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ENTROPÍA


Lucio se sirve una copa una copa de Oporto. Se sienta en su sillón y espera. Enciende un habano, del cual se desprende gruesas hebras de humo que son absorbidas por el tubo de ventilación mas cercano.  Resopla al mirar el cronometro sobre la puerta de la habitación: todavía faltan unos minutos. Mira a Simón: sentado en su sillón, leyendo un libro.
Al sentirse observado levanta la vista, baja sus gafas de lectura y dice: “No tarda en llegar”.
Lucio da un trago a su Oporto y vuelve a  mirar el cronometro.
¿Por qué conserva todos esos libros? Se pregunta después de un rato; voltea a mirar a Simón de nuevo, lo ve rodeado de ellos, amorosamente acomodados en estantes sobre tres de las paredes de la habitación. Piensa que es una especie de fetichismo el mantener tantos ejemplares, sobre todo si puede consultarlos de la base de datos.
Otro trago y otro vistazo al cronometro: la espera le parece una eternidad, en cierta forma lo es.  Nuevamente divaga respecto a él y su obligado compañero: siempre se considero a si mismo dentro del equipo como el hombre de acción, el dinámico, el pragmático. En cambio Simón es el intelectual, el formal, el idealista.   
Una sonrisa se dibuja en los labios de Lucio arrugando su viejo rostro.
― ¿Y esa risa? ― Pregunta Simón sin levantar siquiera su vista del texto que lee.
― No es nada. ― Responde Lucio: Tan solo recordaba los tiempos en que sus opiniones chocaban constantemente y como en tantas ocasiones pasaron largas temporadas sin cruzar palabra.  Poco a poco la sonrisa se diluye mientras sigue recordando: todos aquellos acuerdos absurdos que tomaron antes de llegar a un verdadero entendimiento. Y ahora, el silencio es lo común nuevamente, y en esta ocasión debido a que ambos se conocen demasiado bien. Es verdad, los últimos años han sido los mas aburridos de toda su vida. Para este momento la expresión de Lucio se ha convertido en un gesto de  hartazgo, dejando caer el labio inferior a la vez que su vista cansada se pierde en la nada.
El cronometro llega a ceros. Simón dice: “Nuestro joven Adán esta por llegar”
Lucio da un profundo suspiro y recompone su postura. Aunque a estas alturas ya no signifique nada, se ha vestido con su uniforme de gala.
En el fondo del pasillo se escucha una compuerta metálica abrirse y cerrarse.
― Ven por favor. ― dice Simón con voz amable. En cierta forma su papel protagónico  se justifica por ser el operador de “la maquina”, pero eso no serviría de nada si Lucio no hubiera puesto su parte para llevar a cabo el plan. Por lo cual Lucio se siente en igualdad de condiciones.
Por la puerta entra un joven de cabello rizado, con uniforme de faena, con la apariencia de recién  haber tomado una ducha; Sus ojos denotan inocencia y sorpresa.
― Toma asiento. ― Le indica simón;  deja su libro y sirve dos copas de Vino. Le da una al muchacho asustado.
― ¿Dónde estoy? ― Pregunta tímidamente.
― Estamos en un lugar entre el cielo y el infierno, ― dice Simón; agrega después de tomar de su copa: ―  y no es la tierra.
Otra vez con metáforas, piensa con fastidio Lucio.
― Estamos a bordo de la nave Akira,varados.
― Efectivamente, ― agrega Simón, molesto por la interrupción de Lucio; ― somos los últimos tripulantes
― Akira; nave de exploración hiperlumínica. ― Recita el muchacho ante su propia sorpresa.
― Se te ha programado con toda la información que necesitas, poco a poco la irás recordando.
― Pero dejemos ese asunto para el final, ― Dice tajante Simón, ― es natural que te sientas confundido. Mi nombre es Simón y el de mi compañero es Lucio.
― Simón Cheng, teniente, oficial de aprovisionamiento, nacido el 4 de Octubre de 3564 en el carguero Shangai en el trayecto entre Marte y Ganímedes. ― Volteando hacia Lucio inicia: ― Lucio Po González...
― Basta, sé muy bien quien soy. ―Le interrumpe.
― Lo mas importante es el porqué estas aquí muchacho.
― Mi nombre es Dione.
― De acuerdo Dione, lo importante es que tienes que tomar una decisión y entre mas pronto mejor.
 Como te hemos dicho nos encontramos varados: La nave se encuentra en órbita alrededor de un agujero negro; entre la ergosfera y el horizonte de eventos. Estamos cayendo, pero debido a la intensa gravedad el tiempo se ha dilatado: Según el cronometro de la nave han pasado quince años, pero en el exterior deben haber trascurrido eones.
Dione palidece y da un súbito trago a su bebida.
Lo importante es que existe una forma de salir: una cápsula con motor hiperlumínico, para un solo tripulante. Lo que tienes que decidir es si tomas esa cápsula para salir o te quedas aquí para acompañar a estos viejos.
― ¿Pero a donde iría yo?
― En la cápsula puedes recorrer media galaxia sin problema, confiamos en que encuentres un planeta habitable; de todo lo demás no te preocupes te lo explicaremos al final.
― ¿Entonces porque no se han ido ustedes?
Simón enmudece, lanza un profundo suspiro. Lucio se sonríe ante el tropiezo de su compañero, interviene:
― Mira muchacho, nosotros dos estamos demasiado viejos para andar colonizando mundos; nuestra mayor diversión en todo este tiempo ha sido el discutir una y otra vez, de manera que puedo decirte con certeza que es lo que esta pensando este viejo decrépito, y él también me conoce hasta la médula. El tener siquiera otra voz que se escuche en este cascaron significaría  tal alivio que no te lo puedes imaginar; sin embargo no podemos dejar de darte la libertad de escoger tu destino. Así que tu decides muchacho.
Dione  reflexiona un largo rato.
― Si me voy entonces estaré solo allá fuera.
― Te dijimos que no te preocupes por eso.
― Y ustedes, se quedarían solos también.
― De nosotros ni siquiera lo pienses; cuando des tu último suspiro, rodeado de hijos, nietos y esposas; nosotros seguiremos aquí sentados, todavía no habremos terminado nuestras copas.
Lo piensa otro momento antes de decir: ― Lo intentare, me voy.
Lucio y Simón se ven entre si, todo lo que tienen que decir lo leen en sus miradas.
Bien muchacho, antes de que te vayas te voy a  explicar algo de suma importancia. ― Simón se pone de pie y adopta una pose erudita. ― Aquí en el Akira tenemos una máquina llamada materializador, la cual requiere de grandes cantidades de energía; esta máquina nos proporciona todo lo que necesitamos, tiene una base de datos con casi todo lo que existía en nuestros tiempos. En tu cápsula hay otro materializador y una fuente de energía casi ilimitada. Con unas pocas instrucciones mías podrás operarla.
― Eso significa que vengo de esa maquina, ¿verdad?
― Utilizamos el modelo de un tripulante de la nave, y te programamos con toda la información que puedas necesitar.  En la base de datos están los modelos de mas de quince mil hombres y mujeres, física y psicológicamente; además de todas las especies animales y vegetales conocidas. Acompáñame a la cápsula y te mostrare los controles.
Antes de irse, Dione se despide de Lucio con una reverencia. Este inclina levemente la cabeza a su vez.
Escucha su voz en el fondo del pasillo y las especificas indicaciones de Simón; no se levanta de su sillón pues aún tiene la esperanza de que se arrepienta a última hora. Pero el sonido de la escotilla y el desacoplamiento de la cápsula le indican que no hay vuelta atrás.
Desde un monitor observa el vehículo alejarse y desaparecer de su vista a gran velocidad. La cápsula ha salido de la singularidad y les es imposible rastrearla.
Simón regresa al salón y se vuelve a colocar en su lugar habitual. No toma ningún libro, tan solo se lleva a los labios una de las patas de sus anteojos.
― Hubiera apostado que el muchacho se quedaría; ― comenta Lucio, ― digo, habiendo conocido al verdadero Dione.
― Era tan verdadero como cualquiera; incluso el cocinero de una nave espacial debe tener espíritu de aventura.
― Espero que le halla ido bien, supongo que en estos momentos habrán pasado cinco generaciones. A propósito, ¿Cuándo tendrás la siguiente cápsula?
― En veinte días, pero en esta ocasión a mi me toca escoger al tripulante.
― ¿Uno que quiera quedarse?  Deberíamos olvidarnos de eso, ¿Cuántos se han ido?
― Al menos uno decidió quedarse.
― ¿ Que quieres decir? Yo fui el que te materializo.
― ¿Tu? Pero si no sabes utilizar la maquina.
― Por eso necesitaba al oficial de aprovisionamiento.

Y así prosiguió la única discusión en la que nunca se habían puesto de acuerdo: Quien creo a quien.

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