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POLVOS DE OLVIDO


Román recorre el camino a pie: el viento eleva el polvo que se acumula en una cuneta a la orilla de la carretera. El sol quema su cuello y el tirante de su maleta le ha rozado el hombro; pero disfruta de este maldito paseo. Lleva puesto sus pantalones vaqueros favoritos, sus botas altas y lentes oscuros. Caminar por estos campos de magueyes amarillentos le sienta bien, como que le da estilo. Se detiene a orilla del camino y arranca una varita de zacate para metersela entre los labios: ahora si, se siente todo un “cowboy”.

Durante algún tiempo el terreno había sido invadido, pero después de mucho tiempo y pleitos legales aquella gente se fue, dejando la casa y los alrededores tan deshabitados como siempre.

Nada crece en el desolado paraje, solo el pasto reseco cubre las lomas y parte del lecho seco del lago. Román mira la casa desde la maltrecha cerca. Es ganancia que aún permanezca de pie. ¿Qué tanto podrá arreglarla? Se pregunta, solo el tiempo lo dirá. Después de todo será una buena terapia: si logra restaurar este abandonado rincón, quizá pueda darle orden a su no menos maltrecha vida.

Brinca la cerca y planta sus pies firmemente en el terreno.

―¡Manos a la obra!

Lo primero que hizo para sentirse cómodo fue darle una buena limpieza a las habitaciones; numerosos alacranes surgieron de varios rincones; una vieja botella de insecticida fue de gran ayuda, pero no evito que desconfiara de cada lugar donde posara la mano.

Habilitar el viejo pozo fue la siguiente prioridad. Con una barreta desclavo las tablas que lo tapaban; arañas patonas surgieron del agujero negro junto con un aroma rancio.

La cubeta cayo largos metros antes de llegar al fondo, regreso con apenas un tercio de agua amarillenta.

Las cosas empezaron a marchar bajo una rutina diaria, limpiar, sacar agua del pozo, reparar la cerca, preparar la comida y viajar al pueblo en aventones.

Por la tarde caminaba sin rumbo por los alrededores. Llego hasta la cortina de la presa: una imponente muralla de roca, inútil tras varios años de sequía. También encontró los arroyos afluyentes, apenas unos hilitos de agua que aún así arrastran la basura de lugares lejanos.

Se pueden ver un montón de cosas que la corriente ha depositado en el fondo de la presa: neumáticos de camión semi enterrados, resaltando su negrura sobre el pasto verde de las orillas. Botellas de blanqueador, azules, descoloridas por el sol, se pueden contar por miles sobre la arena o flotando en el diminuto charco. Hasta sabanas y costales... un momento: se detiene para ver mejor ese bulto blanco a mitad de la presa, ¿Es su imaginación o aquello son unos brazos y piernas? Entre más lo ve más se convence que ese mechón oscuro es la cabeza. Es una persona; lo puede ver con claridad ahora que esta cerca.

Es una muchacha, inconsciente, quizá por la insolación. Es urgente ponerla bajo sombra.

La casa esta a unos cientos de metros, arriba de la colina.

La toma en brazos, toda ella cuelga lánguida, carente de vida. Se apresura a llevarla, camina en línea recta hacía la orilla más cercana. Atraviesa el curso del arroyo y unos pasos adelante se da cuenta de su error.

Esta en un banco de fango; otras veces lo ha atravesado sin dificultad, pero ahora el peso combinado de los dos hace que sus pies se hundan en el lodo, mas profundamente a cada paso, y el vacío que se forma al tratar de extraer su pie hace una succión que le impide dar el siguiente paso.

Alarmado comprueba que el lodo le llega casi a las rodillas y que avanzar más acabaría por hundirlo. Deja a la muchacha sobre el fango: debe aligerar su peso. Se sienta sobre el pegajoso terreno. Intenta librarse de la succión moviendo el pie de un lado a otro a fin de que entre aire.

No esta funcionando, hunde sus manos en busca de los cordones de las botas, logra desabrocharlas; extrae el pie de la bota y a continuación empieza a escarbar el blando material para liberarla.

Ha perdido un tiempo valioso: la chica sigue desmayada y todavía hay que sacarla de aquí.

Pone los brazos de ella sobre sus hombros cargándola con la espalda, entonces sigue avanzando a gatas, rumbo a la orilla más cercana.

Fatigado y lleno de lodo alcanza el terreno firme; la carga en brazos de nuevo e inicia el no menos penoso ascenso hasta la casa.

Debieron drogarla, la ultrajaron y después la abandonaron en este lugar desierto: Son las conjeturas de Román mientras atiende a la joven, bajita y delgada, quizá adolescente, su piel debe ser blanca naturalmente, pero ha pasado tanto tiempo bajo el sol que su tono es rojizo tendiendo al oscuro.

En la cama se encuentra lo suficientemente fresca. Román prepara un suero re hidratante,

con unas cucharaditas de sal y azúcar en un litro de agua, tal como se le daba en casa a los niños con diarrea. Se lo administra en cucharaditas; sus labios están secos y su lengua pegada.

Poco a poco va aceptando más líquido, al mismo tiempo va recuperando parte de su conciencia e incomodidad por las intensas quemaduras que laceran su espalda.

Se queja lastimeramente: Román voltea a verla, la descubre con los ojos abiertos y expresión de dolor.

―¿Te duele mucho? - Ella asiente.- ¿Dónde?

Señala atrás con un movimiento de la cabeza.

―Déjame ayudarte. Le aplica aceite de cocina en los hombros y la espalda.

Ella mira con preocupación al ver lo que le esta poniendo.

―Era lo que tenía a la mano. Se disculpa.

―Claras. Dice ella. Román va a la cocina y regresa con varios huevos, los aplica con cuidado en las quemaduras de la muchacha.

― Me llamo Román, ¿Cuál es tu nombre?

― Aurora.

― Mucho gusto Aurora.

― Igualmente, gracias.

En la tienda de abarrotes del pueblo el tendero le pesa un kilo extra de arroz para Román.

― Oiga Don Aurelio, ¿Usted ha sabido que pasen cosas allá en la presa?

― ¿Cosas como qué?

― Pues usted sabe: a veces he visto gente, chavos y chavas, caminando y metiéndose en rincones por ahí.

― Ah, eso. ― Responde el tendero con una sonrisa maliciosa. ― En lo personal no me gusta ese lugar para llevarte una chamaca, deberías ver detrás del cerro boludo, hay un bosquecito donde nadie te molesta, solo prendes una fogata y listo.

― Si, pero lo que a mi me preocupa es que algunos mariguanos se vayan a meter a mi terreno para hacer sus cosas.

― Ni te preocupes; a veces llegan esos niños ricos de la ciudad; harán su desmadre pero no se meten con nadie, en la noche se meten a sus coches y se van. ¿Se te ofrece algo más?

― Si, un bote de crema para la piel, la que protege del sol.

― ¿Te molesta asolearte? ―Pregunta con curiosidad Don Aurelio.

― Que va, si no es para mi, es para... mi mamá; va a venir mi familia a visitarme el fin de semana, es que ella es de piel muy delicada.

Aurora mira el campo, sentada en un barril algunos metros frente a la casa. De reojo ve a Román acercarse; Junta las piernas y adopta una pose de recogimiento: Se ha tomado la libertad de ponerse una camisa y un pantalón de Román, bastante grandes para su talla.

― Gracias. Dice en voz muy baja.

― No fue nada, ¿Cómo te sientes?

― Bien, mas o menos, no sé.

― ¿Qué pasa?

― Ya te di muchas molestias.

― No, para nada, ¿quieres que le llame a alguien por teléfono?

― No.

― ¿Tu casa? ¿Tus amigos?

― Por favor, ahora no. ― Se levanta y camina rumbo a la puerta. ― Gracias por todo, ya me voy.

― Espera. ―Román la detiene sosteniéndola por los hombros. ― No quise decir eso; puedes quedarte el tiempo que quieras, no le diré a nadie, si eso quieres.

Aurora se zafa y entra a la casa.

Se acoplo a la rutina de Román desde el primer día. Con su ayuda la restauración de la casa avanzo con rapidez; resulto ser una hábil cocinera y conocedora de remedios caseros.

Las tardes dejaron de ser melancólicas para Román, pues en los paseos diarios contó siempre con la compañía de Aurora. Juntos recorrieron la orilla opuesta de la presa.

Gran sorpresa les causo encontrar la casona. Sobre una pequeña loma que alguna vez fue la ribera del lago, se levantan las paredes desnudas de una amplia casa de campo, convertida en ruinas.

Entraron con temor, cruzando el noble arco donde debió haber un portón.

El sol y el viento acabaron con lo que fue un jardín, únicamente un viejo y enorme sauce seco perdura. Aurora y Román se contagian de la irresistible melancolía que emana de las paredes descascaradas, de los amplios salones sin techo, de los pisos de mármol que han sido saqueados; de las ventanas que fueron construidas para ver el atardecer sobre el lago, y que ahora muestran un desierto de polvo y desolación.

― Este lugar enferma. ― Dice Román, pero igual que Aurora esta fascinado; no podría dejar de explorar ningún rincón.

― Este es el cuarto de la niña. ―Dice aurora al recorrer una habitación no muy grande, pero con un gracioso balcón que daba al jardín.

― ¿Cómo sabes que era de una niña?

― Yo lo hubiera escogido, me levantaría en las mañanas y abriría las puertas de par en par, desde el balcón saludaría al nuevo día.

La emoción de la muchacha impresiona a Román, siendo ella tan callada.

Regresaron con frecuencia los días siguientes. El lugar ejercía una cierta atracción en ellos. Román decía que era el paisaje, aunque árido y desolador no dejaba de ser magnífico.

Aurora en cambio nunca buscaba explicaciones, aceptaba con sencillez que la casona es un lugar mágico, y que era tonto resistirse a la atracción.

Allí la muchacha se volvía mas desenvuelta; juntos, Román y ella, fueron elaborando la historia de sus moradores mientras caminaban por el lugar.

― De esta rama colgaba el columpio; aquí el hermano empujaba a su hermana toda la mañana, hasta que la mamá les llamaba para el almuerzo. Pero los sábados no; entonces padre e hijo se levantaban antes del amanecer para pescar en el lago.

― No creo que hubiera buena pesca.

― ¿Por qué no? Y después de todo lo importante es el ritual, los dos conviviendo, seguramente entonces hablaban del duro camino para convertirse en hombre.

Aurora encuentra un camino empedrado que antes no habían visto.

― Mira ¿a dónde llevara? Vamos a seguirlo.

El camino los conduce fuera del jardín hasta donde desciende la ladera; allí encuentran el primer peldaño de una escalera, cubierta por la maleza. Corriendo abajo, como dos niños explorando, Aurora jala a Román.

Llegan hasta un pequeño kiosco en lo que en otra época fue la orilla del lago. Con alegría Aurora sacude una de las bancas y se sienta en ella, frente a una mesa redonda.

― Hasta aquí bajaban, con una canasta llena de comida, para almorzar junto al lago, también paseaban en lancha: el padre en los remos, la madre y la hija se cubrirían bajo una sombrilla, y el niño al frente, mirando al fondo buscando peces.

Román mira todo el lugar: bien parece que fue tal como Aurora lo imagina; solo que ahora el lago es un charco de lodo como a un kilómetro de distancia; todo ese suelo seco, estropeado, clamando por un poco de humedad.

Camina hasta un pequeño muelle: semi enterrada en la tierra encuentra una zapatilla; alguna joven la debió perder cuando subía o bajaba de un bote: quizá se rieron por la perdida, o tal vez la muchacha lloro largamente su zapatilla nueva.

Román la deja caer en el mismo lugar. En ningún otro sitio ha sentido tanta melancolía, al punto de no poder soportarla.

― Vámonos, no me siento bien aquí.

Ya no quiso regresar a la casona, algo le apremiaba estando allí, como si las paredes le pidieran que hiciera algo. En cambio Aurora esperaba con ansiedad el momento de regresar, como si ese fuera su hogar.

― Entonces ¿No vas a salir hoy?

― No, tengo que clavar estas duelas.

― Pero no hemos salido esta semana.

― Tu puedes salir cuando quieras, yo ya estoy retrazado.

― ¿Quieres decir que te quito el tiempo?

Román permanece callado, clavando ruidosamente en la madera.

― Pues si, me iré, cuando sea el tiempo; pero tu: quieres restaurar este lugar, pero no sabes como ni cuando.

Aurora sale y se pierde por el camino. Román sigue clavando el suelo, de rato en rato se escucha decir¿Cuándo y Como?

¿Qué quisiste decir con no sé cuando y como? ― Pregunta Román a la muchacha esa noche, en la cama.

― Lo que quise decir es que nadie llega al mundo sabiendo lo que va a hacer.

― Por favor, me contestas una pregunta con un acertijo peor.

― Precisamente es lo que te digo: cuando adquieres conciencia de tu destino todo se vuelve claro.

― Y parece que tu ya conoces mi destino.

― En parte, porque ya he descubierto el mío, y ambos están entrelazados.

― ¿Quién eres?

― Ya lo sabes, lo intuyes: soy Ying, soy la tierra, soy la mujer, abusaron de mi, exprimieron hasta el fondo mis entrañas, luego me tiraron como un objeto inservible para que el sol me secara hasta los huesos.

Román callo, perplejo. Aurora sonríe, acerca su rostro, con la boca busca sus labios.

― Ya sabes lo suficiente.

Al regresar del pueblo con las compras de la semana, Román encuentra una nota en la puerta: ― El tiempo ha llegado Román, el como y el cuando ya no importan, ya lo has hecho. Cuídate, te quiere Aurora.

Alarmado, Román entra en la casa: todo en orden, pero ella no esta.

Sin saber que hacer, corre por el camino intentando encontrarla; entonces empiezan a caer las primeras gotas de lluvia. Se dirige rumbo a la casona; tiene la sensación de que Aurora debe estar allí.

El cielo se cierra encima de él, tornándose intensamente negro: en el horizonte se ve una inmensa cortina de agua, líneas oscuras que caen verticales al suelo. Corre debajo del aguacero, el cielo cae inmisericorde sobre su cabeza; la camisa se le pega a la piel y el pantalón se cuelga bajosu peso, las costuras empiezan a rozarle las piernas.

Encuentra que es imposible cruzar el lecho del lago; se ha convertido en un lodazal y el charco va creciendo rápidamente.

Rodea la orilla buscando algún punto donde cruzar: llega hasta uno de los arroyos; confía en poder atravesarlo. Se mete, soportando la corriente y el frió que le entumece las manos.

A mitad de la corriente se da cuenta de que no esta bien. En unos instantes el agua le ha llegado a la cintura; le resulta difícil mantenerse en pie y en medio de esta lluvia no puede ver mas allá de unos metros.

Atropelladamente intenta regresar; sus pies ya no encuentran apoyo y cae. Se levanta un par de veces pero la fuerza del rió lo mantiene sumergido.

Traga agua y lodo, manotea intentando agarrar cualquier cosa que lo sostenga, pero sus manos solo encuentran el fango que se desprende junto con la corriente.

El frío es tan intenso; se esta cansando. Tose para poder respirar, pero en cada bocanada entra más agua. No puede soportar más.

Algo le raspa los brazos y el golpe le hace dolerse del costado. No lo piensa siquiera, se agarra de aquello, las raíces de un árbol seco. Con lo que le resta de fuerzas logra sostenerse y salir del río.

Días después regresa a la casona. Ha recorrido un largo camino pues ha bordeado el lago para poder llegar allí. Después de días y noches de lluvia continua el nivel del agua ha crecido enormemente; desde las ruinas de la casona se pueden ver las aguas, que aunque cafés y turbulentas, reflejan el sol.

No encuentra rastros de Aurora, pero en cambio se sorprende al ver pequeños retoños verdes en el sauce.

Por fin, cree que lo ha entendido.

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