martes 6 de marzo de 2012

RESEÑA RAYUELA



Me ha resultado difícil escribir esta reseña sobre Rayuela, Novela de julio Cortázar (1963), clasificarla es complicado; hay quien dice que es una anti-novela, una contra-novela, una novela experimental o una novela surrealista. Es notoria la intención de Cortázar de escapar de los convencionalismos de su época y en ese sentido, mantenerla inclasificable es rendirle tributo al espíritu con el que fue escrita.
Rayuela narra la historia de Horacio Oliveira, un argentino, entrado en los cuarenta, que vive en Paris durante los años cincuenta, ciudad cosmopolita, centro de las artes y de la intelectualidad.
Oliveira siempre esta inconforme con la vida, a pesar de tener un trabajo nada demandante y una relación abierta pero estable con Lucia, una Uruguaya que llego a Paris con su hijo pequeño, al que llama Rocamadour, para estudiar canto sin un centavo, apodada “La Maga”. Horacio mantiene también un amorío con otra mujer llamada Pola y asiste con un grupo de amigos a las reuniones del “Club de la serpiente”, donde se escucha música, se discute sobre arte, literatura y filosofía.
Cortázar nos muestra la fragilidad de esta felicidad que no es reconocida como tal y la semilla de autodestrucción que germina en ellos mientras escuchan jazz Bebop en un tocadiscos, envueltos en el humo del cigarrillo en la madrugada, bebiendo whisky o coñac o cebando mate, mientras se discute sobre el sin sentido de la vida o se observan las fotos de una tortura china. Los celos injustificados de Horacio van minando su relación con la Maga al grado de que ella le pide que se vaya, presintiendo el rompimiento definitivo lucia cambia de opinión, pero Horacio hartado sale a la calle y termina en un pequeño teatro donde presencia un fallido recital de Berthe Trépat, una cantante entrada en años y en carnes; con una mezcla de repugnancia y fascinación Horacio permanece hasta el final; Todos los espectadores huyeron e incluso la pareja de la señora y organizador del recital ha desaparecido.
Bajo una intensa lluvia Horacio acompaña hasta su casa a Berthe Trépat, en la conversación que sostienen queda claro que la señora ya no se encuentra en sus cabales y vive en una continua fantasía. Llegando a la casa encuentran la puerta atrancada por dentro; la pareja de Berthe Trépat se ha encerrado con un amante y no hay fuerza en el mundo que le haga salir antes del amanecer.
Sin saber que más hacer, Horacio le sugiere a la señora que busque un hotel para pasar la noche. Indignada, Berthe Trépat le cruza la cara con una bofetada. Horacio en lugar de aclarar el mal entendido se aleja, dejándola a su suerte.
Lo que sucede a continuación es el punto de quiebre de la narración y sería injusto de mi parte el anticiparlo a un futuro lector. Como resultado de este acontecimiento Horacio no vuelve a ver a la Maga y aunque no lo admita la culpa lo atormentara; se obsesiona con la idea de que Lucia se ha lanzado al Rio Sena y realiza una búsqueda infructuosa por Paris y luego en Montevideo bajo el supuesto de que la maga regreso a su patria.
Tiempo después Horacio regresa a Buenos Aires donde es recibido por su amigo de la juventud Traveler, quien a pesar de que su nombre significa viajero nunca a salido de Buenos Aires, trabaja en un circo junto a su esposa Talita y aunque reciben a Horacio con los brazos abiertos ayudándole en su readaptación a la vida porteña no pueden dejar de sentirse incómodos con él. Oliveira no habla sobre su vida en Paris, ni siquiera pronuncia el nombre de la ciudad Luz, refiriéndose a ella como “aquello” y por otro lado no deja de criticar a su nación, crítica que nace de un profundo amor diría en algún momento Horacio. La vida de Horacio se va amoldando a una cómoda rutina al lado de gekrepten, una antigua enamorada de Horacio y que todos estos años lo ha esperado; Oliveira la acepta a pesar de lo poco interesante que resulta como un reconocimiento a su perseverancia “penelopesca”.
De esta forma se conforma en esta segunda parte de la novela un triangulo de odio-amor entre Horacio, Traveler y Talita. Ambos amigos se quieren y son casi almas gemelas pues uno y otro se entiende al grado de la complicidad, pero Traveler en ocasiones desearía no haberlo reencontrado. Horacio por otro lado siente celos de su amigo, no tanto por la estabilidad o prosperidad relativa en la que vive, si no por la presencia de Talita, una mujer inteligente y emprendedora que poco a poco va tomando en el subconsciente de Horacio el lugar de la Maga, al grado de confundirlas ambas en una sola y provocándole el remordimiento a Horacio de desear a la mujer de su mejor amigo; a la vez Horacio piensa en la pareja como una versión de él mismo y la Maga, temiendo por lo mismo que su amigo termine por suplantarlo definitivamente. Este conflicto interno llega a su clímax poco tiempo después de que el dueño del circo vende su negocio y compra una clínica siquiátrica. Una noche Horacio besa impulsivamente a Talita; después piensa que Traveler entre celoso y deseoso de eliminarlo vendrá a matarlo mientras duerme. Se atrinchera en su habitación creando una maraña de hilos y trampas para evitar que cualquiera entre mientras duerme, mientras tanto permanece en vela toda la noche mirando el patio del sanatorio y el juego de Rayuela (en México mejor conocido como avión) dibujado en el suelo.
Al final, tal como Horacio previo, es Traveler quien va a la habitación, no con intenciones asesinas, sino preocupado por la cordura de su amigo; Cae en la trampa de Horacio que resulta mas ruidosa y engorrosa que inexpugnable. En medio de esta situación y habiendo despertado al personal del sanatorio y a los pacientes, ambos amigos tienen por fin una conversación franca en la que Horacio le explica a Traveler que lo ve como un reflejo de lo que el debería ser y a Talita como a la Maga; pero todo lo hecha a perder, un impulso a arruinarlo todo que tiene en los genes, por eso al igual que la gente que esta en el patio, viéndolo en la ventana, parados sobre la rayuela, todos en una casilla del gran juego de la vida, y él, Horacio, siempre que se acerca a la meta tiene que retroceder y empezar de nuevo.
Traveler lo deja para que se tranquilice, y allí permanece Horacio, viendo a sus amigos sobre la rayuela, pensando que lo mas fácil sería saltar de la ventana, caer y ¡plaff!
Rayuela es una novela que me ha inspirado sentimientos encontrados, por un lado siento que Cortazar le ha dado vueltas a medio mundo para no llegar a ningún lado, y por el otro el resultado es deslumbrante, desde la concepción hasta la ejecución de la obra.
En la lectura del día a día Rayuela puede resultar tediosa y a veces incomprensible, pero cuando se observa el conjunto de capítulos como unidad se descubre una obra sutil y contundente.
Arturo Arredondo, mi maestro de creación literaria, nos refería una anécdota acerca de Picasso, le preguntaron en una ocasión: “Maestro, como hace para deformar de esa manera las imágenes. Simple, -contesto Picasso- dibujando de forma realista hasta dominar la técnica, una vez dominada la técnica uno puede romper las reglas y distorsionar las formas”. De la misma manera interpreto a Rayuela, una obra hecha por un narrador que domina las distintas técnicas literarias y de probado talento, una obra que cambia las reglas, juega con el orden de los capítulos, intercala diálogos dispares en uno solo, crea finales alternativos a la historia, aparta tramas enteras del cuerpo general de la obra y los desarrolla independientemente, incluso parece burlarse de esas reglas para lograr un efecto que no podría lograrse con el apego a la ortodoxia.

martes 24 de enero de 2012

PASTILLAS DE AMARGURA


                             
― Oye má, he estado pensando que ahora que vaya a ciudad Obregón, puedo desviarme para pasar por tu pueblo.
 Mi mamá permanece unos segundos en silencio, no sé que es lo que vaya a responder; hay una historia de desencuentros con su familia allá, aunque no conozco los detalles, sé que fueron los suficientemente serios como para que nunca me llevara a conocerlos.  Ella ha regresado en contadas ocasiones, casi siempre para los funerales de algún tío.
―   ¿Estas seguro que quieres ir? ― Pregunta para cerciorarse de que hablo en serio.
―  Claro que si má, solo quería que me dieras las señas para llegar.
Ella suspira antes de darme las indicaciones: la carretera que debo tomar, el pueblo al que debo llegar, donde encontrar la desviación y cuanto debo de recorrer del camino rural hasta llegar a la ranchería donde ella y mi padre crecieron.
Después me da una lista interminable de indicaciones de lo que debo y no debo hacer cuando me encuentre allá; me pregunta en que coche voy a ir y me aclara que a la gente del pueblo no les agrada la ostentación; me recuerda mil veces que son gente muy “especial” y me aconseja vestir de la manera mas sencilla. Le digo que llevare mi tsuru azul, que seguiré todas sus indicaciones y que ya sé que debo vestir ropa oscura para la ocasión.
― Ojala pudiera yo acompañarte, mi hijo, pero no puedo. Busca a tu tía Berta, su casa esta enfrente al pozo.  Y otra cosa, a pesar de lo que hayas oído  mi hijo, ellos son familia y son gente de bien;  y nosotros también, recuérdalo.
Un letrero de lamina gastada amarrado a un árbol seco dice: “La Cima”. Después de recorrer la carretera desierta por hora y media desde la última población al fin encuentro la desviación y me encuentro con el camino que me habrá de llevar hasta el pueblo de mis ancestros.  El sol ya empieza a declinar por el poniente; la posibilidad de quedar a oscuras en este descampado me estremece.  Circulo por un camino que en alguna época estuvo pavimentado y ahora  es una sucesión continua de baches y obstáculos,  barridos por el polvo de el campo reseco del rededor.  Las ramas de los huisaches invaden el camino de forma que en tramos parecen formar un túnel.  Es la temporada seca; me han contado que cuando llegan las lluvias toda esa maleza reverdece por algunas semanas, los mezquites ofrecen sus frutos, así como en las nopaleras las tunas están listas para cortar.  Por el camino encuentro de vez en cuando algún toro pastando sin preocuparse por el automóvil que pasa frente a él, dando tumbos por el camino.
Las paredes de órganos  y algunas casuchas de adobe derruidas me indican que me acerco al pueblo.  El camino desemboca en un llano descampado rodeado de casas dispersa sin ningún orden aparente. Salgo del coche y respiro fuerte, por fin estoy en La cima, aunque no subí ningún cerro, no entiendo el porqué del nombre.
El sol se empieza a ocultar y las laderas de una sierra cercana adquieren un tono anaranjado.   Mas adelante se encuentra el pozo y la capilla del pueblo. Trato de localizar con la vista la casa de la tía Berta. La identifico: tiene un porche al frente, con pequeñas ventanas cerradas con hojas de madera oscura que contrastan  con la fachada blanca pintada con cal, algo descascarada.
Toco en la puerta de madera y sale una señora envuelta en rebozo, con los mismos ojos y mirada de mi madre.  La tía Berta al principio no me reconoce, cuando le digo mi nombre, exclama con ternura:
― Pero eres el hijo de Lichita. Pasa hijo, gracias a dios que por fin te conocemos.
Tengo que agacharme para cruzar la puerta y entro en una penumbra aún mayor que la del ocaso exterior.
Los cuartos y la cocina están dispuestos alrededor de un patio central, los techos de teja a media agua caen hacia el patio, los muebles son rústicos de madera. Y aunque la casa cuenta con energía eléctrica, apenas si se usa para encender un foco de veinticinco watts.
Hablamos hasta tarde en la noche, tanto ella como yo evitamos el tema de mi madre y mi padre, lo cual agradecí en silencio.  La tía Berta es viuda y sus hijos se han ido del pueblo; por supuesto que mis primos la visitan con regularidad, pero la mayoría del tiempo esta sola en casa;  la única compañía regular que tiene es la del párroco de la iglesia, al cual le alquila una habitación y le cocina. A la pregunta de ¿Con qué se mantiene ella sola? Respondió: ― Pues tengo lo de las pastillas hijo.

En la mañana me levanta la tía; apenas clarea el cielo, pero ella ya esta en actividad desde algunas horas antes. ― Levántese, hijo, es hora de ir a misa.
Salimos de la casa y veo a toda la comunidad de La Cima congregarse en la pequeña capilla. La tía Berta carga una bolsa de mercado llena de cajas; me ofrezco a llevarla en su lugar, pesa bastante. Entramos en la capilla, pero nos mantenemos cerca de la puerta de entrada.
El padre da misa como nunca la había presenciado, con un rigor en los rituales que para un citadino como yo rayan en lo puritano.
El sacerdote habla de los pecados, de cómo los piadosos deben observar una vida de austeridad, moderación y castidad, pues a esta vida únicamente se viene a sufrir; la alegría y la felicidad esperan en el cielo.    Por último le cuestiona a la congregación: ―¿Cambiarían   la felicidad eterna por una alegría pasajera en este mundo?
Al finalizar la ceremonia, la gente cabizbaja sale por la puerta donde estamos la tía y yo.  Algunas señoras se acercan y le compran una botella de pastillas;  A quienes no pueden pagar, la tía las anota en un cuaderno para cobrarles después, a nadie le niega su provisión.
Cuando el último feligrés se ha retirado, nosotros regresamos a la casa. La tía se pone a preparar el desayuno, yo regreso a la habitación y me recuesto en la cama, mirando el techo.  Ya sabía de las pastillas, son un depresivo ligero que comunidades religiosas como La cima utilizan para ayudarles a lograr ese grado de infelicidad que normalmente no experimentan.   De hecho vi a mi tía tomar un par de pastillas furtivamente la noche anterior, lo cual supongo que debe ser un halago, pues trataba de reprimir la alegría que le provoco mi visita.  De este tipo de cosas me advirtió mi madre y me pidió que no hiriera susceptibilidades. Tía Berta me llama para desayunar; me levanto y decido ni siquiera considerar lo que paso en la mañana:  Al fin y al cabo cada quien vive la fe a su manera.
Durante el día visito a mis otros parientes en La Cima: cada uno fue el mismo cuadro deprimente que el anterior.
Regreso a la casa de tía Berta únicamente para recoger mis cosas y despedirme, pero no esta;  enfrente, en la iglesia hay una actividad inusual, me acerco por curiosidad y me encuentro  con la presurosa celebración de un matrimonio.  Una muchacha y un muchacho, que después me enteraría fueron descubiertos acariciándose escondidas, con la vista agachada reciben una fuerte reprimenda de parte del padre a la vez que se les proporciona  el sacramento del matrimonio.  Las madres lloran desconsoladas, la poca gente que hay dentro de la capilla ven con pena a los nuevos maridos.  Al terminar la ceremonia veo a mi tía acercarse a los recién casados y darles una botella con pastillas, la cual no les va a cobrar.  Los pobres jóvenes ante la presión de las miradas que los siguen abren el frasco y toman una cada uno; un suspiro de alivio recorre a los presentes.
Se hace tarde y tengo que llegar a la ciudad mas cercana para de allí seguir mi viaje mañana.  Mi tía me despide en el porche de su casa, manda saludos para toda la familia. La abrazo y por poco le doy un beso en la mejilla, ella se aparta antes de que mi nariz le roce sus pómulos huesudos. Reconozco mi error y en voz baja le pido perdón.
Antes de que me vaya ella me dice que la espere un momento.
Entra a la casa y trae consigo un frasco extra grande de pastillas; me las da diciendo:
― Toma hijo, te hacen bastante falta allá en donde viven.
Le doy las gracias con voz apenas audible; siento su penetrante mirada, justo como la de mi madre, esperando lo que debo hacer sin que me diga nada.
Abro el frasco y saco una, no, dos pastillas; me las trago alzando la cabeza hacia atrás.
Sus labios muestran lo mas cercano a una sonrisa que se puede permitir y su mirada se llena de aprobación.
En el coche, apenas he avanzado y veo que mi tía ha entrado en la casa, me detengo y saco de atrás del asiento una lata de leche, la abro y la tomo completa de un solo trago; ese fue otro mas de los consejos de mi madre, en caso de que me hicieran tomar las condenadas pastillas.  Aliviado continuo el camino de regreso a la carretera, confiado en que la leche nulificara los efectos de las pastillas.  Ya es de noche cuando llego al entronque.  Me detengo un instante y pienso en lo afortunado que soy de que mis padres se fueran de este pueblo.  Pero nuevamente me descubro sintiéndome culpable por no ser infeliz.
De la guantera saco un estuche que mantuve oculto estos dos días, es mi púa de penitencia personal; con ella me pincho el interior de mi mejilla, recordándome otra vez que el sufrimiento es el camino de la salvación.  Cada quien vive la fe a su manera.  

martes 20 de diciembre de 2011

EL FABRICANTE DE MUÑECOS

 ― ¿Qué se siente crear personas? Pregunta el hombre rico. Denise hace una pausa en el ensamble del prototipo antes de responder.
Piensa en lo que realmente le esta preguntando: le pregunta que se siente engañar a la gente con sus creaciones; pregunta si existe algún tipo de satisfacción que solo se obtiene al embaucar a sus clientes, en verlos actuar tal como si su creación fuera verdadera; Quiere que le cuente las veces que ha visto llorar a clientes al ver el rostro del ser querido cuando les presenta el replicado que ha construido.
― Es un trabajo, como cualquier otro. Le contesta con ese desdén que significa: “no es cierto y no te diré la verdad”.
Termina de armar el prototipo: un androide femenino que utiliza para demostrar al cliente la perfección de su trabajo. Sentada en un sillón de la oficina de su cliente, el androide sonríe y cruza coquetamente la pierna.
Denise le señala cada una de las características físicas y mecánicas del modelo estándar y las modificaciones posibles a fin de personalizarlo.
El cliente se muestra satisfecho con los precios que Denise le ofrece pero esta inquieto en cuanto a la calidad que desea obtener.― Debe ser la persona que deseo copiar, ni más ni menos; quiero que cuando lo mire únicamente piense que estoy frente a él. ¿Me entiende?
―Por supuesto, tenemos una larga experiencia en la fabricación de duplicados: necesitamos documentarnos sobre la persona que desea, pero antes que nada ¿De quien se trata?
― De mi padre. ― Responde el hombre rico.
― ¿Se encuentra vivo actualmente?
― No, falleció hace algunos años.
― Entiendo. Necesitaremos todo el material audiovisual que nos pueda proporcionar. Le debo aclarar que la elaboración del perfil psicológico tiene un precio extra. También tendrá que firmar una carta responsiva en la que se detalle el uso que piensa darle al replicado.
― No quiero papeles sobre este asunto, le pagare directamente a usted, sin facturas ni contratos. Tampoco quiero que mi replicado tenga ninguna marca de fabricación.
Denise cruza los brazos y juguetea con un mechón de su cabello mientras piensa. Tenía el presentimiento de que le haría esa petición, pero debe ocultar la satisfacción de que sus instintos no se equivocaron y asumir una pose profesional.
― Debe firmar la carta, o podrían clausurarme el negocio; tampoco puedo entregar un androide que no tenga las marcas de fabrica, usted sabe, por esos casos de fraude. ¿Que uso le daría a su androide?
― Es completamente personal y confidencial.
Los ojos de Denise brillan, nuevamente puede prever hacia donde se dirige el asunto.
― Supongo que solo usted estará en contacto con el replicado, ¿verdad? ― El hombre rico asiente. ― Entonces puedo hacer lo siguiente: Fabricare su androide tal y como lo pide, sin papeles y sin marcas; será un prototipo para uso de mi empresa. Lo traeré cada vez que usted lo solicite para hacerle mejorías, los dejare juntos el tiempo que sea necesario, pero únicamente lo podrá ver usted, después me llevare el androide a la planta para hacerle las modificaciones necesarias. Cuando este listo usted podrá comprarlo, con todos los requisitos legales,  o lo destruiré para reutilizar sus partes;  por supuesto que este servicio tendría un costo adicional, ¿me entiende?
― Perfectamente, ¿Cuándo empezamos?

Pasada la media noche, cuando ningún cliente llama por teléfono y todos los asuntos del día están de alguna u otra forma resueltos por el momento, Denise entra en su estudio para trabajar en el proyecto del hombre rico.
 Crea un nuevo archivo en su computadora: Proyecto Padre 266; a continuación introduce el archivo de datos sobre el sujeto. El programa de diseño empieza a crear un modelo tridimensional de acuerdo a los parámetros introducidos.
Mas tarde Denise revisa los dos perfiles que elaboró su amiga psicóloga en entrevista a su cliente.
Por un lado tiene un cuestionario: veinte simples preguntas con opción: si, no, o no sé; su utilización  es una forma de metodizar la elaboración del programa que emula la personalidad del sujeto: lo que nunca les diría a sus clientes es que para casi todos los casos utiliza un modelo preestablecido al cual únicamente le hace algunas modificaciones de acuerdo a esas veinte respuestas. Casi todo el mundo cree que la personalidad es algo único y  sagrado; que es virtualmente imposible de copiar; que requiere innumerables horas de rememoración para acercarse a esa compleja y tortuosa estructura que es una persona. Denise parte de la premisa contraria: todo el mundo esta cortado  con la misma tijera; las variaciones y diferencias son únicamente pequeños accidentes, deformaciones a una gráfica matemáticamente elaborada.
El que sus clientes lo supieran les resultaría decepcionante, es mejor que sigan creyendo en el pequeño toque de magia que ella les puede dar.
El otro perfil tiene mayor importancia para el trabajo de Denise, y a él le dedica mayor tiempo y atención: el estudio sobre las expectativas y motivos de su cliente. Ese es otro de los pequeños secretos que guarda el oficio de Denise: el saber exactamente  que es lo que desean realmente sus clientes de sus androides,  y lo más importante es que el cliente no llegue a enterarse de ello.

― ¿Podría usted reconocer un androide de una persona real? ― Pregunta el hombre rico mientras firma un cheque para Denise.
― Por supuesto, soy una experta en la materia. ― Replica Denise sin titubear, sentada frente al escritorio; atrás de ella junto a la puerta se encuentra parada una caja de embalaje que parece un sarcófago parado de pie.
― ¿Incluso sus mejores trabajos? ― Insiste el hombre rico extendiéndole el cheque a Denise. Ella lo revisa y lo guarda en su bolso.
― En los míos sería un poco mas difícil; pero en general puede decirse que cualquier pieza de fabricación industrial tiene necesariamente marcas de fabricación, y no me refiero a las que por ley debemos colocar en todos los androides, quiero decir que todo producto tiene marcas de sus moldes, líneas de partición, puntos de inyección, desfogues de material; incluso aquellos que se fabrican con cubiertas imitación piel  deben tener un acceso al mecanismo interior;  algunos fabricantes aprovechan el ombligo como cierre, en cambio mis androides no tienen ninguna marca exterior.
― ¿Entonces como mete el mecanismo a su piel? ―Insiste.  ―No se preocupe, no revelare su secreto.
Denise descubre que en realidad no le molesta confiar en él,  después de todo ya comparten un secreto, el androide que espera dentro de su caja.
― Es simple: fabrico la piel sintética en una sola pieza, incluyendo la laringe; utilizo un polímero sumamente flexible para la boca y el rostro. Todo el mecanismo entra a través de la boca con la ayuda de unas pinzas neumáticas. De esa forma no encontrara ninguna marca a menos que utilice un laringoscopio.
Denise da por terminada la conversación al levantarse de su asiento con cierta brusquedad; abre la caja de embalaje y deja a la vista el androide.
El hombre rico se acerca y observa largamente la imagen de su padre.
― Tiene cuatro interruptores de seguridad: el primero se encuentra en la punta de su nariz, basta  una ligera presión durante dos segundos para encenderlo o apagarlo; los otros se encuentran en su nuca: justo en la base del cráneo, en la punta del dedo anular de la mano izquierda, y en el talón derecho.
― Le puso su talón de Aquiles. ― Murmura el hombre para si mismo, aún embebecido con el replicante.
― Regresare en media hora para recogerlo.
― Déjelo toda la tarde.
― Le recuerdo que el androide no debe salir de esta habitación; vendré a las seis por él.
Denise sale del despacho y deja al hombre rico junto a la figura de su padre.
A la hora indicada regresa; se pregunta si seguirá en una sola pieza su trabajo; sabe que las verdaderas intenciones de su cliente son destruir al androide, pues tiene el deseo reprimido de asesinar a su propio padre.  Podría haberlo diseñado de tal forma que provocara este fin al poco tiempo de activado, pero le parecía un desperdicio de trabajo inaceptable el precipitar las circunstancias, además esta segura que su cliente pagara gustoso por algunas sesiones más; si no lo ha destruido aún.
Cuando entra al despacho el androide ya se encuentra dentro de su caja, el hombre rico la mira entrar sentado sobre su escritorio, sin saco ni corbata; su expresión es de fatiga: fuma un cigarrillo. Denise abre la caja y comprueba que el androide se encuentra entero y funcional. De reojo se percata que su cliente esconde el cigarro involuntariamente.

― No sabía que le prohibiera fumar.
― No es eso, es que, bueno, yo le prometí que dejaría de fumar.
― Entiendo; hay algún detalle que quiera ajustar.
― El nunca decía “maldición”, usaba “joder” con frecuencia y se tocaba muy seguido esa verruga en el cuello; tampoco me llamaba hijo, siempre me llamaba gordo.
― Haré los cambios; ¿cuándo quiere volver a verlo?
― El martes tengo tiempo, tráigalo temprano por favor.

Días después Denise tuvo que viajar fuera del país; dejo a sus empleados las instrucciones convenientes sobre el androide del padre del hombre rico antes de abordar el avión que le esperaba.  En un país de Europa Oriental se desato una crisis política: un grupo extremista se apodero de una escuela, con decenas de alumnos y maestros en su interior; durante semanas permanecieron atrincherados amenazando con asesinar a los rehenes.
La que en realidad ocurrió fue una matanza de rehenes y secuestradores a las pocas horas del asalto al colegio cuando el ejército entro a la fuerza.
El gobierno se tambalea ante la magnitud de la tragedia; por eso se opto por ocultar todo bajo un extenso montaje;   Denise trabajo durante meses en replicar a los rehenes, fabricando androides que primeramente aparecieran ante la televisión como cautivos, después como heridos en los hospitales y por ultimo, lo mas difícil, de regreso a sus hogares y familias, el tiempo suficiente para que el incidente se olvidara y poder desaparecerlos con una cuartada adecuada. Increíblemente incluso para Denise ninguno de sus androides fue descubierto. Casi un año después regreso a casa triunfante de su mayor reto profesional.

Cuando retomo las riendas de su negocio se entero que el Proyecto Padre 266 seguía en marcha. Se extraño de que el hombre rico siguiera requiriendo el androide de su padre: eso no era bueno para la seguridad de la empresa.  Se presento a recoger el androide en la oficina de su cliente a la siguiente cita programada.
El hombre rico había experimentado algún tipo de regresión durante el tiempo que estuvo fuera: vestía pantalón de mezclilla y camiseta; usaba el cabello largo, crecida la barba, fumaba en su oficina mientras discutía con el androide que permanecía sentado:
― Sabes que, no me importa si no te gusta como manejo el negocio, el jefe soy yo.
― Pues allá tu, gordo, si quieres tirar tu vida a la basura, pero cuando se trata de...
Con un leve toque de Denise en la nuca del androide, este quedo inmóvil. El hombre rico se sobresalto al verla.
― Ha pasado mucho tiempo, y veo que aún no arregla todos sus asuntos con su padre.
― No, ya casi acabo. Necesito una sesión más. Con media hora el viernes será suficiente.
Denise camina alrededor del androide, mirando a su cliente. Le aprieta la punta de la nariz al androide: despierta y permanece atento, con la vista fija en Denise, que se ha parado junto a su cliente.
― Me temo que no habrá otra sesión; va a acabar con esto ahora mismo.
De su bolso Denise saca una pistola y dispara a quemarropa contra el androide. Los impactos hacen que caiga de la silla y se retuerza en el suelo.
El hombre rico se levanta de un brinco gritando, viendo caer a su padre;  Le quita la pistola a Denise;  ella  lo deja sin resistirse.
― Es un control remoto: activa la rutina de agonía; con ese otro botón el androide se reactiva. ―Lo aprieta, el androide se levanta y vuelve sentarse en el sillón, con la vista atenta.
― Inténtelo. ―Le dice Denise; el hombre rico alza la pistola con mano temblorosa y dispara; una y otra vez.
Denise sale de la oficina y espera pacientemente; escuchando al hombre disparar y al androide caer, una y otra vez.
Al final, el hombre rico sale de la oficina, con los ojos rojos y las mejillas empapadas de lágrimas. Le entrega la pistola a Denise:
― Tenga, ya no quiero verlo más. ― Dice mientras se va.
― Como usted guste. ― Responde Denise con una encantadora sonrisa. 

martes 8 de noviembre de 2011

LA EDUCADORA


Se supone que te deberían gustar los niños; es lo que todo el mundo dice.

Quizá antes, pero ya no, después de tantos años de sufrir con los hijos de otras.

Lo que al principio pareció una buena idea se ha convertido en la peor parte de la tortura: la soledad y la derrota es más amarga cuando acaricias lo que nunca podrás poseer.

Constantemente escuchas decir lo dulce que es tu labor; son mentiras. Los niños son criaturas siniestras, lo demás no pueden entender como los pequeños confabulan contra ti, como te atormentan larga y lentamente con su maléfica inocencia.

Guardas una muñeca en el fondo de un cajón, lejos de las miradas indiscretas; esta allí desde que alguna niña descuidada la olvido y nunca la reclamaron.

La sacas de vez en cuando, siempre en las tardes, a solas y en silencio.

Acaricias su cabello de estambre y estrechas el suave cuerpo de trapo.

A veces crees que es un niño, de carita sonrosada, ojos juguetones y cabello laceo, tal como lo has soñado, con su piel suave y cálida.

Tomas un cordón blanco, lo anudas alrededor del cuello, lo giras una y otra vez, apretándolo sobre su pequeña garganta; sientes su mudo estremecimiento, su saliva tibia escurrir hasta tu mano. Ves como su piel se torna azul y se empieza a enfriar lentamente.

Despiertas dándote cuenta que aún sostienes la muñeca y una agujeta blanca aprisiona el cuello. La sueltas aterrorizada y te pones a llorar.

lunes 24 de octubre de 2011

POLVOS DE OLVIDO


Román recorre el camino a pie: el viento eleva el polvo que se acumula en una cuneta a la orilla de la carretera. El sol quema su cuello y el tirante de su maleta le ha rozado el hombro; pero disfruta de este maldito paseo. Lleva puesto sus pantalones vaqueros favoritos, sus botas altas y lentes oscuros. Caminar por estos campos de magueyes amarillentos le sienta bien, como que le da estilo. Se detiene a orilla del camino y arranca una varita de zacate para metersela entre los labios: ahora si, se siente todo un “cowboy”.

Durante algún tiempo el terreno había sido invadido, pero después de mucho tiempo y pleitos legales aquella gente se fue, dejando la casa y los alrededores tan deshabitados como siempre.

Nada crece en el desolado paraje, solo el pasto reseco cubre las lomas y parte del lecho seco del lago. Román mira la casa desde la maltrecha cerca. Es ganancia que aún permanezca de pie. ¿Qué tanto podrá arreglarla? Se pregunta, solo el tiempo lo dirá. Después de todo será una buena terapia: si logra restaurar este abandonado rincón, quizá pueda darle orden a su no menos maltrecha vida.

Brinca la cerca y planta sus pies firmemente en el terreno.

―¡Manos a la obra!

Lo primero que hizo para sentirse cómodo fue darle una buena limpieza a las habitaciones; numerosos alacranes surgieron de varios rincones; una vieja botella de insecticida fue de gran ayuda, pero no evito que desconfiara de cada lugar donde posara la mano.

Habilitar el viejo pozo fue la siguiente prioridad. Con una barreta desclavo las tablas que lo tapaban; arañas patonas surgieron del agujero negro junto con un aroma rancio.

La cubeta cayo largos metros antes de llegar al fondo, regreso con apenas un tercio de agua amarillenta.

Las cosas empezaron a marchar bajo una rutina diaria, limpiar, sacar agua del pozo, reparar la cerca, preparar la comida y viajar al pueblo en aventones.

Por la tarde caminaba sin rumbo por los alrededores. Llego hasta la cortina de la presa: una imponente muralla de roca, inútil tras varios años de sequía. También encontró los arroyos afluyentes, apenas unos hilitos de agua que aún así arrastran la basura de lugares lejanos.

Se pueden ver un montón de cosas que la corriente ha depositado en el fondo de la presa: neumáticos de camión semi enterrados, resaltando su negrura sobre el pasto verde de las orillas. Botellas de blanqueador, azules, descoloridas por el sol, se pueden contar por miles sobre la arena o flotando en el diminuto charco. Hasta sabanas y costales... un momento: se detiene para ver mejor ese bulto blanco a mitad de la presa, ¿Es su imaginación o aquello son unos brazos y piernas? Entre más lo ve más se convence que ese mechón oscuro es la cabeza. Es una persona; lo puede ver con claridad ahora que esta cerca.

Es una muchacha, inconsciente, quizá por la insolación. Es urgente ponerla bajo sombra.

La casa esta a unos cientos de metros, arriba de la colina.

La toma en brazos, toda ella cuelga lánguida, carente de vida. Se apresura a llevarla, camina en línea recta hacía la orilla más cercana. Atraviesa el curso del arroyo y unos pasos adelante se da cuenta de su error.

Esta en un banco de fango; otras veces lo ha atravesado sin dificultad, pero ahora el peso combinado de los dos hace que sus pies se hundan en el lodo, mas profundamente a cada paso, y el vacío que se forma al tratar de extraer su pie hace una succión que le impide dar el siguiente paso.

Alarmado comprueba que el lodo le llega casi a las rodillas y que avanzar más acabaría por hundirlo. Deja a la muchacha sobre el fango: debe aligerar su peso. Se sienta sobre el pegajoso terreno. Intenta librarse de la succión moviendo el pie de un lado a otro a fin de que entre aire.

No esta funcionando, hunde sus manos en busca de los cordones de las botas, logra desabrocharlas; extrae el pie de la bota y a continuación empieza a escarbar el blando material para liberarla.

Ha perdido un tiempo valioso: la chica sigue desmayada y todavía hay que sacarla de aquí.

Pone los brazos de ella sobre sus hombros cargándola con la espalda, entonces sigue avanzando a gatas, rumbo a la orilla más cercana.

Fatigado y lleno de lodo alcanza el terreno firme; la carga en brazos de nuevo e inicia el no menos penoso ascenso hasta la casa.

Debieron drogarla, la ultrajaron y después la abandonaron en este lugar desierto: Son las conjeturas de Román mientras atiende a la joven, bajita y delgada, quizá adolescente, su piel debe ser blanca naturalmente, pero ha pasado tanto tiempo bajo el sol que su tono es rojizo tendiendo al oscuro.

En la cama se encuentra lo suficientemente fresca. Román prepara un suero re hidratante,

con unas cucharaditas de sal y azúcar en un litro de agua, tal como se le daba en casa a los niños con diarrea. Se lo administra en cucharaditas; sus labios están secos y su lengua pegada.

Poco a poco va aceptando más líquido, al mismo tiempo va recuperando parte de su conciencia e incomodidad por las intensas quemaduras que laceran su espalda.

Se queja lastimeramente: Román voltea a verla, la descubre con los ojos abiertos y expresión de dolor.

―¿Te duele mucho? - Ella asiente.- ¿Dónde?

Señala atrás con un movimiento de la cabeza.

―Déjame ayudarte. Le aplica aceite de cocina en los hombros y la espalda.

Ella mira con preocupación al ver lo que le esta poniendo.

―Era lo que tenía a la mano. Se disculpa.

―Claras. Dice ella. Román va a la cocina y regresa con varios huevos, los aplica con cuidado en las quemaduras de la muchacha.

― Me llamo Román, ¿Cuál es tu nombre?

― Aurora.

― Mucho gusto Aurora.

― Igualmente, gracias.

En la tienda de abarrotes del pueblo el tendero le pesa un kilo extra de arroz para Román.

― Oiga Don Aurelio, ¿Usted ha sabido que pasen cosas allá en la presa?

― ¿Cosas como qué?

― Pues usted sabe: a veces he visto gente, chavos y chavas, caminando y metiéndose en rincones por ahí.

― Ah, eso. ― Responde el tendero con una sonrisa maliciosa. ― En lo personal no me gusta ese lugar para llevarte una chamaca, deberías ver detrás del cerro boludo, hay un bosquecito donde nadie te molesta, solo prendes una fogata y listo.

― Si, pero lo que a mi me preocupa es que algunos mariguanos se vayan a meter a mi terreno para hacer sus cosas.

― Ni te preocupes; a veces llegan esos niños ricos de la ciudad; harán su desmadre pero no se meten con nadie, en la noche se meten a sus coches y se van. ¿Se te ofrece algo más?

― Si, un bote de crema para la piel, la que protege del sol.

― ¿Te molesta asolearte? ―Pregunta con curiosidad Don Aurelio.

― Que va, si no es para mi, es para... mi mamá; va a venir mi familia a visitarme el fin de semana, es que ella es de piel muy delicada.

Aurora mira el campo, sentada en un barril algunos metros frente a la casa. De reojo ve a Román acercarse; Junta las piernas y adopta una pose de recogimiento: Se ha tomado la libertad de ponerse una camisa y un pantalón de Román, bastante grandes para su talla.

― Gracias. Dice en voz muy baja.

― No fue nada, ¿Cómo te sientes?

― Bien, mas o menos, no sé.

― ¿Qué pasa?

― Ya te di muchas molestias.

― No, para nada, ¿quieres que le llame a alguien por teléfono?

― No.

― ¿Tu casa? ¿Tus amigos?

― Por favor, ahora no. ― Se levanta y camina rumbo a la puerta. ― Gracias por todo, ya me voy.

― Espera. ―Román la detiene sosteniéndola por los hombros. ― No quise decir eso; puedes quedarte el tiempo que quieras, no le diré a nadie, si eso quieres.

Aurora se zafa y entra a la casa.

Se acoplo a la rutina de Román desde el primer día. Con su ayuda la restauración de la casa avanzo con rapidez; resulto ser una hábil cocinera y conocedora de remedios caseros.

Las tardes dejaron de ser melancólicas para Román, pues en los paseos diarios contó siempre con la compañía de Aurora. Juntos recorrieron la orilla opuesta de la presa.

Gran sorpresa les causo encontrar la casona. Sobre una pequeña loma que alguna vez fue la ribera del lago, se levantan las paredes desnudas de una amplia casa de campo, convertida en ruinas.

Entraron con temor, cruzando el noble arco donde debió haber un portón.

El sol y el viento acabaron con lo que fue un jardín, únicamente un viejo y enorme sauce seco perdura. Aurora y Román se contagian de la irresistible melancolía que emana de las paredes descascaradas, de los amplios salones sin techo, de los pisos de mármol que han sido saqueados; de las ventanas que fueron construidas para ver el atardecer sobre el lago, y que ahora muestran un desierto de polvo y desolación.

― Este lugar enferma. ― Dice Román, pero igual que Aurora esta fascinado; no podría dejar de explorar ningún rincón.

― Este es el cuarto de la niña. ―Dice aurora al recorrer una habitación no muy grande, pero con un gracioso balcón que daba al jardín.

― ¿Cómo sabes que era de una niña?

― Yo lo hubiera escogido, me levantaría en las mañanas y abriría las puertas de par en par, desde el balcón saludaría al nuevo día.

La emoción de la muchacha impresiona a Román, siendo ella tan callada.

Regresaron con frecuencia los días siguientes. El lugar ejercía una cierta atracción en ellos. Román decía que era el paisaje, aunque árido y desolador no dejaba de ser magnífico.

Aurora en cambio nunca buscaba explicaciones, aceptaba con sencillez que la casona es un lugar mágico, y que era tonto resistirse a la atracción.

Allí la muchacha se volvía mas desenvuelta; juntos, Román y ella, fueron elaborando la historia de sus moradores mientras caminaban por el lugar.

― De esta rama colgaba el columpio; aquí el hermano empujaba a su hermana toda la mañana, hasta que la mamá les llamaba para el almuerzo. Pero los sábados no; entonces padre e hijo se levantaban antes del amanecer para pescar en el lago.

― No creo que hubiera buena pesca.

― ¿Por qué no? Y después de todo lo importante es el ritual, los dos conviviendo, seguramente entonces hablaban del duro camino para convertirse en hombre.

Aurora encuentra un camino empedrado que antes no habían visto.

― Mira ¿a dónde llevara? Vamos a seguirlo.

El camino los conduce fuera del jardín hasta donde desciende la ladera; allí encuentran el primer peldaño de una escalera, cubierta por la maleza. Corriendo abajo, como dos niños explorando, Aurora jala a Román.

Llegan hasta un pequeño kiosco en lo que en otra época fue la orilla del lago. Con alegría Aurora sacude una de las bancas y se sienta en ella, frente a una mesa redonda.

― Hasta aquí bajaban, con una canasta llena de comida, para almorzar junto al lago, también paseaban en lancha: el padre en los remos, la madre y la hija se cubrirían bajo una sombrilla, y el niño al frente, mirando al fondo buscando peces.

Román mira todo el lugar: bien parece que fue tal como Aurora lo imagina; solo que ahora el lago es un charco de lodo como a un kilómetro de distancia; todo ese suelo seco, estropeado, clamando por un poco de humedad.

Camina hasta un pequeño muelle: semi enterrada en la tierra encuentra una zapatilla; alguna joven la debió perder cuando subía o bajaba de un bote: quizá se rieron por la perdida, o tal vez la muchacha lloro largamente su zapatilla nueva.

Román la deja caer en el mismo lugar. En ningún otro sitio ha sentido tanta melancolía, al punto de no poder soportarla.

― Vámonos, no me siento bien aquí.

Ya no quiso regresar a la casona, algo le apremiaba estando allí, como si las paredes le pidieran que hiciera algo. En cambio Aurora esperaba con ansiedad el momento de regresar, como si ese fuera su hogar.

― Entonces ¿No vas a salir hoy?

― No, tengo que clavar estas duelas.

― Pero no hemos salido esta semana.

― Tu puedes salir cuando quieras, yo ya estoy retrazado.

― ¿Quieres decir que te quito el tiempo?

Román permanece callado, clavando ruidosamente en la madera.

― Pues si, me iré, cuando sea el tiempo; pero tu: quieres restaurar este lugar, pero no sabes como ni cuando.

Aurora sale y se pierde por el camino. Román sigue clavando el suelo, de rato en rato se escucha decir¿Cuándo y Como?

¿Qué quisiste decir con no sé cuando y como? ― Pregunta Román a la muchacha esa noche, en la cama.

― Lo que quise decir es que nadie llega al mundo sabiendo lo que va a hacer.

― Por favor, me contestas una pregunta con un acertijo peor.

― Precisamente es lo que te digo: cuando adquieres conciencia de tu destino todo se vuelve claro.

― Y parece que tu ya conoces mi destino.

― En parte, porque ya he descubierto el mío, y ambos están entrelazados.

― ¿Quién eres?

― Ya lo sabes, lo intuyes: soy Ying, soy la tierra, soy la mujer, abusaron de mi, exprimieron hasta el fondo mis entrañas, luego me tiraron como un objeto inservible para que el sol me secara hasta los huesos.

Román callo, perplejo. Aurora sonríe, acerca su rostro, con la boca busca sus labios.

― Ya sabes lo suficiente.

Al regresar del pueblo con las compras de la semana, Román encuentra una nota en la puerta: ― El tiempo ha llegado Román, el como y el cuando ya no importan, ya lo has hecho. Cuídate, te quiere Aurora.

Alarmado, Román entra en la casa: todo en orden, pero ella no esta.

Sin saber que hacer, corre por el camino intentando encontrarla; entonces empiezan a caer las primeras gotas de lluvia. Se dirige rumbo a la casona; tiene la sensación de que Aurora debe estar allí.

El cielo se cierra encima de él, tornándose intensamente negro: en el horizonte se ve una inmensa cortina de agua, líneas oscuras que caen verticales al suelo. Corre debajo del aguacero, el cielo cae inmisericorde sobre su cabeza; la camisa se le pega a la piel y el pantalón se cuelga bajosu peso, las costuras empiezan a rozarle las piernas.

Encuentra que es imposible cruzar el lecho del lago; se ha convertido en un lodazal y el charco va creciendo rápidamente.

Rodea la orilla buscando algún punto donde cruzar: llega hasta uno de los arroyos; confía en poder atravesarlo. Se mete, soportando la corriente y el frió que le entumece las manos.

A mitad de la corriente se da cuenta de que no esta bien. En unos instantes el agua le ha llegado a la cintura; le resulta difícil mantenerse en pie y en medio de esta lluvia no puede ver mas allá de unos metros.

Atropelladamente intenta regresar; sus pies ya no encuentran apoyo y cae. Se levanta un par de veces pero la fuerza del rió lo mantiene sumergido.

Traga agua y lodo, manotea intentando agarrar cualquier cosa que lo sostenga, pero sus manos solo encuentran el fango que se desprende junto con la corriente.

El frío es tan intenso; se esta cansando. Tose para poder respirar, pero en cada bocanada entra más agua. No puede soportar más.

Algo le raspa los brazos y el golpe le hace dolerse del costado. No lo piensa siquiera, se agarra de aquello, las raíces de un árbol seco. Con lo que le resta de fuerzas logra sostenerse y salir del río.

Días después regresa a la casona. Ha recorrido un largo camino pues ha bordeado el lago para poder llegar allí. Después de días y noches de lluvia continua el nivel del agua ha crecido enormemente; desde las ruinas de la casona se pueden ver las aguas, que aunque cafés y turbulentas, reflejan el sol.

No encuentra rastros de Aurora, pero en cambio se sorprende al ver pequeños retoños verdes en el sauce.

Por fin, cree que lo ha entendido.

viernes 14 de octubre de 2011

RESEÑA: CRIMEN Y CASTIGO


Normalmente escribo la reseña de un libro a los pocos días de terminar su lectura, cuando en la memoria están frescos todos los detalles de la trama.

En el caso de “Crimen y Castigo” no es así; han pasado semanas desde que deje el volumen de 476 páginas. Es necesario alejarse un poco de esta obra para apreciarla en su justa dimensión.

Crimen y Castigo de F.M. Dostoievski, es la historia de Rodión Romanovich Raskolnikov; ex estudiante de leyes en la ciudad de San Petersburgo en los años alrededor de 1860.

Rodion es solitario, meditabundo, orgulloso e irascible; vive en una diminuta habitación que le renta la madre de su prometida, la cual falleció tiempo atrás. Frustrado, viviendo con tantas restricciones, casi sin comer, la salud de Raskolnikov va mermando, mientras elabora planes.

En esta situación Rodion tiene un encuentro que parece trivial, pero tendrá enorme importancia en su futuro: En una taberna conoce a Marmeladov, un ex funcionario alcohólico quien le cuenta su triste historia, como el alcohol ha arruinado su vida, la de su esposa tuberculosa, la de su hija mayor, Sonia, dedicada por necesidad a la prostitución, y la del resto de sus hijos. Rodion tiene que llevarlo hasta su casa, y comprueba la miseria en la que viven.

Al regresar a casa Raskolnikov recibe una carta de su madre, le cuenta las desventuras de su hermana Dunia en la casa donde sirve de institutriz, como recupera su prestigio y un rico comerciante maduro de nombre Lujin le ofrece matrimonio.

Después de leer la carta Rodion decide que impedirá la boda, pues el señor Lujin es avaro, presuntuoso y frívolo, deduce que su hermana acepta un compromiso de tal naturaleza únicamente para ayudarlo a él y a su madre, esta decidido a no permitir tal sacrificio de su hermana.

Con estos pensamientos en la cabeza se entera de que se presentan las condiciones adecuadas para efectuar el plan que tanto desvelo le ha ocasionado: Matar a una viuda prestamista, el sujeto más repugnante que ha conocido, para robarle el dinero que tiene guardado.

Raskolnikov lleva a cabo el plan, no sin dificultades imprevistas y con una cada vez más menguante voluntad, pero al fin comete el crimen, teniendo que matar también a Isabel, la hermana de la prestamista, roba unas alhajas y huye, siendo que casi es descubierto y gracias a la casualidad no es atrapado. Esconde el botín debajo de una piedra en un jardín y regresa a su habitación en un estado tan alterado que casi no puede responder de sus actos.

A la mañana siguiente va a visitar a su amigo Razumikhin, quien anteriormente le ha ayudado a conseguir trabajos temporales y de quien se ha alejado intencionalmente; al enfrenta r a su amigo, quien no tiene idea de lo que acaba de hacer, su impulso es alejarse de él cuanto antes. Después Rodion tiene que visitar la comisaria por un asunto de una deuda sin pagar; con los nervios en punta, creyendo que ha sido descubierto afronta el asunto con el secretario y antes de poder irse escucha los comentarios acerca del salvaje asesinato de la vieja y su hermana; sus nervios no resisten más y se colapsa.

Días después Rodion despierta en su habitación, ha estado al cuidado de Razumikhin, quien a partir de ese momento le demuestra una amistad sincera y una fidelidad a toda prueba.

Raskolnikov en cambio esta sujeto a oscilaciones de su animo cada vez mayores; teme que en su delirio se haya delatado, cada vez aumenta su paranoia, se sume en profundas depresiones y después actúa con arrebatos de osadía al grado de insinuarle a un oficial de policía su participación en el asesinato.

En esta situación, en la cual la cordura de Rodion se balancea, recibe las sucesivas visitas del señor Lujin, de su madre y su hermana y de Svidrigailov, el antiguo patrón de Dunia, su hermana, quien acaba de enviudar y que tiene una propuesta que hacerle.

Incidentalmente Raskolnikov mientras vaga por las calles de San Petersburgo, debatiéndose entre suicidarse, entregarse a la policía o seguir burlando a la justicia, presencia un accidente en el cual Marmeladov es atropellado; el hace que lo conduzcan hasta el hogar del burócrata donde muere, Rodión le da todo el dinero que tiene a la viuda y conoce en persona a Sonia, la hija de Marmeladov. Posteriormente se lleva a cabo el encuentro entre los tres miembros de la familia: Rodión, su hermana Dunia y la madre de ambos con el señor Lujin, quien deja ver su verdadera naturaleza provocando el rompimiento del compromiso matrimonial; despechado, Lujin intenta desacreditar frente a su familia a Raskolnikov, para lo cual se vale de la inocencia de Sonia, cuya madre realiza un extravagante banquete en honor de su marido muerto. El banquete resulta desastroso, Lujin lleva a cabo su plan, pero fracasa al ser descubierto su engaño, provocando un escándalo entre los asistentes al banquete, la viuda tuberculosa en estado terminal pierde la razón al ser echada del cuarto que le alquilaban, termina muriendo horas después, dejando a tres huérfanos. En este momento reaparece Svidrigailov, quien en un inesperado acto de generosidad proporciona el dinero suficiente para que los huérfanos sean entregados a un orfanatorio, donde tendrán un mejor destino que la mendicidad.

Raskolnikov le confiesa a Sonia su crimen, ella, que se ha enamorado de él, le indica que la única forma de redimirse es entregarse a la policía. Rodión, quien aun se debate entre su conciencia y sus convicciones se resiste a tomar ese camino, pero al cabo de unos días decide hacer lo que le sugirió, mas por cansancio y desprecio a si mismo que por autentico arrepentimiento.

En el epilogo vemos a Raskolnikov viviendo preso en una colonia penal en Siberia, en condiciones que aunque son duras no han ablandado su corazón. Sonia lo sigue hasta aquella ciudad y se mantiene como costurera, visitando a diario a Rodión.

Después de una leve enfermedad por la cual ella no lo visita por un tiempo, Raskolnikov empieza a sentir verdadero amor por ella, al reencontrarla por fin llora, liberándose de la opresión que ha sentido por años y por fin puede iniciar un largo y penoso camino a su redención y felicidad.

Durante la novela tienen especial importancia los tres encuentros que sostiene Rodion con Porfirio Petrovich, inspector de policía. En el primero se presenta Rodion para declarar que empeño un reloj con la prestamista asesinada y su deseo de recuperarlo, maniobra ideada por Raskolnikov para desviar las sospechas de él. Pero pronto se da cuenta que Porfirio Petrovich es un contendiente formidable, pues demuestra una astucia y perspicacia que ponen en aprietos a Raskolnikov. En su segundo encuentro Porfirio le tiende una trampa, jugando sicológicamente con él, tratando de provocar un desliz de Rodión, atacando sus nervios con malicia, siempre dando a entender que sabe o sospecha más de lo que dice. Raskolnikov sortea la prueba con dificultad, solo un golpe de suerte lo salva de que sus nervios lo delaten. Al final termina con la certeza de que no existe una prueba solida que lo incrimine, por lo cual podrán seguir torturándolo pero no podrán probar su culpabilidad.

El último y definitivo encuentro sucede en la habitación de Raskolnikov, a donde acude Porfirio Petrovich como cortesía, con el pretexto de disculparse por lo que sucedió anteriormente, poco a poco Porfirio le hace saber a Rodion que tiene la certeza de que el es el asesino, pero tal como Raskolnikov sospecha, no puede culparlo formalmente, le conmina a entregarse prometiéndole un trato benevolente, pues en el fondo Porfirio simpatiza con Rodión.

Un personaje que merece mención aparte es Svidrigailov, sospechoso de haber envenenado a su esposa, busca reencontrar a Dunia, esta perdidamente enamorado de la hermana de Raskolnikov, al grado de proponerle fugarse con él. Pero Dunia lo desprecia, además de que no se permitiría tener una relación ilícita. Svidrigailov es un personaje de contrastes, pues es un depravado sin moral, pero a la vez siente una enorme ternura por los niños pequeños, sin asomo de pecado, por ello ayuda a los huérfanos de Marmeladov, y ama a Dunia sinceramente. Incidentalmente Svidrigailov escucha la confesión de Raskolnikov a Sonia y utiliza esto primero para tratar de chantajear a Rodion y después para atrapar a Dunia en una emboscada, de la cual se libra la muchacha gracias a la pistola que su patrona le regalo como desagravio del escándalo del que fue victima. En este momento Svidrigailov le pregunta a Dunia si podría llegar a quererlo, renovando su oferta de huir. Al rechazarlo Dunia nuevamente, Svidrigailov la deja ir y recoge el arma que ella dejo. Con esa arma se suicida al día siguiente.

Mucho se puede decir de esta novela, lo que pueda escribir de ella siempre será poco, pues hay tantos aspectos que merecen ser analizados, su ritmo impecable, mediante el cual nos involucra en una situación que va siguiendo su curso hasta agotar todas sus posibilidades, cuando la acción y la atención empiezan a decaer, aparece una nueva circunstancia que cambia la situación por completo; este ritmo se va repitiendo a lo largo de los capítulos, impulsando a la novela en un sube y baja de tensión de manera que el lector queda enganchado y tiene que continuar hasta la resolución del conflicto, y antes que este finalice, aparece un nuevo atractor que obliga a proseguir.

La construcción de los personajes esta magistralmente elaborada, todos ellos tienen aspectos brillantes y oscuros, por lo cual sería difícil catalogarlos como héroes y villanos. Aunque Raskolnikov comete asesinato no puede dejarse de sentir simpatía por él, pues no solo es inteligente, en el fondo es un ser humano que sufre y que ha sido victima de sus propias ideas; su aspiración es convertirse en un futuro Napoleón, cree que sujetos tales deben estar por encima de la moral de los individuos comunes, de tal forma que si debe matar para lograr un fin glorioso, entonces todas sus acciones estarán justificadas; Puede sentir uno lastima de Rodion, pues su visión es una lectura errónea de la historia, creyendo que la imagen que los libros hacen de los grandes hombres son la realidad, en el mundo de las ideas sus creencias y sus planes son impecables, pero la ejecución de tales en una realidad objetiva se vuelve impracticable y gran parte del conflicto de Raskolnikov consiste en darse cuenta que él no es el tipo de ser superior sin limitaciones morales que pensaba, solo los criminales se acercan a lo que el esperaba.

Crimen y castigo es también un retrato de la Rusia decimonónica, de las ideologías que se enfrentan en el ambiente, de la intelectualidad rusa que se debate entre la Europa liberal y el Zarismo tradicional, las ideas de progreso enfrentadas a la tradición, la libre empresa y el socialismo justiciero.

Dostoievski nos muestra también los tres posibles destinos de Rodion Raskolnikov a través de dos personajes. Ciertamente Raskolnikov cometió un crimen y pago por él, pero cabe preguntarse: ¿ Que hubiera pasado si Rodión no se atreviera a matar a la prestamista? ¿Qué hubiera pasado si no se entrega a la policía y quedara impune? En el caso de que no hubiera crimen, el destino de Raskolnikov hubiera sido el de Marmeladov: vencido por la vida, despreciándose todo el tiempo, girando en una espiral de autodestrucción que arrastraría a todos a su alrededor. Eso es lo que nos muestra Dostoievski con la historia del ex funcionario.

Si no hubiera Castigo, Rodion Raskolnikov se hubiera convertido en un Svidrigailov, un sujeto sin moral, vacio en su interior, en el cual la bondad casi ha muerto y que se muestra prodigo para compensar su vileza.

Puede uno pensar que lo que lo ocurrido a Rodion es justamente lo que necesitaba, pero los costos son necesariamente muy altos.

En nuestra época, a pesar del siglo y medio que a trascurrido, la lectura de Crimen y castigo sigue siendo pertinente, mas aún para las generaciones de ni-nis (ni trabaja ni estudia) en las cuales he visto bastantes Raskolnikovs, que quizá nunca cometan crimen ni reciban castigo; Por lo que esta novela debería ser lectura obligada a los diecisiete años.