domingo, 10 de abril de 2016

CLONES


 La carretera se extiende a través de los campos verdes, subiendo y bajando colinas.
El motor eléctrico de un automóvil compacto de dos pasajeros emite un ligero zumbido mientras recorre el camino rural. Los dos pasajeros disfrutan de la brisa con las ventanillas abiertas.
- Dime Alejandro, ¿Cuando te diste cuenta de que no eras normal?
Alejandro sonríe, a su memoria acuden los recuerdos de la infancia.
- Me lo dijeron en el colegio, tu sabes, en esas clases extra para alumnos especiales; me prepararon todo un año para darme la noticia. ¿Sabes? desde chico ya me lo imaginaba: mis padres hablaban de una forma rara cuando se referían a mi; siempre tuvieron cuidados especiales para mi, ponían mucha atención en detalles, que yo creía insignificantes, de lo que hacía o me ocurría.
- Igual que a mi. - Comenta Cesar sin despegar la vista del camino mientras conduce el automóvil. - Nada mas que yo descubrí en uno de los cajones del ropero el acta de adopción.
- ¿En serio? ¿A que edad?
- A los diez años, mis papas tuvieron el descuido de no esconder esos papeles.
- ¿Te afecto de alguna forma?
- Tal vez si, no sé.  Cada quien se siente confundido al enterarse, yo no supe que pensar de  mi durante mucho tiempo; pero la gente de la empresa me ayudó, ya superé todo eso.

Cesar y Alejandro descansan del largo viaje en la terraza de un restaurante de un pequeño pueblo; disfrutan unas cervezas heladas.
Se acerca la mesera: -Disculpe señor, la caja no acepta su tarjeta de crédito.
Cesar replica contrariado: ¿Que no la acepta? Debe haber un error.
- A veces falla el sistema, señor.
Interviene Alejandro: Pruebe con la mía señorita.
La mesera se lleva la tarjeta. Un par de minutos después regresa.
- Esta listo, gracias por venir.  Regresa las tarjetas a su correspondiente dueño.
Antes de retirarse, incapaz de resistir la curiosidad, la mesera pregunta: -¿Ustedes son gemelos?, es que noté que sus apellidos no son iguales.
Cesar y Alejandro se ven entre si, divertidos, preguntándose quien responderá.
Responde Cesar: ¿Has oído hablar de los clones?
La muchacha se ruboriza: - Ah si, claro, disculpen. Con una sonrisa de compromiso se retira.

Se conocieron un día en que ambos fueron a que les extrajeran sangre. Después de la primera impresión, la cual fue como verse inesperadamente ante un espejo, rieron con esa carcajada que gorgorea en sus gargantas de forma idéntica. Para ambos era la primera vez que encontraban un clón de su mismo origen; desde aquel momento se hicieron inseparables.

El aire matutino condensa la respiración de Cesar: el aire de la montaña lo revitaliza.
Trota por las veredas del bosque, rodeado de pinos y oyameles. Llega a un valle verde salpicado de grandes rocas.
Sentado sobre uno de los peñascos, Alejandro dibuja a lápiz los monolitos.
Desde el pie de la roca Cesar le grita: - Mira que panza tienes, no puedo verte así; ven vamos a correr.
Sin levantar la vista de su dibujo replica Alejandro: -No tengo panza.
- Claro que si, anda flojo vamos.
Alejandro se levanta; antes de bajar se queda mirando el paisaje a lo lejos.
El viento agita sus cabellos y el sol ilumina su figura recortada sobre el diáfano cielo azul. Cesar se siente impresionado ante la imagen: todos los clones han sido hechos hermosos, geneticamente diseñados para alcanzar la perfección; pero lo que siente Cesar por Alejandro es algo más que admiración, entre ellos hay una profunda empatia, la identificación del uno en el otro.  Un sentimiento no muy alejado del narcisismo; desde pequeños se les enseño a cuidar y querer su cuerpo para un fin elevado, y una forma de quererse uno es querer y cuidar a quien es virtualmente él mismo.

Alejandro sufre para seguir el paso de Cesar. Se detienen junto a un pequeño arroyo y Alejandro se agacha para refrescarse la cara.
- Deberíamos hacer un club. - Comenta Cesar - Buscaríamos a todos los clones como nosotros, nos reuniríamos cada mes para comer y platicar, podríamos hacer tantas cosas.
¿Cuantos seremos?, ¿veinte?
Aún agachado Alejandro responde: - Trescientos cincuenta, hasta ahora.
- ¿Como lo sabes?
- He visto los registros de la empresa: la mitad de ellos son niños todavía, no saben de su origen. No creo que la empresa nos permitiera hacer un club.
- ¿ Porque no ?
- Sería muy notorio que cientos de gemelos idénticos se reunieran cada mes; los ultra conservadores podrían hacer algo contra nosotros.
- La empresa no lo permitiría: están en todos lados y lo saben todo.
Confías demasiado en ellos.
- No sé de donde sacaste tanto pesimismo.
- Lo herede de mi madre adoptiva.
Cesar se levanta: - Ya estuvo bueno de descansar, todavía nos faltan cinco kilómetros; anda, alcánzame.
Foro de discusión  de la liga  pro defensa de la moral
Furioso: Desde hace dos semanas hay dos clones en mi pueblo, de los más depravados, queremos que se vayan.
Marin: ¡Mueran los clones y los homosexuales!
Tina: Solo dios puede crear al hombre, los clones son blasfemias.
Jose: Si, son unos zánganos, no saben hacer nada los inútiles.
Furioso: ¿Como me deshago de ellos?
Jose: ¿ Han hecho algo raro?
Furioso: Nada en público, se la pasan los dos juntos todo el tiempo, seguro harán sus cochinadas cuando están solos.
Marin: ¡ Mueran los clones y los homosexuales!
Jose: ¿ Cuanta gente te apoya?
Furioso: toda la gente decente del pueblo.
Jose: ¿el presidente municipal?
Furioso: el no se mete en esto, es un político y no quiere problemas antes de la campaña.
Jose: Denles un susto, a veces con eso basta.

Después de pasar el día en el campo Cesar y Alejandro regresan al pueblo; encuentran una pinta en la pared de la casa que rentan:
FUERA  ENGENDROS
Entran en la casa sin detenerse a observarlo. Pero adentro estallan indignados.
- ¿Porque nos hacen esto? ¿Que daño les hemos hecho?  -Exclama Cesar.
- No debimos andar diciendo que somos clones.
- ¿Pero que tiene de malo? Somos gente como cualquier otra. Es más, muchos de ellos nos deben la vida.
- La gente de aquí no es tan liberal como la de las ciudades; quizá deberíamos irnos.
- ¿Solo por una pinta ? No, hemos planeado este viaje por mucho tiempo.

Como si un mal viento soplara: helado y lleno de presagios; el pueblo cambia para Cesar y Alejandro. La calidez de su gente se vuelve frialdad, detrás de puertas y ventanas, en la gente con la que cruzan, miradas de odio y desprecio.
Al toparse con la hostilidad de sus vecinos, constantemente, Cesar no deja de murmurar:
 - Ellos están mal, nosotros no.
El desprecio de los demás lastima el orgullo de ambos y solo reafirma su determinación de seguir en ese lugar.
Después de otro paseo en el campo Alejandro dice:  - No me siento bien.
Cesar suelta una mano del volante par sentir la temperatura del cuello de Alejandro.
- Tienes fiebre y estas algo pálido; llegando a casa te metes a la cama y te tomas unas aspirinas.
La fachada de la casa ha sido rayada con nuevos insultos y consignas contra ellos.
Sin preocuparse entran a la casa, encuentran sus pertenencias destruidas y regadas por la habitación. Alejandro se agacha para recoger su libreta de dibujos, hecha trizas con saña.
Cesar lo jala hacia la cama: - Vamos acuéstatedespués limpio todo esto; ahorita te traigo un jugo y las pastillas.

En el camino a la farmacia Cesar va haciendo oscuras cavilaciones. Ese odio irracional hacia los de su tipo es una molestia con la que se encuentran cada vez con más frecuencia. Sus enemigos se escudan en la ortodoxia moral y en el fundamentalismo religioso más radical para atribuirles todos los males imaginables, aunque las leyes garantizan igualdad de derechos sin distinción de raza o concepción la sociedad, volviéndose más conservadora, trata de apartarlos, tratándolos como especímenes de laboratorio. De no ser por la empresa quien sabe hasta donde hubieran llegado las cosas.
- Una caja de aspirinas, por favor.
- No tenemos.
Cesar voltea a ver por primera vez al vendedor de la farmacia, un joven no mucho mayor que él, en sus ojos brilla el mismo odio fanático que ha visto últimamente.
- ¿Como que no tiene? Las estoy viendo desde aquí.
- Usted no entiende, aquí no tenemos nada para usted.
- ¿Que dice?
- Cuando les pedimos que se fueran no nos hicieron caso; ahora nadie en este pueblo les dará nada.
- Mi amigo necesita la medicina ¿No entiende?
- Ustedes han traído el mal a nuestro pueblo.
- No diga tonterías; mire, ve ese frasco de allí, esa medicina se elabora a partir de la sangre de gente como nosotros.
- Sí, ustedes son los que salvan la vida a los sidosos: son la salvación de drogadictos y homosexuales.
- Oye, también salvamos del cáncer a tu abuelo o a tu tía, o que se yo, tal vez tú también nos debas la vida.
- Yo no les debo nada, clones de mierda.
Un murmullo a sus espaldas hace voltear a Cesar: una multitud se esta formando alrededor de la farmacia. Deja el mostrador y se abre paso entre la gente antes de que la turba se cierre sobre de él.   La gente lo empieza a seguir; de reojo Cesar los voltea a ver: aparecen los primeros palos y piedras. Corre con todas sus fuerzas, escucha el zumbar de los proyectiles que le avientan; solo algunos jóvenes tratan de darle alcance, los demás se toman su tiempo.
Algunas calles adelante Cesar los ha dejado atrás; entra apresurado en la casa, cierra la puerta con llave; recuerda que antes ya han entrado con el cerrojo puesto; sube a la habitación y atranca la puerta con el tocador y el buró.
Alejandro levanta la cabeza de la cama y pregunta: - ¿Que pasa? - Su piel esta amarillenta y tiembla sin control.
- Tu no te preocupes, voy a llamar al número de emergencia, la empresa va a tener que rescatarnos.
Los vidrios de la ventana estallan en mil pedazos; una lluvia de piedras acribilla la casa.
Cesar y Alejandro se protegen tras uno de los colchones arrinconados contra la pared.
Un rato después el apedreo cesa, por la ventana rota se ve la luz de las patrullas.
- Abran es la policía.
Cesar se levanta de su refugio y abre la puerta: - Por fin, ya era hora.
Un tropel de policías entra empujándolo; lo tiran al suelo y lo esposan. Cesar y Alejandro son llevados a la comandancia municipal.
A la mañana siguiente llega la empresa a rescatarlos: se retira la acusación de incitar la violencia y son puestos en libertad; una ambulancia aérea se llevo a Alejandro al hospital.
Foro de discusión  de la liga  pro defensa de la moral
Furioso: Malditas compañías, sus negocios diabólicos llevan a la humanidad a la perdición.
No hay respuesta.
Furioso: las malditas trasnacionales nos invaden con sus clones, quieren vernos arrodillados, quieren que se les adore, son los nuevos carneros de oro, los nuevos ídolos paganos.
Lidia: ¿tienes algún problema con la I.P.?
Furioso: no es la iniciativa privada, son esos gigantes que hacen de todo.
Lidia: Pues suenas como esos rojillos.
Furioso: ¡yo no soy un pinche izquierdista!
Lidia: Ya vez, hablas igual que ellos.
Jose: ¿Que te ha pasado furioso?
Furioso: todo esto es tu culpa jose, te pregunte como deshacerme de esos malditos clones, tu me dijiste que los asustáramos.
Jose: Yo dije que les dieran un susto, no que intentaran lincharlos.
Furioso: Por seguir tu consejo me han cortado el suministro de mi farmacia, nos han subido el precio de todo, la gente de aquí no puede vender sus productos. Y todos me echan la culpa a mi.

Jose: la culpa es tuya, no supiste hasta donde llegar, con las empresas nadie se puede meter.
Furioso: esta bien, digamos que fue mi culpa; ahora ¿que hago?
Jose: Mudate a otro pueblo.

La luz del sol entra por la ventana del hospital; brillantes edificios de cristal se elevan enfrente; abajo por una fluida y silenciosa avenida los ciudadanos se trasportan en sus vehículos eléctricos.
Alejandro con el rostro demacrado mira hacia afuera desde una silla.
- Hola, ¿Puedo pasar? 
Junto a la puerta Cesar lo mira.
-¿ Como te dejaron entrar? Pregunta Alejandro sorprendido.
- Te traje un regalo. Cesar le da un libro; Alejandro lee el título.
- Siempre quise leerlo.
Los dos permanecen en silencio.
- Es hepatitis ¿sabías?
Cesar asiente.
- No voy a poder dar sangre, ya no soy útil para la empresa.
-No te preocupes,- le anima Cesar,- todo va a estar bien.
- Nacimos para hacer esto: somos clones trasgénicos, nuestra sangre contiene la medicina más maravillosa que existe; pero eso no me libra de una simple hepatitis, ahora mi sangre esta contaminada y no sirve para nada.
- Estoy seguro de que la empresa te ayudara.
- La empresa, la empresa, quieres olvidarte de ellos por un momento, ya me canse de que mi vida gire alrededor de ella.
- Todo esto te pasa por negativo, siempre le ves el lado malo a las cosas; ahora ¿que vamos a hacer?
- Diras qué voy a hacer yo, tu vas a seguir disfrutando la vida, mantenido por la empresa.
- Por si no te has dado cuenta somos la misma persona: vivirás conmigo, lo que me den por mi sangre alcanzara para los dos.
- De ninguna forma, no dejare que hagas eso, ademas ya te dije que estoy cansado de que vean por mi todo el tiempo.
- Entonces ¿que vas a hacer?
Alejandro voltea a la ventana, mira el incesante tráfico de la avenida; da un profundo suspiro impregnado de angustia.

- Supongo, que tendré que buscar trabajo.

sábado, 6 de febrero de 2016

PASADOS Y FUTUROS

Era demasiado fácil para ser cierto, es tipo corrió como loco hasta la media calle, agitando los brazos. Corrí sin pensarlo para alcanzarlo, me metí al agua, chapoteando a cada paso, casi se me salen los zapatos. El agua me llega hasta la cintura, más profunda de lo que imaginé. Lo alcance antes de que me volteara a ver.
Me lance sobre él para tirarlo; caímos ambos a esa agua putrefacta que salía de las alcantarillas a borbotones. Por un momento me desoriente, sumergido en el agua sucia, se metía a mi boca y a mi nariz.  Me levante tan pronto como pude. Antes de volver a respirar me arquee para vomitar.
Tosía sin recuperarme, cuando vi al otro. Se había parado y caminaba hacía padre con decisión. No me había percatado que se había detenido a unos metros de su automóvil, sumergido en la inundación, nos miraba con asombro. No había tiempo que perder, todo estaba a punto de ocurrir. Debía evitar que el otro llegara hasta él.
Corrí a pesar de la nauseas, tire mi chamarra porque mojada pesaba como una tonelada. Llegue hasta el otro, dispuesto a sujetarlo por el cuello, pero  volteo y me golpeo con el antebrazo. Me aturdió un momento y volví al ataque; no necesitaba ganarle al tipo, solo detenerlo lo suficiente.
Pero entonces sucedió, de la forma como nunca me había imaginado.  Al dar un paso mi zapato desapareció del pie. Quise pararme pero trastabille, caí de bruces, el agua volvió a cubrirme, al salir y tomar aire por última vez vi que el otro trataba de sujetarme, pero era demasiado tarde, sentí la succión de la alcantarilla abierta en mis talones y no había forma de sujetarme. La corriente me jalo hacía la oscuridad, estaba seguro que iba a morir.

Odio los hospitales: por mucho que limpien, que perfumen, las paredes están impregnadas de muerte. No estaría aquí de no ser por mi padre, cuando salga de aquí, mi vida no volverá a ser la misma.  Se despierta después de estar inconsciente todo un día. Pregunta por la fecha, estoy tentado a mentirle, hoy es el día que ha mencionado una y otra vez durante 29 años. Pienso en decirle que fue ayer, pero le digo que es hoy; creo que mi lealtad, más de la que pensé que tenía, me impidió mentirle.
Me mira un largo rato, como si en su debilidad las palabras se quedaran atoradas sin poder salir. Tienes que ir a evitar que caiga por el hoyo.
Dejarlo aquí, solo ante lo inevitable mientras voy a perseguir fantasmas; No, eso nunca.
Mírame, esto es lo que vas a evitar, todos estos años solo me han traído enfermedad y sufrimiento. Sé que no voy a pasar de este día, así que te lo pido como mi última voluntad. Ve y no dejes que caiga en la alcantarilla.

El cielo empieza a ennegrecer y la temperatura está descendiendo, muy pronto estarán cayendo las primeras gotas y después el cielo se nos vendrá encima.  A lo lejos veo las luces del semáforo ponerse en rojo, no hay automóviles sobre la avenida, es mi oportunidad de cruzar y echarle un ojo.
Es una alcantarilla cualquiera a la que le han robado la tapa. Alrededor de ella han colocado piedras para evitar que los automóviles caigan en ella. Puedo parame en la orilla por unos segundos y ver su negrura, calcular con que holgura alguien puede caber  por ella. Quizá con suficiente  fuerza en los brazos pueda alguien sostenerse,  pero son toneladas de agua, el torrente sería intolerable.  En algún lugar allá abajo se abrirá una grieta en el tiempo, quizá ya esté abierta, podría ser que si diera el siguiente paso y me dejara caer viajaría veintinueve años atrás, hasta el sótano de un edificio colapsado por los sismos de 1985.
Tal vez la grieta fue la causa de los sismos. No sé lo que pasara después, si la grieta se cerrara o se abrirá hasta tragarse la ciudad.
La luz ha cambiado a verde y los automóviles reinician su carrera sin fin. Corro a la banqueta y busco guarecerme. La primera gota de un diluvio cayó sobre mi frente.

No tienes que quedarte hijo, yo estaré  bien. Veo que mi ciclo termina hoy, cuando por fin regreso a la época que deje, esperaba vivir más allá de este día, pero así son las cosas.
Iría yo, de poder hacerlo, asegurarme que se cierre el bucle temporal. Tendrás que ir tú.
Si, ya sé que no quieres hacerlo, pero entiéndelo, yo estaré bien, es un viaje que ya he realizado. Caer por el ombligo de la diosa Meztli; es un honor, es un deber y tú tienes que asegurarte que cumpla con mi destino.

¿Cómo explicar lo que se siente, lo que se piensa al recibir la llamada? El alma se agita, los sonidos y la luz del ambiente se cambian. Estuve preparándome para el momento, aun así es más duro. Guarde el celular y voltee al cielo. La lluvia cayó sobre mi rostro y de cierta forma no lo sentí, fui insensible a la tormenta en el exterior mientras otra se revolvía en mi interior. El agua mojo mis tobillos, después mis rodillas.  La inundación me devolvió a la realidad. Trate de guarecerme, pero bajo esta tormenta es imposible no empaparse.
Al principio los automóviles circulan desafiando el encharcamiento, lanzando el agua a los pocos peatones en las banquetas. Un rato después más que circular, navegan, cada vez a menor velocidad, hasta que solo los más temerarios intentan cruzar. El nivel del agua sube hasta cubrir el cofre de los automóviles. Entonces lo veo, mi padre recién perdido, ahora treinta años más joven, baja del automóvil atrapado por la inundación. Camina desorientado, no buscando la banqueta sino la orilla más cercana.
Sé que le prometí hacer lo que me pidió, pero me siento indeciso.

No alcanzare a llegar; cuando salí del hospital el cielo hacia el sur era de un negro profundo. Quise razonar con mi padre, no podía dejarlo solo, pero empezó a gritar histérico, sus últimas fuerzas las empleo en hacerme venir. Lo deje al fin, rodeado de enfermeros que seguramente lo sedaron. Soy un miserable por sentirme aliviado al salir de la sala y del hospital, incluso al correr lo hago con una ligereza que hace mucho había olvidado .  Conduzco hasta el crucero que conozco muy bien. La inundación no me permite llegar con el automóvil, entonces me apeo. Pienso que es muy tarde, pero tal parece que el destino marca que este aquí justamente en este momento.

No puede ser, la alcantarilla se ha llevado a ese muchacho que intentaba detenerme cuando me acercaba a mi padre. Lo más increíble es que cuando quise ayudarle, extendió sus brazos mirándome y reconocí su rostro. Quizá lo habría podido salvar de no ser por la impresión.
Era idéntico a mí, al cerrar los ojos puedo verlo claramente en su desesperación. Era yo, o quizá era mi hijo, o pudo ser mi padre. Este embrollo del bucle temporal, de pasados y futuros mezclados es complicado.
Mi padre o quien creo que es mi padre se acerca con curiosidad, no entiende lo que sucede, él menos que nadie. Al verlo de frente veo nuevamente el rostro de mi doble que acaba de desaparecer. Los tres somos idénticos.

Lo comprendo entonces: no fue uno el que cayó o caerá por la alcantarilla, son dos.


domingo, 30 de agosto de 2015

LA MANZANA DORADA


Exactamente a veinticinco años de separarse, se reúnen los egresados de la generación 80-83 de la secundaría técnica numero 31.  Ese último día de clases se hizo la apuesta: En la reunión acordada para Junio de 2008 cada uno de los firmantes se comprometía a aportar un millón de pesos y aquel que demostrara haber logrado la mayor fortuna sería el acreedor de la bolsa.
Veinte firmaron, comprometiéndose a reunirse el día citado; a la media noche del día treinta, solo cuatro se presentaron en el salón de un hotel reservado para tal ocasión.
Por acuerdo de los asistentes se ajustó la cantidad para apostar en cien mil pesos. Así que en la pecera que colocaron sobre la mesa hay la cantidad de cuatrocientos mil pesos.
―Nadie más va a venir. ― Dice Javier mirando a su reloj de oro. ― Empecemos.
A la mesa están Javier, Oscar, Sergio y Carlos; en ese orden hablaran de sus meritos para merecer el premio.
― Bien, después de que salí de la secundaria estudie dos semestres en la preparatoria; pero la deje para empezar a trabajar para el S.N.T.D.R.M.  Ahora soy sub-secretario de acción política y presidente regional del Partido Conveniencia Nacional;  Fui diputado local en la pasada legislatura y estoy en precampaña para la diputación federal.
Lo que Javier no menciona es que durante años se dedico a extorsionar empresas con emplazamientos a huelga del Sindicato de Trabajadoras Domesticas de la República Mexicana, agrupación en la cual escalo posiciones como naufrago: agarrado con las uñas y pateando a su alrededor.
― Pues yo estudie la carrera de Derecho ― Prosigue Oscar. ― Pertenezco a un prestigioso Buffet de abogados, del cual me he propuesto ser socio.  Tengo cinco casas, he viajado por el mundo y creo sin dudas que soy el más  acaudalado de los cuatro.
Por supuesto Oscar evita decir que desde que estudiaba en la facultad se dedica a la distribución de drogas en pequeña escala, que ha estado dos veces bajo arresto y que ha salido gracias a costosos sobornos; que le han cancelado su visa para viajar a los Estados Unidos y que los socios de su buffet son tanto o más corruptos que él.
― En cambio yo he sido un empresario exitoso. ― Dice Sergio en su turno. ― He tenido numerosos negocios que me han dado una considerable fortuna; además a todas las mujeres las traigo muertas, y  mi esposa es de una de las familias más ricas de México.
Debe aclararse que la actual fortuna de Sergio le pertenece a su esposa y que los negocios que emprendió en su momento se fueron a la quiebra cuando sus clientes y proveedores fueron conociendo su tendencia a endeudarse y no pagar sus obligaciones.
Por último le toca su turno a Carlos:
― Pues yo soy contador y he trabajado  por casi quince años en una empresa de comercio exterior. Hice mi patrimonio con trabajo duro, ahorro y alejado de los vicios.
― Oye, ¿No acaso saliste de la cárcel apenas?  ― Le interrumpe Oscar en tono burlón.
― Sí, a eso iba. Me acusaron por fraude y pase dos años en el reclusorio norte; pero me acusaron injustamente.
― Eso dicen todos. ― Murmura Sergio provocando la sonrisa de los otros.
― Bueno, como decía, estuve en la cárcel dos años y en ese tiempo perdí casi todo el dinero que tenía, en abogados y en los pagos sin fin dentro del reclusorio, no sé si lo saben, pero es un infierno allá adentro y es mucho peor si no tienes dinero para las cosas más elementales, como el papel higiénico ¿Se lo imaginan?
Con voz fanfarrona Javier declara:
― Entonces estamos de acuerdo en quien es el primer eliminado ¿Verdad? 
― Esperen aún no termino, ― replica Carlos; una sonrisa se dibuja en su rostro. ― Estoy seguro que les interesara el resto de la historia.
Sobre la mesa Carlos pone una manzana dorada: una pieza de joyería de aproximadamente diez centímetros de diámetro, chapada en oro, con dos hojas incrustadas en brillantes.
― En el reclusorio conocí a un reo, que a pesar de su apariencia sencilla disfrutaba de algunas comodidades que unos cuantos podían pagar: Una celda para el solo, muebles, comida decente, dos o tres reos que le hacían encargos y cosas por el estilo.
Hice amistad con él porque prefería conversar con quienes no éramos auténticos criminales.  Después de algún tiempo me confió su secreto: Pertenecía a la sociedad de la Manzana Dorada, por eso gozaba de tantos privilegios, porque la sociedad se encargaba de que nada le faltara mientras se encontrara recluido.
Esta es una sociedad, la cual ayuda a sus miembros en la forma en la que lo necesite, a cambio  cada uno de ellos debe hacer un sacrificio cuando así le sea solicitado por la sociedad.
― ¿En serio? ― Pregunta Oscar socarrón. ― ¿Entonces porque estaba en la cárcel? ¿Qué acaso su sociedad secreta no podía pagar por que lo sacaran?
― Justamente, él estaba allí porque así se lo pidió la sociedad; fue culpado en el lugar de otro miembro, el acepto porque ese era el sacrificio que se le exigió, y de buena gana lo asumió. Pero iba diciendo: después de que me conoció bien y de enterarse de la injusticia que se cometió conmigo, me dio una manzana de oro como esta, igual a la que le ofrecieron las diosas griegas a Paris de Troya.  Así me convertí en miembro de la sociedad de la manzana dorada; en cuestión de días pude salir del reclusorio, ahora el verdadero responsable del fraude ocupa mi lugar.  Yo no tengo una gran fortuna en lo personal, pero con la ayuda de la sociedad puedo obtener lo que sea y en su momento haré el sacrificio que se me pida. Pero mientras tanto, traje esta manzana conmigo para dársela a uno de ustedes, él que más la necesite.
― ¡Ay no mames! ―Exclama Javier divertido. ― ¿A poco crees que vamos a creer esas pendejadas?
― Si no crees, entonces no puedes ser miembro.
Carlos se cruza de brazos y permanece en silencio, mirando a Javier. Incómodos, Oscar y Sergio se miran entre si, después voltean a mirar a Javier, sin decir palabra.
― ¿Qué? ¿A poco quieren que me vaya?
Ninguno pronuncia palabra; Carlos mantiene su vista fija y los brazos cruzados.
― Conque sí, ¿eh? Entonces me llevo mi dinero.
― La apuesta sigue en pie. ― Replica Oscar.
― Esta bien, pueden quedárselo. ― El rostro de Javier se descompone por la humillación. ― Pueden quedarse con sus pendejadas. ― Javier sale del salón y azota la puerta tras de él.
― Entonces quedamos nosotros dos. ― Dice Sergio acomodándose en su sillón.
― Deberías darme la manzana Carlos. ― De improviso dice Oscar sin ocultar su codicia. ― Yo soy el que necesita más ayuda, mi profesión es muy peligrosa y tu sociedad seguramente me podrá proteger.
― No, Carlitos, escógeme. ― Suplica Sergio.  ― Te juro que haré todo lo que me pidan.
― ¿Pero que tanto la necesitas?
― Yo la necesito más. ― Interrumpe Oscar. ― Hay gente que me quiere hacer daño.
― A mí también, tengo un montón de enemigos.
― Pueden llegar a matarme, o hacerme algo peor.
― Me han amenazado.
― Vamos, Carlos, sabes que yo la necesito más, estoy hasta el cuello de problemas que no puedo resolver, la gente con la que trato no tienen nada de paciencia y en cualquier momento me pueden caer encima, no seas gacho.
― Espera, me hace mucho más falta, en realidad yo no tengo nada, el dinero es de mi vieja, y ya se harto, me va a pedir el divorcio; me va a echar a la calle sin nada. Por favor, no vas a dejarme así, ¿verdad?
― Es tan difícil escoger que voy a dejarlo a la suerte. ― Carlos saca una moneda y la lanza al aire.
― ¡Águila! ― Grita Oscar.
― ¡Sol! ― Exclama Sergio al ver la moneda sobre la palma de Carlos. ― ¡Sí, a huevo!
― Entonces la manzana dorada es para ti Sergio.
Oscar se levanta de su sillón al tiempo que Sergio toma la manzana entre sus manos.
― Felicidades, a los dos, creo que eso es todo, ¿verdad?
― ¿Sin resentimientos? ― Pregunta Carlos.
― Por supuesto. ― Oscar sonríe al decir: ― Después de todo estoy seguro que seré miembro de su sociedad, ahora que sé que existe, la próxima vez.
Se despiden y sale del Salón dejando a Carlos y Sergio solos.
― ¿Entonces que cosa sigue? ― Pregunta Sergio, mirando alternadamente a Carlos y su propio reflejo en la superficie de la manzana.
Carlos abre su portafolio; en él mete los billetes de la pecera.

― Paciencia, discípulo, paciencia, todo a su debido tiempo.

sábado, 4 de julio de 2015

UNA MISION DE RUTINA

La máquina procesadora de alimento escupió por la boquilla una pasta blanca dentro del plato. Aron introduce un dedo en la masa y se la lleva a la boca: puré de papa. 
Se sienta a la mesa, abre la panera donde hay dos pedazos, mastica la punta de uno para comprobar su frescura. Come con insatisfacción, al final pone el plato en el lavatrastos.
Se presenta en el puente; se cuadra y recita el saludo oficial.
― Reportándome, listo para el servicio.
La capitana  Gilda Moreau voltea a verlo alzando la ceja y responde:
― Descanse teniente.
Aron se sienta frente a la consola de mando y empieza la revisión rutinaria de los sistemas.
― Todos los sistemas funcionando.―  Dice aron en tono solemne.
― ¿Alguna novedad que reportar?  ― Pregunta Gilda con cierto fastidio; se restriega los
ojos, no ha dormido en toda la noche.
― El procesador de alimentos está fallando, solo sirve puré de papa; lo revisare en la tarde, señora.
Gilda lanza un profundo suspiro.
― Mientras este en reparación desempaca raciones de la alacena.
― Entendido señora.
― Me voy a mi camarote, pero antes veamos a nuestro pasajero.
En la pantalla frontal aparece el camarote: en medio de la habitación, inmóvil está el Ird, un ser que semeja una lechuza del tamaño de un hombre. Cubierto con pelaje blanco, su boca de carnívoro esta elegantemente oculta bajo un pico corneo igualmente blanco, sin nariz u oídos visibles, sus pequeños ojos negros están ubicados en el rostro más abajo y separados que en un ser humano. Toda la amplia frente es ocupada por una placa de forma oval oscura, semejante a la caoba pulida. Su cabeza esta rematada con dos crestas a cada lado, lo que le da un aspecto triangular al rostro.
Después de medio minuto aron desconecta la pantalla.
―  Aun me perturba verlo, señora. Dice Aron; se da cuenta que por reflejo ha estado frotando su herida en el hombro izquierdo; baja el brazo y recobra la compostura.                              
― No te preocupes, no puede atravesar la pantalla. Responde Gilda con sorna; dicho esto sale del puente.

Aron está acostumbrado al tedio de una cabina solitaria, sin embargo las horas trascurren con inusitada lentitud. Solo dos tripulantes han sido asignados a la nave exploradora Ballesta de la tercera flota humana; su misión es trasladar  hasta la tierra tecnología y a un miembro de la raza Irda, recién descubierta, con quienes hubo un repentino y fugaz conflicto.
Viajando por el hiperespacio con piloto automático la única labor en el puente es la periódica revisión de sistemas, rara vez surge un problema que requiera atención.
Impulsado por el aburrimiento reproduce el video del ataque de los Irda a la fragata Lumina.  La grabación abre con la imagen de la pantalla del crucero Orinoco: Se ven las naves de asalto adosadas al casco de la Lumina; en el audio se escucha a los tripulantes luchando por mantener el control de la nave. Cazas aparecen y atacan a la Orinoco,  Los disparos hacen blanco y en la pantalla se ven los proyectiles que responden al ataque. La voz del capitán de la Lumina advierte que detonara los motores. En un caos de imágenes se ve como la Orinoco retrocede; los cazas la persiguen y la Lumina se reduce a un punto entre las estrellas, después destella con una cegadora luz blanca.
 ― Uno no se cansa de volverlo a ver ¿verdad?   Dice Gilda; Aron se sobresalta al percatarse que esta parada atrás de su asiento.
― Tenía amigos en la Lumina, señora.  Replica Aron apagando el video
― Nosotros llegamos una semana después, no presencie ninguna batalla.
― No se lo deseo a nadie, señora; un proyectil pego en el compartimiento de al lado. Las esquirlas atravesaron la mampara y perdimos presión.
A la mente de aron acuden recuerdos angustiosos: La oscuridad, un cuarto lleno de humo, las luces de emergencia; correr hacia la escotilla cuando esta se empieza a cerrar.
―¿Saliste herido?
Aron señala su hombro.
― Ve a estirar las piernas.  Le dice Gilda sentandose frente a los controles.  Antes de retirarse Aron pregunta.
― ¿Qué fue lo que salió tan mal con ellos? Se decía que no eran tan distintos a nosotros, que se podía confiar en ellos.
 ―Es su naturaleza, son cazadores, no los conocemos lo suficiente todavía.
Gilda conecta la pantalla con la imagen del Ird, sentado en el piso, mirando su garra de cuatro dedos.
― ¿Vez la placa de su frente? Es algún tipo de órgano sensorial, con el se comunican entre si, con un tipo de telepatía. Para contactarlos se utilizaron los traductores universales, que también funcionan con telepatía. Se teme que por ese medio ejerzan algún tipo de control mental. Por eso solo somos dos en la nave, somos pocos blancos para que intente controlarnos y entre ambos podemos detectar cualquier comportamiento extraño.

Nuevamente frente al tablero de control Gilda retoma el problema que le ha inquietado. En la pantalla aparece el rendimiento de los motores, el cual debe ser constante a la velocidad de crucero a la que viajan. Cuando el sensor principal dejo de funcionar empezó a trabajar el segundo sensor dio una lectura mayor, a los pocos segundos la lectura bajo al valor normal. Después de intentar reparar el sensor principal Gilda conecto el segundo sensor, la lectura se elevó y regreso a normal. Varias veces repitió la operación y el resultado fue el mismo. Intenta con un tercer sensor: la primera lectura  indica 140% de potencia en los motores; la segunda lectura indica un normal 80%
Las posibilidades  de una falla en dos sensores independientes es muy baja, entonces la falla esta en otro sitio.
En ese momento Aron entra al puente; esta tan alterado que olvida el saludo ritual.
― Señora, el depósito de alimento esta vacío.

Juntos revisan los tanques de proteína sintética que alimentan el procesador de alimento: todos están vacíos. La única explicación es que la válvula de exterior se abrió y el contenido fue expulsado al espacio.
― Aún tenemos las raciones de la alacena. Trata Aron de encontrarle el lado positivo a la situación.
― Algo muy extraño está sucediendo ― replica Gilda mientras revisa la computadora ― aquí indica que los tanques están llenos. Esto puede ser muy grave. Quiero que desconectes manualmente las válvulas del aire y del agua, también las compuertas al exterior. Después haz una revisión de los niveles de los tanques.

La cerveza amarga se calienta sobre la mesa, de vez en cuando Gilda se acuerda de darle un sorbo y vuelve a sumergirse en su pensamiento. Aron llega al comedor.
― Siéntate. Le indica Gilda; toma otra botella y se la pasa; Aron toma agradecido un par de tragos antes de reportar:
― Las válvulas y compuertas están aseguradas. Los niveles de aire y agua son los normales.
― La situación es la siguiente. ― Gilda da otro trago a la cerveza antes de proseguir.  
― La computadora de la nave no responde a nuestras órdenes. La nave ha estado funcionando de forma automática haciéndonos creer que nos dirigimos a la tierra. De mi equipaje saque esta agenda, su cronometro esta entrelazado cuánticamente con el reloj del observatorio de ginebra; esta cinco días adelantado al cronometro de la nave.
― Deberíamos estar llegando a la tierra entonces. Señala Aron.
― Si viajáramos a la velocidad que indica la computadora; pero los motores han estado funcionando a sobre potencia. Los sensores así lo indican cuando se encienden pero de inmediato la computadora cambia las lecturas. Estamos más lejos que la tierra de nuestro punto de partida.
― ¿El Ird hizo esto? ¿Nos quieren emboscar?
― Él no lo ha hecho, su tecnología no es compatible con la nuestra; pero sin duda él es el motivo; Alguien no quiere que lo llevemos a la tierra.
― ¿Qué vamos a hacer?
― Tenemos que recuperar el control de la nave. Ya intente apagar la computadora, pero no me lo permite.
― Si apagamos la computadora los motores seguirán funcionando hasta que se agote la energía ¿verdad?
― Así es, sin alimentación los motores bajaron su rendimiento diez por ciento cada minuto, al ritmo que viajamos tendríamos entre diez y quince minutos antes de que el campo de hiperimpulso colapse y reingresemos al espacio normal, sin navegación ni alerta de proximidad, lo más probable es que caigamos en espacio vacío.
Una idea acaba de ocurrírsele a Aron.
― Entre el equipo de emergencia hay un paquete de respaldo para la computadora, si podemos borrar la memoria podría reiniciarla en siete u ocho minutos.
―En la oscuridad y sin gravedad. Señala Gilda.
―  Puedo hacerlo señora. La única cuestión es cómo borrar la memoria de la computadora.
Gilda da otro trago y hecha la cabeza sobre el respaldo de la silla.
― Hay una manera, muy peligrosa. En las bodegas traemos parte del arsenal Irda. Una de las armas inhabilitaba todos los sistemas de nuestras naves. Tendríamos que dispararla dentro del Ballesta; pero hay otro problema, no sabemos cuál es ni cómo hacerla funcionar.
Aron se estremece cuando dice:
― El Ird  lo sabe.
Ajeno a lo que sucede a su rededor el Ird descansa, colgado de cabeza en la litera del camarote. Percibe la actividad eléctrica del servomotor que abre la escotilla. Allí están los humanos, enfundados en trajes herméticos.  Gira su cabeza a posición de alerta, lentamente el resto del cuerpo va girando sosteniéndose en los barandales de la litera y de las paredes hasta quedar de pie frente a sus captores.
― Saludos, mi nombre es Gilda Moreau, soy la capitana de la nave Ballesta ¿Cuál es su nombre?  
El ird recibió claramente la transmisión telepática que provino del traductor; Responde:
―Mi utilidad era piloto, anteriormente fui reserva genética; en este momento mi utilidad es ser prisionero.
 ― ¿Qué es ser reserva genética?
― Mi pelaje y mi carácter están fuera de la norma, una anormalidad potencialmente provechosa para la Irda, por eso se me permitió vivir.
―Entre los humanos llamamos a tus características como Albino, ¿Te molesta si me dirijo a ti de esa manera?
― No me molesta.
― Dime Albino, ¿Estas molesto por ser prisionero?
― Esa es mi utilidad ahora, aún no recibo suficientes instrucciones para saber si realizo bien o mal mi labor.
―Has realizado una buena labor. Necesito que hagas algo más: dame indicaciones de como utilizar el arma que apaga las naves.
―Mi labor no es explicar el funcionamiento de las armas.
―Albino, voy a explicarte la situación en la que nos encontramos, te darás cuenta que tu ayuda es tanto para ti como para nosotros.

Gilda insistió en utilizar solo ella el traductor; Aron permanece a su lado, solo escucha su voz. Tomaron todas las precauciones: se inocularon nanobots para prevenir contagios, usan los trajes espaciales y cada quien tiene un arma oculta.
Aron procura estar tranquilo, pero recuerda las imágenes del ataque; el hombro le empieza a doler. Se da cuenta que el Ird lo está viendo.
―Hemos llegado a un acuerdo.― Le dice Gilda sacándolo de sus pensamientos. Ella ha apretado un botón en su pulsera para desconectar el traductor.
― Esta dispuesto a ayudarnos, pero él insiste en accionar el arma. Dice que puede perforar el casco, entonces tendremos que proporcionarle un traje espacial.
― He visto varios entre la carga. ― Reflexiona Aron. ― Hay una bodega vacía, allí puede disparar.
―Has los preparativos, le voy a decir…
Una ráfaga blanca se interpone entre los dos. Aron cae al suelo y se siente inmovilizado por tres garras, una cuarta lo sostiene del cuello, ha rasgado el traje y amenaza con atravesar su tráquea.
Gilda desenfunda su pistola, pero detiene su impulso inmediato a disparar. Enciende el traductor.
― ¡Detente! ¡Apártate de él!
― ¿Cuál es tu utilidad pequeña criatura?  ―Escucha decir al Ird.
Un disparo de advertencia hace voltear a Albino.
―Aléjate de él en este momento, o te mato.
―Este inferior me ha retado; quiere que muera y ahora está seguro de morir, es un acuerdo, debo proporcionarle muerte.
―Te equivocas, él no te ha retado; ni siquiera sabe que lo puedes oir. ¡Regresa al camarote ahora mismo!
Albino se levanta, camina sin apartar la vista de Aron.  Gilda se acerca sin dejar de apuntar a Albino.
―Aron ¿Estas bien?
Se sienta y levanta la pantalla de su casco. Tose y con una seña de la mano dice que esta bien.  Gilda se levanta; cierra la escotilla del camarote.

En el puente Aron se prepara para la maniobra: sentado frente a la consola de mando, con el paquete para reiniciar los sistemas, amarrado al asiento, con un nuevo traje espacial.
Gilda regresa al puente y toma asiento a su lado.
―Albino ¿Estás listo?
―Estoy listo para actuar.
―Aron ¿Estás listo?
―Sí, señora.
―Albino: Dispara.
Un zumbido atraviesa la nave desde la bodega hasta el puente. Las luces se apagan y se escucha un intenso rasgar de metales mientras la nave empieza a sacudirse.
Aron enciende un tubo luminoso que adhiere al tablero. Espera medio minuto a que se disperse el efecto del arma. Conecta el paquete a la consola y empieza a trabajar.
Gilda espera, con el cronometro en mano, atenta a través de una claraboya al destello del campo impulsor que rodea la nave. Los minutos pasan y el patrón de fractales luminosos empieza a descomponerse, en poco tiempo penetraran el espacio normal y el exterior será completamente negro si tienen suerte. De otra forma un destello será lo último que verán.
Aron trabaja hábilmente sin poner atención al sonido oscilatorio que poco a poco invade la cabina.
―Listo, reinicie la computadora, está haciendo un auto diagnóstico. Restauración de energía en tres, dos uno.
El tablero se enciende; rápidamente Gilda apaga el piloto automático: la nave responde.
Enciende los motores a un veinte por ciento de potencia; verifica que la alarma de cercanía indique verde, entonces anula el campo impulsor; al instante entran al espacio vacío, rodeados de lejanas estrellas.
Gilda lanza un suspiro; Aron levanta la pantalla de su casco para secar el sudor de su frente.
―Los sistemas no se han restaurado totalmente: no tenemos navegación ni comunicaciones.
―Quizá lo mejor sea no comunicarnos todavía. Albino ¿Estás ahí?
 ― He sobrevivido; perdí el arma cuando el piso se desprendió, sigo amarrado a la pared. Si revivieron la nave entonces necesitare que me ayuden a entrar.
― Aguarda un momento, pronto iremos por ti.
Aron, quien ha permanecido silencioso después del ataque de albino, dice:
―Podríamos dejarlo afuera; la correa se habría roto y nada pudimos hacer por él.
Gilda se asegura que el Ird no pueda escucharlo.
―Teniente, le recuerdo que se refiere a una propiedad del gobierno de la tierra y la humanidad que representa; si vuelve a decir o intentar algo semejante considere su destitución y encarcelamiento ¿Ha entendido?
 ―Sí, mi capitán.  
―Ahora alístese a llevarlo sano y salvo a su camarote.
Aron se levanta rígidamente, hace un saludo y sale del puente.

Gilda se imaginaba que surgiría este problema. Aunque también desconfía del Ird, aún están perdidos, sin saber a lo que se enfrentaran, están en deuda con Albino y ¿Quién sabe? Tal vez vayan a necesitar su ayuda más adelante.