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EN LA CASA DE LA TIA

Los padres de Miguel lo recogen después de la escuela; traen una maleta con su ropa. Lo dejan en casa de su tía Teresa, donde pasará una semana mientras salen de la ciudad.

Es una casa en las orillas de la ciudad, aún inconclusa en su segundo piso, rodeada por una huerta y un amplio terreno baldío que le da un aire campestre.

Minutos después de llegar Miguel, aún con el uniforme escolar, ya corre detrás de Sergio, el hijo de su prima Paty.

Con la guía de Sergio, Miguel recorre los rincones de la casa y el terreno que le rodea; poniendo especial atención a aquellos que los niños buscan como escondite.

El preferido de Sergio es un cuarto al fondo del terreno; esta cerrado con candado, pero los niños penetran por una ventana rota. Adentro hay pilas de periódico y revistas viejas, ropa usada y demás chucherías.

Sergio muestra una revista a Miguel: - Mira. - Este se ruboriza y aparta los ojos.

- Anda, mírala bien.

Miguel abre la revista amarillenta y retorcida, (quien sabe en cuantos lugares habrá sido enrollada y ocultada) nunca había visto mujeres tan desnudas.

Después de hojearla un rato Sergio se la quita.

― Esta es mía, búscate otra.

Miguel revisa las pilas de revistas: Solo encuentra títulos como Claudia o Cosmopolitan.

― Estas son puras revistas de viejas.

― No todas. – Dice Sergio señalándole un rincón donde están un montón de historietas, rotas, maltratadas y en algunos casos rayoneadas, pero aún disfrutables.

Miguel las lee con voracidad.

― ¿Y a donde fueron tus papas? Pregunta Sergio, sentado sobre una pila de periódicos ojeando su revista y jugando a la vez con una raqueta sin cuerdas.

― Fueron al pueblo de mamá, creo que iban a un entierro.

― ¿Quién se murió?

― No sé. – Replica Miguel indiferente concentrado en la lectura de una revista. – Creo que un tío de mamá.

Sergio escucha con atención una voz lejana.

― Nos están llamando, vámonos.

Los niños cruzan la ventana rota de nuevo, se sacuden el polvo de sus ropas y corren al llamado de Araceli, prima de Miguel.

― ¿Dónde estaban?

― Por allí, tía. – Le responde Sergio.

― Miren como están de mugrosos, lávense y vengan a comer.

La cocina es muy grande, las paredes están decoradas con ollas de barro, desde jarritos de juguete hasta las cazuelas arroceras y para el mole.

La estufa y el fregadero están integrados en una larga plancha de concreto decorada con azulejos de Talavera.

Teresa esta sentada a la mesa, entretenida desbaratando un tejido mientras Araceli cocina.

Sergio y Miguel entran, con la cara y las manos recién lavadas.

― Buenos días Abue. - Saluda Sergio respetuosamente mientras toma asiento.

― Ya son tardes. –Responde Teresa automáticamente; baja sus lentes para ver mejor a Miguel, largas arrugas rodean sus ojos y las raíces de su cabello negro teñido lucen intensamente blancas.

― Acércate hijo, no muerdo, anda, sin miedo, a ver dame un beso ¿cómo estas?

― Bien tía, buenas tardes.

― Que bien, entonces siéntate para que comas.

Miguel almuerza sin mucho apetito, el sabor de la comida es muy distinto al de casa.

Durante la comida Araceli reflexiona:

― A ver, Miguel es hijo de mi tío, Sergio es hijo de mi hermana, entonces Miguel y Sergio no son primos; Sergio es sobrino de Miguel, o sea que Miguel es tío de Sergio.

Los niños se miran entre si confundidos, son casi de la misma edad.

Teresa termina de enrollar la madeja de estambre; se levanta para guardarlo. Desde la sala lanza un grito.

― ¿Qué pasa mamá? – Pregunta Araceli alarmada; ella y los niños van a la sala.

― Allí. – Señala Teresa la canasta de estambres. La mitad trasera de una rata medio devorada permanece ostentosamente sobre los estambres.

― Otra vez ese pinché gato hijo de la chingada, ya no lo aguanto, ahora si me lo trueno.

― No mamá, pobrecito.

― Que pobrecito ni que nada, ahora si me las paga.

Terminada la comida Teresa le pide a Sergio:

― Hijo, tráeme la botella de veneno, con cuidadito, ya sabes donde esta.

― ¿Le vas a poner veneno? ¿Ya se te olvido lo que paso la última vez?

Sergio y Miguel salen por el encargo, dejan a Teresa y Araceli discutiendo.

Los niños cruzan junto a las porquisas, donde Juan, otro primo de Miguel, baña los puercos a manguerazos.

― Qué tal chavos, ¿Qué hacen?

― Vamos por un encargo para mi abuelita.

― Bueno, entonces apúrense.

Miguel se detiene a ver los cerdos parándose de puntas en la bardita.

― Aguas con la bomba – Advierte Juan.

En ese momento una enorme cabeza porcina se levanta sobre la barda emitiendo un profundo “Hoink”.

Miguel da un salto para atrás sorprendido. Sergio y Juan ríen a carcajadas.

― Te dije que cuidado con la bomba.

― Mira: hoink hoink. – Sergio se levanta la nariz como la de un puerco.

Pasado el susto, Miguel también ríe; los niños prosiguen su camino.

Arriba de un armario, al fondo de un cuarto lleno de fierros viejos, esta la botella, de a litro, rechoncha, de color ámbar y con una etiqueta que tiene la calaverita con los huesitos y un nombre que parece trabalenguas.

Sergio llega a ella sin ningún esfuerzo; con cuidado, ceremoniosamente la baja y la lleva a la cocina.

― Muy bien,- dice Teresa, - damela con cuidado; ahora váyanse a jugar.

Sergio y Miguel dejan a Teresa sola con el veneno.

― Ven vamos a la calle. – Propone Sergio.

El sol ya se oculta, cada vez es mas difícil atinarle a las latas, pero aún así, en su último turno Miguel logra tirarlas todas de una pedrada, ganándole a Sergio.

La luz del poste más cercano solo hace las sombras más oscuras; arriba de ellos se escucha el siseo de los cables de alta tensión, mirando hacia abajo unas cuadras se ve el zaguán negro de la casa, incluso las copas de los árboles del terreno.

― ¿Carreritas hasta la puerta? – Propone Miguel.

― Sale. –Acepta Sergio lanzándose a la carrera por la calle sin pavimentar.

Dejándose llevar por la inercia los niños bajan dando grandes saltos sobre piedras y matorrales, perdiendo el equilibrio a momentos y recuperándolo dando grandes zancadas y agitando los brazos con desesperación.

Sergio llega primero con un gran salto sobre la banqueta para frenar; Miguel llega unos segundos después chocando con el primero; caen ambos y ríen tanto como su agitada respiración les permite.

La oscuridad cae repentinamente, el cielo encapotado es color naranja por la luz de la ciudad; desde el zaguán puede verse la autopista que no muy lejos pasa, subiendo el cerro que oculta la ciudad: parece una serie de luces navideñas, los faros blancos de los automóviles que bajan el cerro y las luces traseras, rojas, deslizándose hacia arriba.

Junto al zaguán están Araceli y su novio platicando. Los niños se acercan con la intención de escuchar; la pareja baja la voz y callan totalmente al percatarse de la compañía.

―Oye. – Dice Miguel al apenado pretendiente, este voltea muy atento. - ¿No la vas a besar?

Los niños ríen.

― Ándele, aunque sea un beso chiquito. – Completa Sergio con su voz más inocente, para volver a carcajearse después.

― Ya métanse, niños latosos. – Los reprende Araceli molesta.

Al día siguiente Miguel desayuna solo. Sergio se ha ido a la escuela; no lo vera hasta la tarde. La perspectiva de una mañana sin compañía le aburre desde ahora.

― Por fin, ya se chingo ese gato. Entra Teresa a la cocina con el felino, tieso, sosteniéndolo de la cola.

― ¡Ay mamá!, como lo traes aquí. – Reclama Araceli.

― M´hijo, ¿Podrías ir a tirarlo al cerro al rato que termines de comer?

― Si tía.

Teresa mete el animal a una bolsa y lo deja junto a la puerta del patio.

Cuando Miguel se dispone a llevarse el cadáver llega Juan, con cara de querer llorar.

― Los puercos, mira lo que hiciste: tu cochino gato se vomito en la porquisa, los animales se la comieron y ahora todos están muertos.

― Ay, hijo, pues es culpa tuya, dejas que los puercos se coman cualquier cosa.

― ¡Cuanto tiempo y dinero les dedique! para que así no-mas todo se vaya a la chingada, ¡maldición! La bomba estaba lista para llevarla al rastro.

Miguel deja la discusión para cumplir el encargo de su tía. En el camino se da cuenta que no solo el gato y los puercos han sido envenenados: un montón de ratas yacen muertas en el patio.

Sergio regresa de la escuela a tiempo para ver a Juan subiendo los marranos muertos a una camioneta y llevárselos. Se entero de todo por boca de Miguel.

― Oye, vamos a ver el gato ¿si? – pide Sergio.

Caminan cerro arriba bajo las torres de alta tensión, donde ya no hay casas pero si montones de basura y cascajo.

Entre los matorrales lo encuentran; la bolsa a sido arrancada a jirones, el cuerpo mutilado, y un perro a pocos metros se convulsiona.

― Hijoles, es el perro del vecino; mejor vámonos.

― Siempre pasa lo mismo, la otra vez que Mamá puso veneno para ratas se murieron la mitad de los perros de la cuadra...

Araceli calla, ella y su novio ven pasar frente a ellos a Sergio, quien no les quita los ojos de encima.

Aprovechando una distracción Sergio toma del cenicero el cigarro que Araceli fumaba. Discretamente se escabulle entre la gente que baila o platica.

La música suena a todo volumen: tocan “El sirenito” de Rigo Tovar; la barbacoa ya casi se acaba, hay vino y refrescos al por mayor. ¿Cuál es el motivo de la fiesta? Muchos no lo saben, y ¿A quien le importa?

― Eran siete puercos... – Alcanza a oír Sergio al cruzar junto a su tío Juan.

― ¿Vas a criar otros?

― Por ahora no, no me quedaron ganas, después quien sabe.

Sergio llega por fin junto a Miguel en un rincón del patio, quien tiene una botella de cerveza tamaño caguama.

Sergio fuma el cigarro y se empina la botella.

― Chupale despacito. – Le dice a Miguel en su turno de fumar: este da un par de tosidos pero no se raja. – Ahora déjalo salir, poco a poco.

Miguel exhala, le da el cigarro a Sergio y hace un gesto como si quisiera vomitar.

― Todavía no lo haces bien.- Dice Sergio moviendo negativamente la cabeza. – Toma un trago.

Miguel toma de la botella.

― Agh, es amargo.

― Bueno, si no lo quieres. -Sergio hace ademán de quitarle la botella, pero Miguel se adelanta empinándole de nuevo.

Sergio fuma tal como ha visto a sus tíos, el cigarro a la derecha de la boca, exhalando el humo por la izquierda; juguetea con los labios el tabaco, de arriba abajo, de un lado al otro.

― Dame, quiero fumar. – Miguel lo fuma profundamente y controla un nuevo ataque de tos.

― ¿Mañana te recogen?

Miguel mueve afirmativamente la cabeza, tiene los ojos vidriosos, vuelve a tomar cerveza.

― Le voy a decir a tu papá que te deje... otros días... más; no quiero que... te vayas, nos la pasamos bien... padre, ¿verdad?

― Ya se acabo el cigarro.

― Vamos por otro.

― Me duele la cabeza.

Los niños regresan a la fiesta, balanceándose al caminar. Entre tanta gente bailando, al ritmo de “La Boa” de la Sonora Santanera, Miguel pierde de vista a Sergio; va dando tumbos, buscándolo.

Lo encuentra, acostado en uno de los sillones de la sala, profundamente dormido.

Siente como si la cabeza le pesara el doble y estuviera hueca, la música resuena en su interior, dolorosamente. Se hace espacio junto a Sergio.

― Miguelito, ven. – Es la voz de mamá, la puede ver borrosamente entrando junto a papá.

Lentamente se dirige hacía ellos.

― ¿Cómo has estado chiquito? Te extrañe mucho.

― Ya me quiero ir, tengo sueño.

― Sí, ahorita nos vamos, solo deja que saludemos a tu tía.

Papá habla con la tía Teresa: - ¿No le dio muchos problemas?

― No, claro que no, es un muchachito muy lindo. Pero ustedes pasen a comer.

― Ay, Teresa, gracias pero nada más íbamos de pasadita.

― No, no, no me digan que no, siéntense.

Al poco rato los papas de Miguel están bien ambientados a la fiesta, sin ganas de irse.

― Regresaron muy pronto ¿verdad?

― Sí, no quisimos viajar de noche.

Miguel, parado junto a su mamá pregunta a cada rato: - ¿Ya nos vamos?

Al ver que no le hacen caso se va caminando por allí. La música le martillea la cabeza, al ritmo de “Disco Zamba”, todo parece moverse mas lentamente, él se siente flotar, pero el dolor de cabeza lo tiene bien anclado al suelo.

Se topa con un sillón, lo recuerda; se sube encima acomodándose a un lado de Sergio, se acurruca y cierra los ojos.

Después despertara en su cama.

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