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LO QUE SE GUARDA BAJO EL COLCHON


En toda la unidad habitacional no hay pareja más peculiar que la de Esteban y Concepción; así lo piensan sus vecinos del edificio veintiséis.
Nadie sabe como ellos dos se conocieron y en que circunstancias se casaron; precisamente el silencio ante esos detalles de sus vidas ha despertado la sospecha y suspicacia de sus vecinos, los cuales están convencidos de que hay secretos vergonzosos que todos quisieran conocer.
En su taller de reparación de televisores Esteban se encuentra en su ambiente, vestido con una bata blanca, despeinada su erizada cabellera, gafas gruesas cubren sus alienados ojos que sorprenden al visitante cuando levanta la vista de alguna tabla de circuitos.
Concepción, por su lado, es ampliamente conocida por todos los vecinos, es cajera del supermercado cercano a la unidad habitacional. Algunos chicos piensan que debe ser levantadora de pesas o luchadora profesional; pero Concepción es una persona muy pacifica y callada.
El matrimonio vive en un departamento pequeño, como todos los de la unidad; de paredes delgadas, compartiendo una vida comunitaria con sus vecinos, quienes no dejan de hablar de ellos.
Por las noches su departamento se sume en la más profunda oscuridad y un absoluto silencio. Más de uno se pregunta ¿Qué harán esos ahí adentro?
Sábado por la mañana, Esteban sale rumbo a su taller, trabajara hasta el mediodía. Concepción por su lado toma el camión muy temprano, se dirige a sus clases de aeróbic.
Siempre que tiene oportunidad, Concepción toma un camino distinto terminada la clase; se dirige a los campos deportivos. Le gusta pararse frente a la reja de la cancha de fútbol para mirar el juego.
En la tarde Esteban y concepción almuerzan en casa, platican de lo que hicieron durante el día, ven la televisión hasta tarde y después se van a acostar.
Esteban se encierra en el baño antes de ir a dormir. Concepción acostada ya en la cama, aprovecha ese momento para meter la mano debajo del colchón. Tiene una colección de recortes de periódicos y revistas, fotos de físico culturistas, corredores y maratonistas; sus preferidas son las de jugadores de fútbol, le encantan sus piernas.
Concepción se lamenta que Esteban no sea como ellos, lo quiere sin duda, pero a veces desearía que no fuera el ratón de laboratorio que es.
A ella le gustaría un macho, que le hiciera el amor violentamente, que le doliera. Pero es demasiado tímida como para mencionarlo siquiera.
Esteban sale del baño y se reúne en la cama con ella. Concepción ya escondió sus recortes, antes de que su esposo los pueda ver. Hacen el amor esa noche, ella cierra los ojos y trata de imaginarse que lo hace con un sudoroso centro delantero con uniforme del Atlante.

Después de la comida Esteban ojea el periódico, Concepción a salido a la calle y tardara en regresar; no se ve gente por los andadores de la unidad habitacional; reina el silencio. Las condiciones son propicias, después de mirar su reloj y la ventana sucesivamente, Estaban deja el periódico y ansioso sale del departamento. Sube las escaleras tranquilamente hasta llegar a los lavaderos. No hay nadie cerca y los tendederos están llenos.
Esteban recorre entre las filas de ropa, hasta llegar a su presa.
De vuelta en el departamento, verifica que Concepción no haya regresado antes de sacar el botín para examinarlo con calma. Puede ser un sostén de encaje oscuro, la seda lo enloquece; o puede ser una pantaleta, no demasiado nueva, mas bien holgada, un poco perjudida y con el resorte vencido, las prefiere provocativas; alguna vez encontró una tanga semi-trasparente, manchada, la atesora como si fuera un trofeo.
Esteban no solo guarda sus juguetes para cuando esta solo en casa. En las noches mientras esta en el baño se frota con ellas, aspira su aroma y se estrecha con ellas hasta romperlas. Solo cuando tiene suficiente excitación puede salir y enfrentar a concepción; tan ansiosa, tan impulsiva. Cada vez teme dejarla insatisfecha, y él, que no encuentra otra manera de dar el ancho.
Después de tantas veces de pararse a mirar desde las rejas, un jugador se acerca a Concepción y la invito a pasar a las gradas. Alto, con una oscura melena de cabellos rizados, bigotón y de piernas bien peludas.
― ¿Porque no pasas?, Desde adentro se ve mejor.
― ¡Ay, no!, Como cree.
― Ándale, yo ahorita le digo al de la puerta que te deje pasar.
―Bueno, pero nomás un ratito.
Así conoció a Ramiro; futbolero de fin de semana, tan dispuesto a jugarse la camiseta en la cancha como de atascarse de cerveza y tacos de tripa nomás pisa fuera del pasto.
A lo largo de las semanas fue convirtiéndose en la viva imagen de la masculinidad para Concepción. Después de los partidos la acompañaba hasta el camión; paseos que se hacían cada vez más prolongados, hasta que la dejaba a la puerta de su casa.
Llego el día que Concepción tanto temía y tanto deseaba, cuando se hicieron amantes.
Trato de ser discreta, pero Ramiro no era adepto a sutilezas. Al poco tiempo la gente del edificio veintiséis tenía otro chisme que murmurar.

Esteban tiene la habilidad de leer los complejos esquemas de aparatos eléctricos a la vez que camina por la avenida; cruza calles, esquiva niños corriendo y espera la luz verde del semáforo sin levantar la vista de sus diagramas. Solo una fuerza en este mundo puede hacerlo girar la cabeza y olvidar lo que tiene entre las manos, una minifalda entallada y un par de piernas que cruzan su campo de visión. Esteban se detiene, voltea hacia atrás a mirar a la muchacha de cabellos oscuros; Apenas pudo ver su rostro de reojo, ella sigue su camino sin inmutarse, moviendo coquetamente las nalgas.
Esteban la sigue unos pasos atrás, regodeándose de la visión de los muslos y la cadera de la muchacha; cualquiera diría que con esos lentes la estaba mirando con visión de rayos X.
Atravesó calle tras calle, preguntándose si sería capaz de abordarla.
Si se diera la oportunidad, pensaba, ¿Qué cosa le diría?
No hubo ocasión para ello, de repente se encontró de frente con un vecino que lo saludo cordialmente, en los pocos instantes que Esteban la perdió de vista, la muchacha desapareció.
El vecino acompaña a Esteban de regreso a su departamento, platicando de cualquier cosa. En un momento, el vecino volteo hacia un lado y otro antes de decir.
― Oye Esteban, yo no quería decírtelo, pero ¿sabes lo que se comenta por allí?
― No, no sé que se dice por allí. ― Contesta Esteban esperando otro chisme cualquiera. Entonces el vecino se lo dijo.

Concepción camina del brazo de Ramiro, tratando de ocultar su rostro de la gente con la que se cruzan, usa ropa de la que casi nunca utiliza, procurando evitar pasar frente a sus vecinos.
En cambio Ramiro camina de forma festiva, como novio presumiendo a su prometida. Besándola en el camino frente a los mirones y sonriéndoles a estos como diciendo: Sí, me voy a coger a la gordita, ¿y qué?
Concepción suspira de alivio cuando entran al departamento y cierra la puerta tras de ella. Al menos no la vio nadie conocido, y faltando tanto para que Esteban regrese, no habrá ninguna molestia. Sin que se lo espere, Ramiro la toma arrebatadoramente; es grosero y vulgar al hacer el amor, a Concepción le repugna, a la vez le fascina; es tan distinto a la tímida y meticulosa pudorosidad de su esposo.

Toda la semana Esteban practico la forma de abrir la puerta del departamento en silencio; Desde que le contaron lo que sucedía en su casa los sábados en la mañana.
Vigilo los pasos de Concepción desde una prudente distancia; la vio llegar a donde toma las clases de aeróbic, pero en lugar de entrar se encontró con ese barbajan, con el cual regreso al departamento. Nunca lo hubiera creído de no haberlo visto con sus propios ojos.
Inserta la llave con suavidad, sostiene la puerta del picaporte al darle vuelta a la cerradura, cuando esta abierta empuja muy lentamente la puerta únicamente lo suficiente para entrar.
Parado en la sala, escucha los jadeos de su esposa y su amante; son tan eróticos que se siente excitado muy a su pesar.
En su imaginación prevé el momento en que entrará a la habitación. Imagina que se sorprenderán, el tipo se esconderá bajo la cama y Concepción se arrodillara a sus pies para implorar perdón; el cuál él, muy digno, se lo negara.
Se arma de valor y abre la puerta de la recamara.
Al entrar, Concepción se sorprende, da un grito, aparta a Ramiro y se cubre el pecho con las manos.
Ramiro en cambio la sigue sosteniendo de la cadera, besándole el ombligo, ignorando por completo la presencia de Esteban.
Cada vez más enojado, Esteban carraspea para llamar la atención, mirándole desde la puerta con las manos en la cintura.
Cuando Ramiro se da por enterado de su presencia, voltea insolente y exclama burlón.
― Así que este es el hombrecito.
― Con que esas tenemos ― dice Esteban en tono amenazador.
―Si, ¿tienes algún problema con ello?
― Haga el favor de retirarse, ― amenaza Esteban ― o de lo contrario...
― ¿Que?, ¿Me vas a dar una paliza? ― Ramiro se para frente a Esteban, sin esfuerzo le da un empujón que lo bota fuera de la habitación.- Escucha, nadie me interrumpe mientras estoy cogiendo, ¿entiendes?
Esteban intenta golpearlo, logrando tan solo rasguñarlo con un torpe derechazo.
Ramiro se enciende; lo golpea sin piedad, riéndose cada vez que su rival intenta contestar.
― ¿El niño va a llorar? Aquí tiene para que se haga hombrecito.
Esteban a caído al suelo y Ramiro le da puntapiés.
― ¡Ya basta! ― Interviene Concepción; semidesnuda toma a Ramiro de un hombro y lo voltea; le conecta tremendo puñetazo en la boca del estomago. Ramiro se dobla en dos; con violencia ella lo lanza sobre la cama y le avienta su ropa.
― ¡ Lárgate ahora mismo!
El frustrado amante se viste dócilmente y se va con la cola entre las patas. Concepción da el portazo cuando sale por la puerta.
Esteban se ha levantado del suelo, sobándose los golpes, contrariado mira a Concepción e intenta recuperar su enfado.
―Perdóname, ― dice Concepción apenada, ― cuando te vi en el suelo sentí horrible; Ay Esteban, solo a ti te amo.
― Ahora me pides perdón, ― contesta Esteban pedantemente, dándole la espalda, - no sabes lo que me has avergonzado, ¡todo el mundo sabe lo que hacías!
― Si a esas vamos― responde Concepción con sarcasmo - todo el mundo sabe también quien se roba los calzones del tendedero.
Sorprendido, Esteban enrojece, y mira a Concepción lleno de ira.
― Eres una maldita puta. ― Se lanza sobre de ella tirándola sobre el sillón.
― Degenerado de mierda.―Ella lo repele con un empujón; en su caída Estaban tira la mesa de centro.
― Ramera, hija de la chingada. ― Vuelve a la carga intentando unos poco convincentes golpes de boxeo.
― Mariquita. ― Concepción esquiva los golpes y con poca suavidad le regresa un manotazo.
Esteban la inmoviliza sobre el sillón, con las piernas sobre sus brazos.
― Bola de cebo. ― Ella gime, Esteban se ha sentado sobre su cintura.
― Traga calzones. ― Suelta uno de los brazos y se prende de los cabellos de Esteban, le jala la cabeza hasta tenerlo cara a cara. A Concepción se le escapa una risita antes de unir sus labios en un salvaje beso. Esteban la suelta, y ambos ríen como locos; acaban de hacer un gran descubrimiento.

Ahora el chisme que más circula entre los vecinos del edificio veintiséis es acerca del escándalo que Esteban y Concepción hacen cada noche, nomás apagan la luz.

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