro blanco y arrugado, enmarcado con una abundante peluca negra.
― Buenas noches Doctor, ¿cómo ha estado?
― Señora, como siempre su visita es una sorpresa;  en vista de las circunstancias debe haber venido por mí, o por mi hospital.
La mujer se sonríe, con una hilera de dientes nacarados perfectamente alineados.
― No vengo por ti Rodrigo. Y sobre tu hospital: a veces los objetos tienen alma, y esta puede estar en un objeto mas pequeño dentro del otro; así que por lo que a mi respecta tu y tu hospital son uno mismo.
La voz de su enfermera repentinamente resuena mas fuerte, la escucha un instante y después mira a la mujer.
― Vienes por él ¿verdad?
― En realidad tengo curiosidad, cuéntame acerca de tu paciente.
El doctor Rodrigo Martínez se levanta, se pone su bata y sale al pasillo acompañado de la mujer.
Eugenio es un amigo de la infancia, lo vi unas cuantas veces después de que me fui del barrio. Es un artista, pintor y escultor; durante muchos años se dedico a la bohemia.
Tuvo varias esposas, perdió dinero y posesiones al divorciarse de cada una de ellas.
Su último divorcio fue el peor de todos: la mujer le exigió entregarle todos los dibujos y pinturas que Eugenio hizo de ella. Cuando los obtuvo: los quemo.
El doctor entre abre una puerta desde la que pueden ver a Juana la enfermera leyendo un libro para Eugenio.
No sabía que era diabético hasta la noche que se entero de lo que su ex esposa hizo.
Desde entonces ha empeorado. Ha perdido casi por completo la vista: No me imagino lo que es para un pintor quedar ciego. 
Cierra la puerta y regresan con paso lento hacia la oficina.
Encontré a Eugenio en un restaurante; iba de mesa en mesa ofreciendo los libros de su biblioteca; los estaba vendiendo para poder comer; todos sus preciosos libros,  los había malbaratado  para obtener unos cuantos pesos.  El casi no me reconocía, pero acepto venir conmigo al sanatorio: ha vivido aquí desde entonces.  Cada tarde a las seis Juanita se sienta a leerle alguno de mis libros, ha dicho que ese es el único placer que le queda en la vida.
¿Puedo preguntar el porqué de su interés?
― Hasta hace algún tiempo él me buscaba con ansiedad, incluso intento acabar con su vida con sus propias manos; pero como muchas veces te lo he dicho, cada quien tiene su tiempo y no estoy ansiosa por recoger a los que me claman sin haber cumplido su tiempo.
Tu amigo agoto su tiempo, pero ya no me busca;  eso fue lo que despertó mi curiosidad.
― ¿Te lo vas a llevar?
― Ustedes creen que soy despiadada, no comprenden que ustedes mismos se aprestan a mis brazos.  No, no me lo llevare aún, se ha ganado el derecho a decidir cuando llamarme, así que lo dejo a tu cuidado Rodrigo.
― Vaya manos en que lo dejas; con suerte seguiremos abiertos una semana.
― ¿Crees que no se lo que hago?  Ten confianza, las cosas suceden.

Pasa de la media noche, en las calles del centro de la ciudad Gúmaro se guarece entre las sombras, esperando a transeúntes desorientados que se arriesguen a cruzar los callejones.
Una figura alta y delgada se pasea por las calles con despreocupación, justo lo que Gúmaro espera.  Salta de las sombras interponiéndose en su camino, justo bajo un poste de luz.  Le muestra amenazante el filo de su navaja.
― Te estaba buscando Gúmaro. Le dice ella sin mostrar sorpresa.
― No te hagas la lista puta, cállate la boca y quítate las joyas. ― El asaltante se pone nervioso.
― Aún no me reconoces: vamos, entierra tu cuchillo; ¡Hazlo si tienes los huevos pinché cabrón!
El hombre azuzado lanza una cuchillada en el vientre, pero después de rasgar el vestido no siente nada debajo de este.
― Al fin nos entendemos. ― Sonriente, la mujer avanza hacia el hombre; este ha soltado el cuchillo y se santigua.
― ¿Quién eres?  ― El hombre se siente desfallecer cuando la piel del rostro adquiere un tono cadavérico y los ojos de la mujer se sumen dentro de sus cuencas. Una mano huesuda lo sostiene  del mentón obligándolo a verla.
― Soy Mictecacíhuatl, señora del inframundo, recolectora de almas.  Tu navaja Gúmaro ha mandado muchas de ellas a mis manos; no me temas, no he venido por ti. Vengo  a que me hagas un favor.
Lo suelta, Gumaro se tapa los ojos y se estremece, la mano de la mujer vuelve a tocarlo, ahora puede sentir piel en sus dedos, vuelve a mirarla y ve que ha recobrado su forma humana. Aún temblando el hombre pregunta ― ¿Cual favor?
― Hay una casa abandonada, en ella vivió un viejo avaro. Murió sólo, nunca le dijo a nadie que a lo largo de los años fue juntando monedas de oro. Todavía están allí escondidas 50 monedas. Te diré donde están, pero tienes que dárselas a quien yo te diga; como recompensa podrás tomar una de cada diez monedas, pero ni una más, y pobre de ti,  si tratas de engañarme.

Llega un hombre al sanatorio del perpetuo socorro: pide hablar con el Doctor Martínez. Sentado en la oficina voltea a su rededor, a pesar de su talante de matón su mirada es temerosa. Sobre las piernas sostiene una petaca deportiva, agarrada con las dos manos.  Rodrigo Martínez lo saluda al entrar y se extraña del nerviosismo de este, así como de sus oscuras ojeras.
― ¿Se siente usted bien?
― Tengo un encargo para usted, de parte de la señora Blanca.
Le extiende la petaca intentando mostrar una amable sonrisa. El doctor la toma con desconfianza, se siente pesada. Observa el contenido y atónito vuelve a mirar al hombre.
― Son cincuenta monedas doctor, ¿Puede decirle a la señora que quise dejarle a usted mi parte?  Voy a cambiar, ya no haré lo que hacía antes, ¿Le puede decir eso?
― Por supuesto, si la vuelvo a ver se lo diré.
― Muchas gracias doctor.
El hombre se levanta dispuesto a irse, pero Rodrigo Martínez le detiene.
― Oiga amigo, ¿no le gustaría quedarse a comer? Después de todo se ve usted muy cansado.
― No querría estar cerca de mí si me conociera doctor.
― Acaba de decirme que va a cambiar ¿Verdad? ¿No es esta una buena forma de empezar a hacerlo?
Gúmaro acepta por fin: acompaña al doctor hasta la cocina. A la mesa están sentados Eugenio y Juanita; ambos se sientan y comparten el almuerzo.
Las cosas suceden.

martes, 9 de octubre de 2012

EL CUIDADO DE LOS OJOS


“Es inconcebible” pensaba Selene. “Nadie puede tomar este equipo obsoleto y llevarlo a la bodega”.  Ella tiene que cargar las cajas, subirlas al elevador y llevarlas hasta el sótano.

Mientras desciende dentro de la cabina, rodeada de monitores, teclados y CPU´s Selene piensa en como pudo llegar a tal grado la escases de mano de obra que se ve obligada ella, una ingeniera en sistemas, líder de proyecto y jefa de departamento, a hacer el trabajo pesado que le correspondería a sus subordinados.
No es que le canse cargar todo el equipo, siente que nadie la respeta allí, pareciera  que solo es una máquina más en esta compañía.
Selene se ve el rostro en el espejo de la cabina: se lleva la mano a las arrugas junto a los ojos, con preocupación constata que la crema que se aplica todas las noches no esta desapareciendo su resequedad en la piel.
Las puertas del elevador se abren en el nivel del sótano, tampoco allí hay nadie que le pueda ayudar. Bloquea el cierre de la puerta del elevador con una caja y sale a buscar la plataforma de carga.
Selene recorre los pasillos del sótano jalando la plataforma, buscando un lugar donde colocar su carga entre muebles en desuso, archiveros, cajas apiladas y cubiertas de polvo.
En un rincón de la bodega encuentra una caja que extrañamente le llama la atención: de madera, dos metros de largo, sesenta centímetros de ancho y sesenta de alto, cubierta con caracteres japoneses. Se acerca con curiosidad, puede ver las cintas de embalaje rotas y entre la escritura japonesa aparece en letras occidentales su propio nombre: “Selene”.
Su siguiente recuerdo es estar frente al espejo del baño de empleadas untándose crema para la resequedad de los ojos.
Esa noche y muchas otras más soñara que abrió la caja y se vio a si misma en ella. Una versión gastada y obsoleta de Selene, sus defectos más visibles eran las profundas grietas en la reseca piel sintética alrededor de los ojos. 

martes, 18 de septiembre de 2012

¡LLAMAME!



En la oficina el día trascurre con la placidez de siempre; los empleados trabajan o fingen que trabajan, esperando que el reloj marque las seis.
Raúl atiende sus tareas, pero desde el medio día no se le ve tranquilo.  Marca una y otra vez su teléfono celular y espera ansioso que Eva le conteste.
Pero una grabación le contesta: el número que usted marco se encuentra temporalmente fuera de servicio.
Incapaz de concentrarse, Raúl deja su escritorio y camina por entre los cubículos, pensando obsesivamente en lo que estará haciendo Eva. Durante la hora del almuerzo se la pasa marcando el teléfono una y otra vez; por el radio se entera de la falla general de los servicios de telefonía celular en gran parte de la ciudad, lo que no lo tranquiliza en absoluto; piensa que esta es la oportunidad para que Eva haga algo. El mismo se pregunta ¿Qué puede ella hacer? Teme responderse.
Decide no regresar al trabajo; sale a la calle a enfrentar un viernes de quincena y una ciudad desquiciada.
Llega a casa horas después; sube los cinco pisos del edificio con un solo pensamiento en mente. Con ansiedad mete la llave a la cerradura y entra al departamento.
Encuentra a Eva; sentada en su silla de ruedas y con el teléfono celular en la mano.
― ¿Qué te pasa pendejo? Te estuve llamando todo el día y no me contestas ¿Dónde estabas? ¿Con quien andabas? ¿Por qué no llamaste?
― Perdón amorcito, trate de hablarte, en serio, pero no se pudo.

jueves, 2 de agosto de 2012

LA CIUDAD EN LA ORILLA DEL MUNDO



El automóvil recorre las callejuelas de la ciudad a una velocidad aterradora. Leonardo conduce concentrado en el camino, sus manos sostienen firmemente el volante, su mirada nerviosa recorre todo el campo visual al frente, de rato en rato se quita el sudor de la frente.  No puede permitirse equivocar una vuelta en este torcido laberinto de casas y calles truncas, el tiempo apremia, no sabe si atrás de ellos vienen los perseguidores que intentaran cerrarle el paso, averiguarlo puede ser su perdición.
Al manejar Leonardo tampoco deja de pensar en Sofía. A su lado Sofía va pensando en el guardián, regocijándose de la forma en la que se hicieron cargo de él.
Ella caminando desde la esquina con ese paso sexy  tan natural e infalible. El polizonte viendola sin quitarle el ojo de encima. Sofía acercandose, mostrando el amplio escote de su blusa y la ausencia de sosten. Una sonrisa coqueta es suficiente para hacerlo perder la cabeza. Y Leonardo, que se acerca por la espalda le da un garrotazo.
No saben si murió, pero le quitaron la llave.  Ahora Sofía juguetea con ella, girando el arillo alrededor  de su dedo índice, reflejando la luz del sol.
Calle tras calle, quemando llanta en las vueltas, Leonardo lanza el auto hacia el fondo cerrado del callejón, con la fe de que antes de chocar encontrará un improbable camino lateral.
Sofía imperturbable mira las calles que pasan, comprobando la precisión de las instrucciones para llegar.
Se perciben ya las señales de que se acercan a la orilla del mundo.
Abruptamente termina la calle desierta, se convierte en un camino peatonal. Sin bajar velocidad Leonardo sube el coche a la banqueta, dejando trozos de salpicadera en las paredes.
La última vuelta es en ángulo recto, demasiado estrecha para poder dar vuelta.
Se detienen, el motor deja de sonar, se escucha el silbido del radiador y algunos crujidos del fatigado automóvil.
Leonardo y Sofía se dan un momento de calma, ambos en silencio, escuchando sus agitados corazones y la calle, la cual permanece en absoluto silencio.  No hay  perseguidores, o están muy lejos aún.
La pareja abandona el vehículo, cargan al hombro cada uno su mochila y siguen el camino a pie.
La tarde avanza y la noche se aproxima, caminan con prisa por el callejón de altas paredes sin fachadas, pintadas con graffitis subversivos que en otros puntos de la ciudad no serian tolerados. Entonces encuentran la puerta, de lamina negra, pequeña y humilde.
Leonardo pide la llave, Sofía se sonríe, juguetea una vez con ella y la mete en la cerradura. Entra con sublime suavidad y gira sin resistencia alguna.   Se toman de la mano y se besan.  Las bisagras rechinan al abrir y un aroma a tierra y a pasto, que pocas veces han percibido, llena sus sentidos.
Cruzan el umbral, antes de cerrar tras de ellos miran los callejones desiertos, vacíos de transeutes y perseguidores.
Del otro lado no hay calle, solo una barda desnuda, levantada sobre la tierra virgen,  siguiendo una línea irregular que se retuerce sobre si misma varias veces.
Caminan escuchando el eco de sus pasos sobre el ladrillo desnudo, no hay ventanas ni puertas, es una frontera poderosa, nada de la ciudad puede atravesarla sin cruzar por la pequeña puerta, ni el aire ni el sonido.
La pared queda atrás, se detienen para mirar, Leonardo sonríe y aprieta con fuerza la mano de Sofía, frente a ellos se extiende una pradera silvestre que se pierde de vista a lo lejos, los cerros que se elevan tras el horizonte y un cielo azul  e infinito, que es fuego y es hielo al ocultarse el sol.
-          Estas son las tierras baldías.  - Dice Leonardo- Son todas para nosotros dos, Sofí.
Leonardo da un paso al frente, pero Sofía se queda parada en su lugar.
-          Espera -, dice ella - ¿ esto es todo?
-          Es la libertad que tanto soñamos. Podemos ir y hacer lo que queramos, no hay un hermano mayor que nos este vigilando
-          Pero aquí no hay nada. Esperaba otra ciudad, otras personas.
-          Vamos, no va a ser tan malo.
Sofía se zafa de Leonardo y da un paso atrás.
-          Estará bien para ti que te crees Robinson Crusoe, pero yo no voy a vivir en una miserable choza que construyas.
-          ¿ Que pasa Sofí, porque me haces esto?
-          Nunca me dijiste que fuera así.
La noche ha caído, la oscuridad es absoluta hacia la pradera, un fulgor ilumina por atrás la pared. Hacia ella se dirige Sofía con paso decidido.
Leonardo la mira a ella y al campo alternadamente.
-          Espera Sofía, mira allá.
Sofía voltea hacia donde Leonardo señala, una pequeña luz  que brilla entre la negrura y bajo las estrellas.
- Ya vez, hay mas gente allá.
-          O puede ser una trampa para tontos.
  Replica Sofía con sarcasmo, sigue su camino de regreso, pero a la mitad se detiene y va  tras Leonardo. El  se ha sentado en la hierba, encendió una lampara y se ha cambiado de ropa.
-          Oye Leonardo, ¿ en serio te vas a ir?
-          Si, me voy Sofía.
-          Y no piensas regresar.   
Leonardo se sonríe.
-        Yo también te voy a extrañar.
-          Entonces no te importara que me quede con tu coche, ¿verdad?
La sonrisa desaparece, Leonardo saca las llaves de su mochila y se las da sin voltearla a ver.
Ella las toma, radiante de alegría, se aleja corriendo y dando brincos por el camino.
Leonardo se levanta  y carga su mochila a la espalda.
“ En realidad ella nunca fue mía”.  Reflexiona, mira por última vez la ciudad tras el muro y emprende su marcha rumbo a la  noche.