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EL JARDIN DE LOS MONSTRUOS


Reynaldo busca una reina: necesita una reina roja; se le acaba el tiempo y ninguna carta le sirve.
- Muchacho, ¿ya revisaste la sesenta y uno?
- A eso iba ahorita. Reynaldo apaga la computadora antes de que su jefe llegue a la oficina.
- También poda la ochenta.
Reynaldo toma sus instrumentos de trabajo, una pequeña pala, el rastrillo y las tijeras. Sale de la oficina en el momento en el que el viejo Eugenio entra en ella, dispuesto a sentarse y dormir en el sillón que Reynaldo acaba de desocupar.
Este servicio social no ha resultado ser como lo esperaba Reynaldo: el trabajo es sucio y aburrido, casi no hay que hacer, nadie viene por acá nunca y el jefe es un viejo achacoso que cualquier día de estos se petatea.
¿Quién diría que Asistente de Laboratorio de Exobiología en realidad significa Jardinero?
Llega hasta la sesenta y uno, una especie de cactus de otro planeta, su coloración va de un púrpura intenso al amarillo florecente en combinaciones sicodélicas. Antes de empezar el trabajo lee el registro en una pequeña tabla que cuelga junto a la planta: "No tocar, espinas venenosas". Recuerda donde le dijo el viejo Eugenio que estaba el antídoto; luego ve que hoy le toca fertilizante. Con más cuidado del necesario Reynaldo esparce el polvo blanco sobre la tierra de la sesenta y uno. Enseguida se dirige a la ochenta.
Dentro del jardín botánico hay especimenes raros, no por nada provienen de mundos lejanos, pero la ochenta es de lo mas común, parece un simple helecho; pero es una lata: en la tabla se indica que debe ser podada todos los días, no se puede permitir el desarrollo de ningún brote distinto al de las hojas comunes; por eso tiene que revisarse meticulosamente en cada ocasión. Reynaldo la poda como es costumbre: sin mucho cuidado; de vez en cuando a notado algunos tallos que surgen de un día a otro, los cuales cercena al momento.
De regreso a la oficina encuentra al viejo Eugenio roncando recostado en el sillón.
¡Maldición!, ya no podrá seguir con su juego de solitario.

La huelga estudiantil estallo a las doce de la noche del domingo. En cada facultad e instituto fue colocada la bandera rojinegra; incluso en el jardín botánico del laboratorio de exobiología.
Los alumnos ahora tienen el control del campus universitario y usan las escuelas para organizar sus asambleas, como habitaciones y dormitorios donde sueñan en propagar la revolución proletaria.
Como Reynaldo estaba a cargo del Jardín Botánico el comité de huelga le permite seguir atendiéndolo. Si de él dependiera no vendría, pero alguien le dijo que tiene que checar su tarjeta de asistencia todos los días; así cuando todo esto termine le podrán validar ese tiempo.
Las horas en la oficina trascurren en completa modorra: escuchando música, jugando con la computadora o leyendo la colección de pasquines que encontró en uno de los cajones del escritorio del viejo Eugenio.
Algunos días después, cuando la holgazanería aburre a Reynaldo, toma de nuevo sus instrumentos de trabajo y da la vuelta al jardín botánico. Algunas plantas se han resecado en este tiempo sin cuidados; Trabaja más que ninguna otra ocasión. Acaba su jornada sin haber concluido, se dispone a retirarse, pero recuerda a la ochenta, ante el dilema de tardarse unos minutos más o dejarlo para mañana opta por lo primero.
Fueron muchos días en los que no podó esa planta, seguramente habrá mucho que cortar. Al llegar allí la encuentra irreconocibles: no solo crecieron tallos, estos se extendieron como tentáculos desparramándose fuera del maceton que las contiene, además aparecieron una serie de extraños brotes, ramificaciones carnosas de apariencia poco vegetal, llamativas flores de distinto tipo y otras más en botón. Se sorprende del insólito cambio, pero tal como dicen las instrucciones debe cortar todo aquello.
Con las tijeras corta uno de los tentáculos: la planta responde con un respingo que hace dar un brinco a Reynaldo. La planta realmente se mueve, agitando sus ramas como si se tratara de un animal inquieto, del tallo cortado surge savia, blanca y espesa, se contrae herida.
Uno de los botones se abre repentinamente y se extiende un retoño tierno, como un fríjol germinando; al abrirse, Reynaldo grita, suelta las tijeras y corre a la oficina: lo que surgió del retoño fue un ojo de pupila verde, mira a Reynaldo con atención y parpadea un par de veces cuando sale huyendo.

Las autoridades universitarias inician las platicas para la devolución de las instalaciones; proceso dilatado pues los representantes estudiantiles insisten en discutir cada propuesta en asambleas multitudinarias donde siempre impera la voz del que mas grita; los días siguen corriendo
Al día siguiente Reynaldo vuelve a donde esta la ochenta; se encuentra no con uno, sino con un ramo de ojos que voltean a verlo aún antes de acercársele. Uno de los tentáculos ha llegado hasta uno de los masetones contiguos y penetra en la tierra; Reynaldo lo retira, regresándolo hasta su lugar; la planta se resiste pero no tiene suficiente fuerza.
Reynaldo domina la repulsión que le provoca el vegetal; observa los ojos y descubre como junto a ellos hay otros ya marchitos, cuelgan lánguidamente del tallo.
Reynaldo supone que la planta tendrá un sistema nervioso, otras hojas que han surgido en forma de abanico podrían ser oídos; tal vez tenga otros sentidos, incluso un cerebro, ¿donde estaría? ¿en el tallo principal?, más probablemente en la raíz.
El racimo de ojos sigue los movimientos de Reynaldo mientras este camina frente a la planta.
Da unos pasos atrás y los ojos retroceden a la vez. Brinca, la planta se repliega precavida. Hace unas fintas que las planta siguen con atención y reaccionan a ellas.
Reynaldo ríe, le parece simpática, como un pequeño cachorro juguetón.
Recoge las tijeras que tiro en el suelo ayer; la planta reacciona con temor. Reynaldo siente que no sería correcto podarlas ahora que sabe que es sensible. Reacomoda los tentáculos sobre el maseton y regresa a ocuparse de las otras plantas.

Ante la cerrazón de ambas partes las platicas se rompen. Brigadas de estudiantes recorren la ciudad informando a la población sus peticiones, invitan a la gente a desconfiar de la cobertura que la televisión hace del conflicto, a la vez piden dinero a los transeúntes para sostener su causa. Los rumores dicen que el ejercito se prepara para tomar la universidad.
Cada vez que Reynaldo volteaba a ver la ochenta encontraba algún tentáculo tratando de invadir otra maceta; con paciencia retira una y otra vez las extensiones. Si Reynaldo se acercaba con las tijeras en la mano la planta se agitaba como queriendo huir de la amenaza.
Los días pasan y sabe que tarde o temprano el viejo Eugenio u otra persona vendrá a pedirle cuentas del jardín, se encontrara con el desarrollo anormal de la ochenta. Decide podarla, con decisión toma las tijeras e inicia la operación. Reacciona como siempre al principio, pero al ver que Reynaldo no se detiene se contrae sobre si misma; los ojos lo miran lastimeramente. Las ramas se apartan y se extiende un tentáculo con una protuberancia en la punta, una fruta: grande y redonda, de apariencia jugosa y apetecible. El tentáculo la alza hasta dejarla al alcance de la mano de Reynaldo. Los ojos vegetales miran el fruto y a Reynaldo alternadamente, como invitando a probarlo.
- ¿Está tratando de sobornarme? ¿Con una fruta? La toma, su aroma es delicioso. Los ojos lo ven con ansiedad, esperando que le de una mordida. A Reynaldo se le hace agua la boca; la cáscara es como la del durazno, al acercar sus labios puede sentirla tersa, cubierta con finos vellos. El olor que produce el fruto tiene algo que la hace irresistible; Reynaldo prueba la fruta, chupando la piel, sintiendo su textura con la lengua antes de encajar los dientes. El interior es carnoso, un jugo blanco lechoso escurre de la fruta a cada mordida; la pulpa interior es de color rojo, Reynaldo la devora con ansiedad, sus dientes y lengua se han tornado rojos. Al terminar no puede explicarse el frenesí con el que comió. Mira a los ojos de la planta y le parece como si esta hubiera disfrutado de su acto tanto como él.
Ahora, se da cuenta, ha violado las normas del laboratorio más allá de lo permisible: no solo dejo que la ochenta se desarrollara anormalmente, ha injerido el fruto que esta ha producido. La infracción puede ameritar incluso su expulsión. La única forma de evitar una sanción es podando la planta y ocultando los brotes; lo decide: les prendera fuego a todo lo que no sean ramas tipo helecho, y también su tarjeta de asistencia; nadie podrá probar que él estuvo en el instituto durante la huelga. Recoge las tijeras, a pesar de la resistencia de la ochenta prosigue la poda.
Con una rapidez nunca antes vista un tentáculo se extiende y se enrolla en la muñeca de Reynaldo, siente dos profundos piquetes. Al jalar la mano y desprenderse del tentáculo encuentra dos espinas encajadas en su piel, espinas de colores brillantes, espinas de la número sesenta y uno.
¿Cómo supo que eran venenosas? - Se pregunta Reynaldo al arrancarlas - ¿llegaron los tentáculos hasta allá? Pero nada de eso importa ahora, hay que llegar hasta el antídoto,
¡Rápido!
Corre tropezando contra todo lo que encuentra en el camino.
Abre el botiquín: sus manos se han vuelto torpes, tira cajas y frascos al suelo. Desesperado revisa las etiquetas; va perdiendo fuerzas. Por fin encuentra la ampolleta; lo más rápido que puede saca una jeringa de su estuche. Nunca le han enseñado a inyectar, se mete la aguja en el brazo.
Listo, ya esta, lo peor ya paso. En ese momento se nubla su vista y cae.

El domingo en la madrugada la policía asalto las principales facultades de la universidad para romper la huelga. El operativo tomo por sorpresa a la mayor parte de los estudiantes que hacían guardia en las escuelas. Los policías rodearon y luego entraron a los edificios, tomando presos a quienes encontraron. Algunos pocos estudiantes ofrecieron resistencia, lanzando bombas molotov e incendiando sus barricadas para así cubrir su huida.
El sonido de los helicópteros despierta a Reynaldo. ¿Cuánto tiempo paso? La conciencia regresa después de que ya se ha sentado en el suelo de la oficina entre cajas de medicina aplastadas: con los ojos abiertos y riéndose como estúpido de algo que no puede recordar.
Todo se ve igual, pero pudo pasar uno o varios días. Cuando Reynaldo se asoma al jardín se da cuenta que tanto ha cambiado el lugar. La ochenta ha arrasado con las demás plantas del jardín, sus tentáculos han expulsado a cada ejemplar de sus macetas y se ha apropiado de la tierra, el agua y el fertilizante. Una estrategia de supervivencia perfectamente natural para las condiciones propias del lugar de origen de este monstruo de jardín.
¿Cómo va ha explicar todo esto? Ya habrá tiempo de preocuparse.
Se asoma a la ventana de la oficina y ve las columnas de humo sobre la universidad. Un grupo de estudiantes salta la reja del instituto para escapar de una tropa de policías que los persiguen a pie; un momento después son los policías los que saltan la reja. Reynaldo se da cuenta que tiene que huir de inmediato, a pesar de que siente mareos. Atraviesa el jardín botánico y sale por la puerta trasera; con esfuerzo trepa la cerca y cruza por un campo deportivo. Busca llegar hasta la reserva ecológica de la universidad, allí se podrá esconder entre inumerables veredas y recovecos. Antes de lograr escapar siente un ataque de nauseas. Pierde fuerza en las piernas y cae de rodillas a mitad del campo mientras vomita un liquido grisáceo y espumoso.
En el charco que se formo puede ver varios retoños de la ochenta que acaba de expulsar; se levantan sobre pequeños tentáculos y se alejan con rapidez en distintas direcciones.

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