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ÉTER


Pablo no se explica porqué Rebeca no ha venido a verlo; todo resulta tan confuso desde su posición: sin poder moverse, en una cama de hospital, con suero intravenoso inyectado a su brazo izquierdo. No recuerda haber visto al doctor o alguna enfermera desde que llego aquí; esta tan débil.
Creé recordar Pablo que llego a casa una tarde después del trabajo, se recostó en el sillón de la sala y se empezó a sentir mal. A partir de ese momento todo recuerdo es nebuloso.
Una ambulancia que aullaba a través de las calles nocturnas.
El aroma de los hospitales.
Un pasillo con un techo blanco y lámparas de neón que pasan una tras de otra.
Ahora este cuarto sin ventanas; otras tres camas vacías, mamparas plegadas entre cada una de ellas, un carrito de servicio en un rincón, un silencio absoluto. Encuentra la habitación extrañamente familiar, como si muchas veces anteriores se hubiera despertado como ahora, sin recordar donde está y exactamente porqué.
¿Será un síntoma de la enfermedad o un efecto del medicamento? Pablo mira los objetos que le rodean: jarras con cuello de cisne, bacinicas, pinzas de acero inoxidable o un armazón metálico de forma inverosímil para inmovilizar alguna parte del cuerpo; de alguna manera capturan su atención, los ve largamente hasta que repentinamente recupera la noción del tiempo y el objeto ya no esta.
La enfermera sigue sin pararse en la habitación, de rato en rato Pablo le llama, con una voz
débil y quejosa.
Mira el frasco de suero, esta por terminarse, una pequeña gota cae con un intervalo regular,
queda ensimismado en el movimiento, hipnotizado como si de un reloj se tratara.
Cuando acuerda se percata que el frasco del suero esta lleno otra vez: alguien debe haberlo cambiado.
Es inhumano tener a un enfermo aislado, sin que sus parientes puedan visitarlo; Rebeca debe estar tan angustiada. Ni siquiera un doctor que explique lo que le sucede; es una locura.
Por enésima vez llama a la enfermera; con un gran esfuerzo intenta sentarse, solo logra arquear la espalda para a continuación revolcarse del dolor. La aguja hipodérmica se sale de su brazo y un chorro de sangre empieza a manchar de rojo las sabanas blancas.
La desesperación y el dolor asfixian a Pablo, intenta rodar sobre si mismo y pierde el conocimiento.
Despierta y se encuentra con la cama limpia, su brazo conectado al suero y el mismo silencio abrumador. Esta tranquilo nuevamente, nada le duele: seguramente sedado.
De un momento a otro se percata de que hay un nuevo aparato junto a su cama: no tiene idea de para qué servirá, cada pocos segundos emite un sonido: Pssst, pssst.
Debe ser una enfermedad terrible, piensa Pablo; a llegado a la conclusión de que lo tienen aislado para no contagiar a médicos o pacientes: Va a morir.
Sin recato Pablo llora, no volverá a ver a Rebeca. Siente la imperiosa necesidad de escribirle una carta, algo en lo que plasme sus sentimientos, poder decir adiós.
Se desespera al no encontrar nada: arranca la aguja hipodérmica, la sangre mana de su brazo perforado; usando la aguja como una estilográfica y la sangre como su tinta empieza a escribir sobre la sabana: Querida Rebeca, Yo...
Despierta, cree haber escuchado algo; otra vez esta perfectamente conectado y la sabana se encuentra impecablemente limpia; por más que se esfuerza no puede recordar lo que pensaba escribir.
Es un grito. Cada vez que Pablo despierta recuerda que algo lo despertó, pero no alcanza a escucharlo totalmente, y no quiere creer que es él mismo quien hace esos sonidos, pues en cada ocasión lo que suena deja de escucharse humano para convertirse en un quejido gutural.
El final se acerca, piensa Pablo, los lapsus son cada vez más frecuentes, ya casi no tiene conciencia de si mismo o del transcurrir del tiempo.
Una y otra vez se encuentra a si mismo observando algo que al mismo tiempo le causa horror y le fascina: descubre que ha estado observando su propia mano, sostenida inmóvil frente a su rostro: es una masa hinchada, blanquizca y putrefacta, con llagas supurantes de pus. Con la misma mano se toca el rostro: irreconocible.
Esto es una monstruosidad, no se había percatado del cambio que su cuerpo experimento, ahora es una cosa lejana y retorcidamente semejante a un ser humano.
El suero, debió ser el suero, ¿cuánto tiempo conectado a esa botella infame siempre llena?
Jala de la manguera tirando la percha que sostiene la botella.
Un líquido amarillento surge de la vena abierta.
No puede quedarse ni un momento más, aquí quieren matarlo. A pesar del dolor logra rodar sobre la cama: cae al suelo envuelto en la sabana, se desenreda de ella y se arrastra por el suelo fuera de la habitación, siente como si su abdomen estuviera lleno de liquido.
No llega muy lejos, apenas al umbral de la puerta, el agotamiento lo deja rendido, ya no sabe si ese movimiento espasmódico es su respiración.
Entonces los ve.
Dos batas blancas, una a cada lado de su cabeza.
Unos zapatos negros perfectamente lustrados.
Unas zapatillas y medias blancas.
Intenta decir algo, de su boca solo sale el sonido: Gluuub, gluuub.

Por accidente su brazo derecho quedo extendido, tocando la superficie del frasco.
El líquido espeso y aceitoso adquiere un tono verdoso bajo la iluminación del recinto.
Hay otros frascos alrededor, su contenido es indescriptible.
Los rostros se deforman al mirar el interior, un desfile interminable de espectros morbosos y horrorizados.
Una palma se posa sobre el cristal, justo sobre la mano; unos ojos piadosos, pero ninguna seña de reconocimiento.
Una palabra surge y se estrella contra un muro de impotencia.
Rebeca.

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