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EL VERTIGO DE LOS AÑOS PASADOS

  ¿No te ha pasado nunca, caminando entre estos edificios, sentirte como una profanadora de tumbas?


Reynaldo el joven mecánico camina mirando las paredes desnudas y las oscuras ventanas sin cristal. Sin detenerse un momento Alicia su empleadora le responde.

― ¿De qué hablas?

― Digo, mira este lugar, he tenido pesadillas sobre lugares así.

― Sólo son un conjunto de edificios abandonados

― ¿Y eso no te perturba? ni siquiera son tan viejos, hace no mucho había multitudes caminando por las banquetas y por los pasillos. ¿A dónde se fue ese bullicio?

― A veces creo escucharlo atrapado entre estas paredes.

― ¿En serio?

― ¡Claro que no! solo te estoy molestando, vamos es por aquí.

Alicia se adelanta hacia el interior del edificio.

― ¡Wow! a esto es a lo que me refería, pasillos oscuros.

― No seas miedoso, es arriba, por la escalera.

Con voz nerviosa Reynaldo canta mientras avanzan por el pasillo.

 ¿A dónde han ido los constructores de ciudades?

 ¿El optimismo y la sonrisa?

 ¿Dónde están? ¿Dónde están?

 ¿A dónde se fueron los niños?

 ¿La diversión y las risas?

 Lejos, muy lejos están.

―Ya cállate, estoy harta de canciones depresivas.

― Esta bien, ¿Ahora si me puedes decir que fue lo que encontraste?

―El otro día venia con el diferenciador, ya sabes, emitía el zumbido habitual, la instalación eléctrica por aquí, una columna metálica por allá, un crujido, supongo que alguna tubería de cobre. Pero llegando a una puerta el aparato se volvió loco, empezó a tocar acordes. Si, yo también levante la ceja, puse el diferenciador frente a la puerta, aumente la penetración y los sonidos se hicieron cada vez más complejos.

―Déjame adivinar, esto era un hospital ¿verdad? Lo que encontraste es una máquina de rayos x.

―Espérate, ya casi llegamos, solo te diré que es algo que te va a encantar.

Se detienen frente a una puerta en la que ha sido pintado con spray un símbolo de anarquía.

― ¿Siempre escribes una A en las puertas?

―Es mi marca de reclamación, es por Alicia, cada uno de nosotros tenemos una, pero de todas formas puse mis sellos y alarmas. Hazte a un lado, no vayas a copiar mi contraseña.

―Tanto alboroto, para resultar una máquina de diálisis.

― ¿Quieres apostar? Veinte créditos si lo que hay allí no te sorprende.

― Ya dijiste, dinero fácil.

― Que consté que te lo advertí. Ahora échale un vistazo a esto.

Alicia abre la puerta y Reynaldo mira adentro.

―Un departamento polvoso, ― exclama en forma burlona. ― Vaya, no había visto algo así.

― Deja que abra las persianas. Insiste Alicia.

― ¿Quién está allí? ― Exclama Reynaldo al ver la figura que se recorta contra la ventana. ― Ah, te advierto que un maniquí abandonado no cuenta.

― Velo más de cerca tarugo.

A Reynaldo le cambia el rostro al examinarlo.

― ¿Un robot? no, más bien. ¡Un androide positrónico!

¿Quién dejaría uno abandonado aquí?

― No lo sé. ― Responde Alicia toda sonrisa. ― Pero ahora esta belleza me pertenece a mí. Además de tus veinte créditos.

― A ver, a ver, tranquila capitana, el botín aún no es tuyo. Tengo que revisarlo antes.

―Has lo que quieras, ya hice la reclamación, este en las condiciones que sea ya es mío.

― Déjame conectar mi escáner y hablamos después. A propósito, supongo que también reclamaste todo el departamento.

― Puff. ― Exclama Alicia dándole un vistazo a todo lo que le rodea. ― Puros vejestorios, yo no me especializo en estas cosas, tal vez se las deje a otro recuperador.

― Si, eres toda una mujer de negocios. Me pregunto que estaría haciendo este monigote, parece como si le estuviera escribiendo una carta a su mecánico.

― Ja. oiga maestro, tenemos que revisar esa fuga de aceite, me volvió a manchar los pantalones.

Después de un rato de estar conectado el escáner el diagnostico aparece en la pequeña pantalla.

― Oh, oh, malas noticias jefa, no está descompuesto, funciona perfectamente, simplemente no tiene energía su batería.

― ¡No me jodas!

― Supongo que sabes que según el acta de los derechos de la vida artificial cualquier androide en condiciones de funcionar no puede ser desmantelado sin su consentimiento y su cuerpo y partes le pertenecen hasta que falle.

Alicia topa su cabeza contra el librero que tiene a su lado tres veces. Tarda un momento pensando y al fin dice.

― ¿Sabes qué? Déjalo todo como esta, te pago lo que acordamos y nos olvidamos de este asunto.

― Tranquilízate Alicia, no sabemos para que servía este androide, nadie te lo va a comprar, así como esta, es mejor que lo activemos y averiguamos un poco de él antes de tomar cualquier decisión.

― Es muy fácil decirlo para ti, no acabas de perder un negocio provechoso.  Alicia da un par de vueltas por la habitación pensando. ― Esta bien, actívalo.

― Tengo que ir por una batería y un cargador a la camioneta.

 

Mientras el Androide se va cargando Reynaldo se dedica a limpiarlo de todo el polvo acumulado por quien sabe cuánto tiempo.  Alicia en cambio mata el tiempo con el diferenciador, apuntándolo en todas direcciones y por los rincones de la habitación, como si esperara encontrar algún tesoro oculto tras esas paredes.

De repente un zumbido surge del Androide, los servomotores por mucho tiempo detenidos empiezan a funcionar y el mecanismo se empieza a mover.

Gira la cabeza y le da una mirada a Alicia y Reynaldo.

― ¿Ya paso un año? ― Pregunta el androide con una inesperada voz bien modulada y casual. ― Podrían decirle a Viridiana que…  

Esperen, Viridiana ya no está a cargo ¿Verdad?

Díganle a su supervisor que estoy bien, no necesitan venir a interrumpirme.

― Funciona perfectamente. ― Le dice Reynaldo a Alicia. ― Su batería esta al diez por ciento, está tardando mucho en cargar. Yo diría que habrá que cambiar el.

― ¿Otra batería? ― Reclama el androide. ― Me dijeron que al menos debería durar veinte mil horas de uso. ¿Son los chicos de mantenimiento?

Reynaldo se para enfrente del androide y con innecesaria solemnidad le ordena.

― Danos tu nombre y número de serie.

― ¿Porque voy a hacer eso? Primero identifíquense, no le voy a dar ninguna información a un extraño.

 

Reynaldo se queda un rato mudo hasta que, molesta, Alicia le reclama.

― ¿Qué pasa? ¿No le vas a contestar?

― Es que, no debería haberme contestado así. Todo cerebro positrónico está programado para dar su nombre y número de serie siempre que se le pregunta.

El androide mueve la cabeza desaprobatoriamente.

― ¿Me van a decir quiénes son? Se ve que no saben con quien están hablando.

Alicia se levanta del sillón en el que estaba sentada y hace a un lado a Reynaldo.

― Un momentito, mi nombre es Alicia Reyes, soy recuperadora autorizada y he reclamado todo lo que se encuentra dentro de esta habitación. Aquí puede ver mi licencia, mi reclamación y el fallo a mi favor. Así que legalmente me pertenece señor importante.

― ¿Como?  No es posible, debe haber un error.

― Puede comprobar que todo esté en orden.

― No es necesario, se reconocer un documento auténtico en cuanto lo veo. Es solo que nunca creí ser tratado así, como chatarra, vendido como un automóvil de segunda mano.

― Nunca escuche a un robot expresarse de esta forma. ― Dice Reynaldo aún sin salir de su asombro.

― ¿En serio? ― Responde Alicia en tono burlón. ― Pues Don Tuercas está demostrando más carácter que tú.

― Ejem, mi nombre es Alfonso. Doctor Alfonso Bosco del Moral.

― ¿Doctor? ¿Doctor en qué?

― Medico, neurocirujano, cardiólogo, oncólogo y muchas otras especialidades más.

Reynaldo sin perder tiempo introduce el nombre en su computador personal y lee el resultado.

― Alicia, resulta que el Doctor es toda una celebridad.

― Déjame ver esa pantalla. ― Después de leer un momento le pregunta al Doctor.  ― Aquí dice que le trasfirieron la conciencia a un cerebro positrónico ¿Como es eso?

El doctor cruza sus piernas y se recarga en su sillón como si fuera a contar una larga historia.

― En algún tiempo fui una persona de carne y hueso como ustedes. Aún en esos tiempos me hice uno de los mejores médicos y neurocirujano. Me propusieron participar en un experimento. Por el resto de mi vida natural una computadora fue copiando mis pensamientos y recuerdos, elaborando patrones de mi actividad mental.

Mi último recuerdo como el doctor Alfonso Bosco Humano es de aquella mañana cuando fui por última vez a que hicieran un respaldo de mi memoria.

― ¿Y qué paso con su cuerpo humano? ― Pregunta Reynaldo, fascinado por la narración.

― Nunca me enteré de los detalles, parece que sufrí un infarto mientras conducía, en el accidente también falleció mi esposa.

― ¡Eso fue hace ochenta y seis años! ― Agrega Reynaldo.

― ¿Tanto tiempo? ―  El doctor se inclina para adelante y se lleva la mano a la cabeza. ― ¿Estuve catorce años aquí sentado?

― Es un milagro que todavía funcione. ― Comenta Reynaldo y con un gesto de experto agrega. ― Es necesario que se haga un mantenimiento completo.

 ― Shhh, ¡no le des ideas! ― Le interrumpe Alicia. ― De por si este negocio está saliendo muy mal.

― Señorita, toda mi vida me he mantenido de mi trabajo.

― A propósito ¿Que hacía aquí sentado? ― Insiste Reynaldo.

― Esto, es algo que Viridiana me animaba a hacer. Según ella la forma para que no perdiera mi humanidad era recordar lo que me hacía humano. Así que escribía mis memorias. Supongo que ella se fue hace mucho.

Es curioso, lo que evitaba que me convirtiera en un cacharro de ático era su presencia. Ella era lo que me mantenía humano.

― Entonces solo vivías aquí encerrado, escribiendo. ―  Comenta sardónica Alicia.

― ¡Claro que no! no tendría memorias que escribir si no hubiera salido por esa puerta de vez en cuando.  Como la vez que me sacaron del retiro para operar al presidente de Kenia. ¡Evite una guerra civil!

― ¿En serio eso paso? ¿Y te dieron una medalla de reconocimiento?

― La guardo bajo llave aquí en mi escritorio. ―  el doctor procede a abrir el cajón y saca un estuche. ― Mírela, puede tomarla si quiere.

Mientras Alicia observa la condecoración Reynaldo mira los objetos sobre el escritorio, hasta que algo le llama la atención.

― Oiga jefa, ¿ya vio la caligrafía?

Alicia deja a un lado la medalla y toma uno de los gruesos cuadernos, cada página esta ricamente decorada con complejos grabados geométricos que enmarcan el texto escrito con vistosas y elaboradas letras.

― Cuando empecé a escribir la gente había desarrollado un aprecio por la letra manuscrita. La idea era publicar mis memorias de esta forma.

― Supongo que esto tendrá un valor ¿Todo el libro está escrito así?

― Los cinco tomos, sí.

― Pues creo que el doctor después de todo si te puede dar alguna ganancia.

― Eso está por verse. ¿Y en que se quedó tu libro?

― En ese momento estaba buscando un final adecuado.

Se inclina sobre el libro abierto y empieza a leer.

― A las generaciones futuras, las cuales probablemente habrán desterrado la enfermedad de sus vidas, les doy el siguiente consejo, como alguien que ha vivido mucho tiempo más allá de su vida natural.  Una larga vida significa que experimentaran no una, sino muchas muertes, no por ello deben temerle, ninguna historia tiene sentido sin un final.

El doctor hace una pausa y levanta la vista.

― No tengo idea de cómo continuar a partir de este párrafo.

― Pues me parece un buen final. ― Comenta Alicia. ― ¿Porque no lo deja así?

El doctor niega con la cabeza y después levanta el índice para acentuar lo que dice.

― No, no se puede, tengo que seguir...

Un pensamiento lo hace detenerse, lentamente dice.

―El final es cuando uno decide terminar.  ¡Acabe!  Por años he realizado una función repetitiva, pensando que eso me hacía humano, ¡Pero me había vuelto una máquina!

El doctor intenta levantarse, pero las piernas no le funcionan y cae pesadamente sobre el asiento.

― ¡Cuidado! ―Exclama Reynaldo dando un paso para adelante. ―No puede ponerse de pie hasta que lo lleve al taller a repararlo.

― Yo tengo una duda. ―Insiste Alicia con los brazos cruzados recargada sobre el librero. ― ¿Que significa eso de una vida larga y las numerosas muertes?

―Bueno, eso ya lo había escrito muchas páginas atrás, pero se lo explicare:   Mi existencia como inteligencia artificial inicia con la muerte del Doctor Alfonso Bosco humano y su esposa.

Si levanta la vista en ese librero podrá ver una fotografía. Es la sociedad de la serpiente. Supongo que los nombres de cada uno de los miembros ya no significan nada para ustedes. En su tiempo fuimos un grupo de pensadores de distintas disciplinas. Nos reunimos en esta misma habitación. Escuchábamos música, hablábamos largamente. Algunos fumaban o experimentaban distintos tipos de estimulantes. Éramos una familia de inadaptados que soportaban la vida gracias a la mutua compañía.

Fueron veinte años gloriosos, los mejores de mis dos vidas. Pero los otros empezaron a envejecer.  Abel, mi hermano, cofundador de la sociedad y la voz más respetada entre nosotros una noche dio la noticia de que estaba muriendo.

Los demás miembros me ocultaron el tipo de enfermedad que sufría. Le juraron nunca decirme. No quería que intentara salvarlo, que él, mi hermano, se convirtiera en mi paciente y que las decisiones que tomara las hiciera como médico y no como amigo.

Esas últimas sesiones de la sociedad de la serpiente fueron una triste despedida, pero alguien, creo que fue Consuelo, dijo que no quería pasar por esto con cada uno de nosotros. Anuncio que esa noche tomaría pastillas para dormir y ya no despertaría.

Nadie trato de evitarlo, por el contrario, todos le dieron la razón. Otro propuso un pacto suicida y la votación fue unánime.

Cada quien escogió la forma de morir. Pero yo tenía un problema. No había forma de quitarme la vida, porque técnicamente no estoy vivo.

La mayoría opto por los somníferos o por el veneno. Abel llevo su revolver, lo cargo con dos balas. Me dijo que una era para él y después podría dispararme yo mismo.

Hicimos un manifiesto suicida y cada uno fue ingiriendo su dosis mortal, sentados en su sillón. Astolfo sufrió convulsiones y entre Abel y yo lo sujetamos hasta que su boca se llenó de espuma y dejo de respirar. Certifique la muerte de cada uno de mis queridos compañeros y llego la hora de que Abel puso el cañón de su arma en la boca y disparo.

Tome el revolver de su mano muerta. Miré alrededor, despidiéndome de todo y me disparé a través de mi ojo derecho.

La bala debió haberse alojado dentro de mi cráneo y rebotado varías veces destruyendo los circuitos positrónicos, haciendo imposible mi reparación.

Pero no fue así, parece que la bala se quedó dentro de un revestimiento poroso dentro de mi cabeza provocando un daño mucho menor de lo que había pensado.

Pase varios meses en reparación, pues en aquel entonces todavía mucha gente sentía una especie de veneración por todo lo que había hecho, pero también estaban quienes me culpaban por la desaparición de tantas celebridades, así que deje de aparecer en público. Tiempo después se me asigno una terapeuta para que aprendiera a lidiar con todo lo que había ocurrido.

Viridiana fue la última de mis terapeutas, fue la que me animo a escribir mis memorias. Ella se preocupaba de que cada vez me volvía más ajeno a las relaciones humanas. Me decía que no debería dejar que la mitad mecánica de mi ser apagara mi parte humana.

― ¡Ah, bueno! ― Exclama Alicia alzando los ojos. ― No se pongan sentimentales.

Le señala a Reynaldo con el pulgar. ―Vámonos, hay que llevar al doctor a sus reparaciones― y volteando a mirar al androide agrega. ― Pero eso sí, doctor, va a tenerme que pagar por el favor que le estoy haciendo.

 ―Solo, tengo una pregunta ¿Que tanto ha cambiado el mundo allá afuera? ¿Hay algo que yo debería saber?

Alicia y Reynaldo se miran entre sí, ella levanta los hombros dejando que Reynaldo responda.

―Bueno, ustedes las inteligencias artificiales han obtenido derechos. Hay algunas gentes que no están conformes con eso y dicen que pronto alguno de ustedes será electo presidente.

―Eso suena bastante interesante.

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